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A ti, que cada día te la juegas por mí

el
29 marzo, 2020

Te veo cada tarde cuando salgo al balcón a aplaudirte. Sueles salir acompañada de otros enfermeros, doctoras y celadores para saludarnos y aplaudirnos a nosotros. No sé como te llamas. Seguramente nunca lo sabré. Desde la ventana de mi décimo piso pareces una diminuta figura verde que, junto a otras, sales a la puerta del Ramón y Cajal. Y lo haces para agradecer nuestro aplauso y para darnos ánimos, sí tú a nosotros. Lo haces moviendo los brazos y bailando ese resistiré que a partir de ahora será para siempre el verdadero himno de este país. Verte, veros ahí imaginando lo que tenéis que estar pasando llega a lo más hondo. Te reirás pero no puedo evitar, al verte, tener la sensación de que la superheroína que de cualquier peli ha salido de la pantalla para decirme, “eh, yo estoy haciendo mi parte, necesito que hagas la tuya, quédate en casa”

Cuando me entero de que los recortes de los últimos años han podado salvajemente nuestro sistema sanitario dejándoos indefensos frente a este monstruo que todo lo invade, que nuestro gasto sanitario por habitante es la mitad del que tienen en Alemania, que tenemos tres veces menos camas UCI que allí, que nuestro personal sanitario por habitante es la mitad del que tienen nuestros vecinos franceses o británicos, que más de quince mil médicos y enfermeros españoles han tenido que irse al extranjero porque aquí les negaron el trabajo, que estáis atendiéndonos doblando turnos, sin EPIs, gafas o mascarillas apropiadas, que la falta de camas os ha puesto en el disparadero de tener que elegir a quién salváis y a quién no… cuando me entero de todo esto y os veo allí, saludándonos, dándonos las gracias y animándonos a seguir en nuestras casas mientras vosotras seguís ahí en la trinchera, luchando contra ese enemigo invisible que ataca a traición, donde y cuando menos te lo esperas, recupero la esperanza en el ser humano, vosotros y vosotras me hacéis comprender que no todo está perdido y que tragedias como las que nos toca vivir son las que sacan lo mejor que llevamos dentro. Y es tanto, tanto…

Confío en que cuando todo esto pase no olvidemos y recordemos siempre lo importante que es tener una buena sanidad pública gratuita y universal, lo básico que es invertir en formación, en investigación y en medios adecuados para que no tengáis que exponeros como lo estáis haciendo ahora. No es casualidad que el porcentaje de sanitarios españoles contagiados sea el doble que el de los italianos. El neoliberalismo con sus recortes es quien ha provocado que os la tengáis que jugar. La explosión de este virus nos ha cogido a todos por sorpresa. Nadie podía prever que fuera a ser tan virulento y peligroso. Pero que haber reducido nuestro gasto sanitario en siete mil seiscientos millones de euros en los últimos diez años iba a dejaros solos ante el peligro si se producía una emergencia sanitaria no solo es algo que debería haberse previsto, sino que se debería haber evitado.  Urge una política de Estado que defienda la sanidad pública, que os defienda, que nos defienda. Confío en que cuando vuelva a haber elecciones no olvidemos que la cruz de las promesas de bajadas de impuestos es la realidad de vuestra precariedad, vuestro riesgo y nuestra salud. Gracias, de corazón, por estar ahí, pese a todo y a todos, gracias por salvar nuestras vidas y nuestra esperanza.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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