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Cuando el virus no es lo peor

el
19 marzo, 2020

Este virus es capaz de sacar lo mejor que llevamos dentro, pero es una moneda que también tiene su otro lado. La muerte de las personas afectadas en absoluta soledad, sin poder despedirse de los suyos, sin un último abrazo o mirada es de una crueldad terrorífica. Agonizar solo en la cama de un hospital en el que no conoces a nadie y en el que nadie puede ir a estar contigo en tus últimos momentos es una de las peores muertes imaginables. Pero esta crueldad no solo la tiene con quien la padece. Los familiares, los seres queridos, conscientes de que esa vida puede acabarse en cualquier momento no pueden hacer nada para hacerle llegar su apoyo y su amor a la persona que quieren. La sensación de impotencia y vacío a las que este virus las condena son atroces. Pero la parte más dura y oscura de este virus no está solo en las ucis de los hospitales o las residencias de ancianos. Está en muchas casas, tras paredes que esconden la violencia machista que ahora, condenando a convivir 24 horas al día a la víctima con su maltratador, alcanza situaciones insoportables. En la soledad de la pareja o frente a hijos e hijas menores, lo peor de la bestia campa a sus anchas, encerrado en una jaula en la que la fuerza y la ira marcan la ley, en la que el sexo pasa a ser forzada tortura y el diálogo fue asesinado antes de nacer. ¿Podemos hacernos una idea del sufrimiento que tantas y tantas mujeres tienen que estar pasando estos días de obligado encierro con sus torturadores? ¿Somos capaces de imaginar siquiera lo que pueden estar pasando? Y conforme pasen los días las fieras se harán más agresivas y violentas, más salvajes. Y ellas no podrán si quiera pedir auxilio porque la fiera estará las 24 horas del día junto a ellas, controlándolas, oprimiéndolas maltratándolas, torturándolas, violándolas, asesinándolas… Es momento de aplaudir cada día a quienes se la juegan por nosotras y nosotros, pero también es momento de permanecer alertas las 24 horas del día por lo que pueda pasar tras esa pared que nos separa de alguien para quien, quizá, seamos su última oportunidad. A médicas y enfermeros les toca salvarnos la vida en los hospitales, a nosotras y nosotros salvar a las víctimas del terrorismo machista en nuestras casas.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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