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El Covid-19 y los músicos del Titanic

el
26 abril, 2020

Todo ha cambiado. Inmediata e irremisiblemente. Si hace solo tres meses alguien nos hubiera dicho que las calles de todo el mundo estarían hoy desiertas, los bares cerrados, los teatros muertos y los parques encerrados en sí mismos, habríamos matado al mensajero. Inmersos en la ciega estulticia de nuestro día a día, de nuestro inútil afán por llegar a fin de mes o pagar el alquiler, ni en la peor de las pesadillas se nos pasaba por la cabeza que algo así pudiera ocurrir. Y ha ocurrido. Nos dicen que estamos en una guerra en la que lo único que podemos hacer es quedarnos en la trinchera de nuestras casas hasta que todo acabe. Cuando ya no caigan bombas en esta guerra, dicen, nos dejarán salir de las trincheras poco a poco, uno a uno y alejándonos dos metros de cualquier otro superviviente. Nuestros teléfonos pasarán a ser pasaportes que permitirán el acceso a los sitios, estaremos geolocalizados, lo sabrán todo de nosotras y nosotros aunque, nos dicen, el big data no violará nuestra intimidad. Ese control, nos aseguran, será nuestra mejor garantía de que no se nos lleve por delante la próxima ola de cualquier coronavirus, ola que no dudan que vendrá. Se acabaron los abrazos, mataron los besos, la intimidad y la inocencia. Nos queda el silencio, el miedo, la soledad y el silencio. Recordar los aperitivos con los amigos al sol de las terrazas en primavera o las emociones derramadas en la platea de cualquier teatro es amargo consuelo para el triste y gris porvenir que nos espera.

Lo que ahora estamos pagando es el precio de nuestra pérdida de valores, la consecuencia directa de haber permitido que el crecimiento y el dinero estuvieran por encima del planeta y la humanidad. Este Covid-19 no es más que una consecuencia del desequilibrio que, con nuestra irresponsabilidad y egoísmo, hemos causado. Y digo hemos porque, aunque tengamos siempre la adormidera de conciencias que supone la complejidad de un sistema que nos aleja de la toma de decisiones globales, siempre hemos tenido la responsabilidad de nuestras acciones individuales y locales. Como ciudadanos, como contribuyentes, como consumidores y como votantes somos directamente responsables de los recortes que han tenido la sanidad pública y la investigación, del abandono de la educación y la cultura, del calentamiento de la Tierra y el cambio climático, del imparable crecimiento de la desigualdad y el hambre, de la construcción de vallas y leyes que condenan a otros a morir… Nadie puede decir que no estuviéramos avisados. La comunidad científica lleva décadas advirtiéndonos del peligro que representa para el presente y el futuro del planeta este fin de era que estamos viviendo. La revolución industrial y el sistema capitalista han impuesto sus reglas en un mundo que agoniza, quizá ya sin remedio. Un sistema que permite que 40.000 personas mueran cada día de hambre mientras el primer mundo tira a la basura el 30% de la comida que consume, un mundo en el que lo que dos de sus países desarrollados gastan en una semana en comida para mascotas es más que el presupuesto de la FAO, un mundo que condena al hambre y la pobreza a mil millones de personas teniendo recursos suficientes para evitarlo no tiene derecho a seguir viviendo.

El Covid-19 no es una crisis sanitaria o económica, como nos dicen, sino una consecuencia directa del desequilibrio que hemos provocado y en el que sustentamos nuestro modo de vida. Por eso una vacuna no será más que un parche insuficiente y efímero si no cambiamos radical e inmediatamente nuestro modelo de vida. Una globalización que en lugar de traernos la poesía que hacen hoy los poetas de las culturas africanas les lleva nuestros MacDonald´s nos está llevando al abismo. Hemos perdido nuestra identidad y nuestra soberanía. Ver MacDonald´s y Zaras en las principales ciudades del mundo nos ha cegado y convencernos de que podemos coger un avión por 50 euros para ir a pasar un fin de semana a cualquier capital europea, nos había hecho creer que éramos los privilegiados del mundo y que nada malo nos podría ocurrir. Detrás de los para nosotros asequibles precios de esas cadenas se esconde la inmundicia que no queremos ver: explotación, precariedad, elusión fiscal… y en el billete lowcost de cualquier compañía aérea la mayor fuente de contaminación del planeta.  Y nosotros, al comprarlos, nos creíamos afortunados e inocentes de cualquier culpa de los males del mundo. Nunca quisimos ver que consumir es hacer política, que todo es política, y que si no la hacemos nosotros serán otros quienes la hagan para defender sus propios intereses. Tenemos que abrir los ojos y orientarnos al crecimiento sostenible, a la economía de proximidad, al decrecimiento, a extender la sanidad universal a todos los países del mundo, a acabar con la desigualdad y la precariedad, a exigir a nuestros gobernantes que dirijan una revolución verde que nos salve a todos de la hecatombe. Habrá quien se contente creyendo que el problema se solucionará porque las nuevas regulaciones sanitarias a escala global encarecerán el transporte aéreo y serán pocos quienes puedan permitirse comprar un billete. Mal nos irá si nos quedamos ahí en lugar de plantearnos qué necesidad real tenemos de coger el avión. Somos nosotros quienes tenemos que cambiar, no esperar a que lo hagan nuestros gobernantes.

El riesgo al que nos enfrentamos permitiéndoles que decidan condicionados por las grandes corporaciones y los intereses cortoplacistas de este capitalismo de casino al que hemos llegado es inimaginable hoy. Tenemos que pensar como especie, no como individuos o colectivos. Y no tenemos tiempo para adaptarnos a ese radical y profundo cambio en nuestra manera de pensar y de vivir. Las jóvenes generaciones intuyen que la solución va por ahí, en ellas está la esperanza del futuro de la humanidad. Anteponen la glocalización a la globalización, el futuro del planeta a cualquier otro objetivo. Ellas y ellos han entendido que no somos españoles, franceses, rusos o chinos, sino seres humanos que vamos en una misma nave que va a la deriva y seriamente dañada navegando en un universo que no conoce ni entiende. Esta ola del Covid-19 nos ha zarandeado seriamente, pero puede ser una oportunidad única para enderezar el rumbo, para cambiar nuestro modelo de vida y nuestras prioridades. Quizá la última. Me gustaría pensar que seremos capaces de aprovecharla, que saldremos adelante, que todo saldrá bien, pero por desgracia y visto lo visto, no soy muy optimista. Los científicos llevan décadas advirtiéndonos de que nuestra nave tiene peligrosas y cada vez más numerosas y grandes vías de agua que, de no remediarlo, acabarán por hundirla, pero nosotros, en lugar de hacerles caso, seguimos empeñados en ser los músicos del Titanic.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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