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Chato Galante: compromiso, corazón y ternura

el
19 abril, 2020

Entraste en mi vida cuando, hace unos años, vine a vivir a Madrid. Y lo hiciste como solo tú sabías hacerlo, inundándolo todo. Solo te conocía por referencias. Es lo que tiene ser un mito, Chato. Había oído de tu espíritu inquebrantable, de tu compromiso, de tu generosidad, de tu profunda e irrenunciable coherencia. Y de repente te tenía ahí, cabello blanco, sonrisa sabia. No sé si lo que más me llamó la atención de aquel día fue tu calidez o tu humildad. Estábamos allí para organizar un acto contra la impunidad del franquismo, uno más. No sé a quién se le ocurrió que lo presentase yo. No te puedes imaginar lo que supuso para mí que tú y tus compañeros y compañeras de la Comuna me invitarais a presentar aquel acto, a mí, que, por edad, solo di unas cuantas carreras delante de los grises y poco más.

Aquel fue el primero de otros muchos actos que siguieron. Y tú siempre estabas por en medio, mojándolo todo, como diría Eduardo, con esa luz que irradiabas. Solías quedarte detrás, no querías protagonizar ni molestar. Sabiendo una y mil veces más que yo de micros, luces y escenarios, no solo me pedías mi opinión sino que me dejabas hacer cuanto quisiera. Esto aquí, aquello allá, aquello otro más allá… Cuando me asaltaba una duda, porque las dudas siempre asaltan al analfabeto de lenguajes sónicos y lumínicos, acudía a ti y tú, invariablemente, sonreías, me decías tú mismo y siempre acababas diciéndome el mantra que me enseñaste: “Tranquilo, todo saldrá bien. Está hecho con amor”

Quizá eso de ser hermanos de infartos y stents nos unió en esa comunión invisible y silenciosa que une a quienes le hemos guiñado el ojo a la parca. Pocas personas como tú me han inspirado tanta ilusión, seguridad y confianza. Eras ese hermano mayor que sabes que siempre te tenderá su mano, que estaba ahí cuando más le necesitabas, que haciéndolo todo parecía no hacer nada porque todo lo hacía desde el silencio y la sonrisa. Hacedor de mil consensos, mullidor de mil acuerdos, siempre sabías dónde y cuándo quitar o añadir aquella palabra capaz de superar diferencias y unirnos a todas.

Oírte contar tu historia, hablar sin odio del dolor que te causaron, verte derramar esas lágrimas que solo los más grandes dejan caer, sentir la fuerza irresistible que te daba tu necesidad de justicia, verte caminar de derrota en derrota hasta la victoria final, verte hacerlo sin agachar jamás la cabeza ni perder tu sempiterna sonrisa… Son tantas las cosas que me quedo de ti. Más de una vez, al calor de un vino en cualquier barra, te comenté que me hubiera encantado tener nietos. No sabes cómo siento ahora no tenerlos, Chato, porque me hubiera gustado poder contarles que un día te conocí, que conocí a un gigante enorme y bonachón que iba por la vida arreglando el mundo regalando ternura.

 

LA NOCHE QUE MURIÓ LA TERNURA

(A Chato Galante)

La noche que murió la ternura

estabas monitorizado y solo.

Mascarillas y manos azules

luchaban por salvarte.

Vencedor de mil batallas,

cerraste los ojos para buscar a los tuyos.

No podían estar contigo, lo sabías,

pero tú sí podías sentirles cerca.

Todos pasaron ante ti,

con sus risas y sus carcajadas,

con su silencio algunos,

con el grito compartido los más.

En la roja oscuridad del alba

aparecieron los abrazos,

todos los abrazos que diste,

y de lejos, de más allá de la infancia,

el primero que te dieron

y que te hizo como eras.

Una desconocida sensación de paz

invadió tu cuerpo y tu silencio.

Eras silencio, pero no soledad.

Tú nunca estuviste solo.

En tu interior te llamaba el último abrazo,

aquel con el que todos contamos.

Cuando ya creías que no iba a llegar,

la suave caricia de una mano azul

agarrando la tuya

te hizo abrir los ojos.

Nos buscaste en los suyos.

En aquellos ojos anónimos

nos viste a todos,

una profunda sensación de calma y paz

te ayudó a cerrarlos y, en silencio,

dejaste escapar tu última sonrisa

mientras susurrabas

“Aquí no se rinde nadie”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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