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De vacas y tolones

el
28 junio, 2020

Leo con estupor que en una granja rusa colocan gafas de realidad virtual a las vacas para que crean que están en un prado maravilloso en el que es verano todo el año y den así más leche. Se trata de un experimento realizado por el Ministerio de Agricultura y Alimentación ruso que lo ensalza con estas palabras: “La granja rusa RusMoloko ha comenzado a instalar gafas de realidad virtual a sus vacas. Todo ello para que piensen que están en el campo y puedan producir una leche de mejor calidad. Así lo ha dado a conocer el Ministerio de Agricultura y Alimentación ruso a través de un comunicado, donde ha asegurado que existe un vínculo entre la experiencia emocional de una vaca y su producción de leche. Según recoge el comunicado del ministerio ruso, una atmósfera tranquila ayuda a que la calidad de la leche mejore de forma notable. Por esa misma razón, un grupo de desarrolladores ha programado las gafas de realidad virtual para que muestren unos pastos simulados. De esta manera, las vacas piensan que están al aire libre y no encerradas en la granja, como realmente están”

La realidad, no la virtual sino la de verdad, es que a las vacas las engañan, las aíslan y las explotan para que sean más productivas. Y, claro, no puedo dejar de pensar que eso es exactamente lo que están haciendo con nosotros, los seres humanos: engañarnos, aislarnos y explotarnos. Las vacas han sido vacas desde hace milenios y llevan haciendo tolón tolón desde que un día alguien les puso un cencerro; los humanos, en cambio, nos ponemos el cencerro solos. Que la realidad que nos venden no sea el idílico prado de las vacas sino una jungla agresiva y violenta donde solo el más fuerte sobrevive o que en lugar de engañarnos dándonos calma, sosiego y tranquilidad nos inoculen terror y miedo a lo desconocido, a lo diferente o a perder el trabajo, no son más que adaptaciones de la misma teoría. Como lo es también que la vaca, en su aislamiento, no puede compartir con las demás vacas lo que le está pasando, ni nosotros darnos cuenta de lo que nos hacen y compartirlo con los demás, y también es una simple adaptación que la realidad inventada en la que nos hacen vivir no nos la proporcionen con unas gafas sino a través de todo un complejo sistema social, económico, educativo y de comunicación. Nosotros, en un loco momento de lucidez, tal vez podríamos intentar quitarnos las gafas con las manos. Las vacas no. Sus pezuñas no se lo permiten. Pero la tragedia, nuestra tragedia, es que, con manos o pezuñas, hacemos el mismo tolón tolón.

Viendo la cara de esas pobres vacas a las que unas simples gafas les hacen vivir una realidad totalmente inventada, una mentira que las saca de su confinamiento para hacerlas creer que están pastando libremente en el prado ¡y durante todo el año! no puedo dejar de ver el grado de estupidez y estulticia que refleja la cara de muchos de mis congéneres. La vaca cree que está en libertad, ellos creen que son libres; la vaca no se rebela contra su amo, ellos ni siquiera se dan cuenta de que tienen amo; la vaca enriquece a su amo dándole más leche de la que tiene, ellos aceptan condiciones de trabajo cada vez más precarias y degradantes que hacen cada día más rico a su amo y a ellos más pobres. La conclusión es la misma: quienes realmente producen las cosas, la vaca y nosotros, los tolones de este mundo, nos dejamos explotar por quienes tienen la propiedad de lo que producimos. El viejo Marx ya nos dijo algo de este conflicto entre trabajo y capital, pero no le hicimos caso.

Es terrorífico lo que puede llegar a cambiar las cosas la realidad virtual a la que nos condenan: De siempre hemos dicho de las personas que actúan con locura o en libertad que están como cencerros. Hoy, visto lo visto, estar como un cencerro es ser un tolón más, un tolón que sigue a los demás tolones, que produce como los demás tolones, que calla como los demás tolones, que enriquece a su amo como los demás tolones, y que es tan gilipollas como los demás tolones. Huxley y Orwell también nos lo advirtieron, pero como a Marx, tampoco les hicimos caso. Quizá no todo esté perdido. Quizá aún nos queda una última oportunidad: ¡Tolones del mundo uníos!

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2 Comentarios
  1. Responder

    susanna pallavicini

    28 junio, 2020

    Carlos,
    te saludo, desde este fin de mundo, que hermosa tu foto junto a tu hijo en la hermosa ciudad de Barcelona.
    No puedo mas que darte las gracias por este articulo, Pensé mucho que antes de los animales, estos lentes de absurda realidad, fueron usados en nosotros los humanos, la televisión y la publicidad, han puesto estos aparatos, en la vista simple de toda la humanidad.. que dolor tan grande: Insisto, el que tenga ojos y oídos que vea y escuche.
    gracias por esta tremenda reflexión.
    Susanna.

    • Responder

      Carlos Olalla

      4 julio, 2020

      Gracias a ti, Susanna por esas cariñosas palabras y esa dura por real reflexión, pero, sobre todo, gracias por estar ahí donde habitan los sueños. Vuelan abrazos enormes
      Carlos

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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