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Allí donde no llegan las nieblas

el
1 marzo, 2020

Hay lugares que nos invitan a soñar e instantes que son más intensos que el más intenso de los sueños. Son los lugares y los instantes que, desde el momento en el que los vivimos, sabemos que nos acompañarán ya siempre. Y no nos fallan. Nunca lo hacen. Están con nosotros, nos cobijan, no nos abandonan, nos recuerdan que valió la pena, que solo por eso merecía la pena todo lo demás. Y desde entonces sabemos que cuando llegue el día para el que no hay equipaje, esos lugares y esos instantes estarán a nuestro lado y nos harán sonreír.

Todos tenemos nuestros propios instantes y lugares. Unos los compartimos con la persona a la que amábamos, otros los disfrutamos en soledad; en unos será la suave canción del mar la que nos acompañe, en otros el profundo silencio de la montaña. Poco importa que esa montaña se llame Turó del home o Dharamsala; nada que ese instante sea hoy o hace un millón de años. Lo importante, lo único que verdaderamente importa, es lo que esa vivencia irrepetible nos hace sentir cuando la vivimos, la semilla de eternidad que planta en nuestro interior y cuyo único fruto somos nosotros. Solo somos lo que nos hemos atrevido a vivir allí donde no llegan las nieblas.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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