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Hay que darse un baño de tumba

el
23 febrero, 2020

En un mundo dominado por la estulticia de la inmediatez y la idiocia del egoísmo cada día es más fácil perderse y no encontrar nuestro camino. Son tantos y tan variados los estímulos que recibimos a lo largo de nuestra vida que cuesta darse cuenta de que no son más que orejeras que nos impiden ver que vivir, que la vida, es más, mucho más, que lo que hacemos día sí y noche también. Nos pasamos la vida persiguiendo un futuro que no existe cegados por unas promesas que nadie cumplirá y, para apaciguar nuestro amargo desencanto nos refugiamos idealizando un pasado que, cuando fue, dejamos escapar como arena entre los dedos convencidos de que lo mejor estaba por venir. Todo nuestro mundo está orientado a que no vivamos de verdad nuestro aquí y nuestro ahora y basado en una gran mentira, la de creer que todo lo que te propongas está a tu alcance y que basta con quererlo para alcanzarlo. Y así vamos, como burros detrás de la zanahoria que han colgado frente a nuestros ojos.

Sin embargo, a veces, la vida es generosa y te regala un buen baño de muerte que te quita de golpe las orejeras y te enseña a ver que la vida, la verdadera vida, no es la que habías estado viviendo hasta entonces.  En mi caso el maravilloso regalo que me hizo la vida fue que tuviera un infarto antes de cumplir los cincuenta. Superarlo y que no me dejara secuelas ha sido algo que me ha ayudado a restablecer las prioridades que, inmerso en la gran mentira en la que vivimos, había perdido. Cuando le ves la cara a la parca, cuando te das ese baño de tumba te das cuenta de que todo puede acabarse, y posiblemente acabará, cuando menos lo esperes y de la forma que menos puedas esperar. Y es entonces, en ese momento cuando miras a tu alrededor y te das cuenta de que vivir no era esto, y miras atrás y ves la cantidad de caminos que rechazaste por seguir uno que ni era el bueno ni, probablemente, elegiste tú. Cosas aparentemente sin importancia ni valor en esa gran mentira en la que nos han obligado a vivir como un abrazo, una caricia, una mirada o un silencio recuperan la importancia que las prisas diarias y las urgencias permanentes les robaron. Es entonces cuando te das cuenta de que lo importante no era recibir, sino dar, darte a quienes tienes a tu alrededor. Y ves la cantidad de oportunidades que has perdido de dar, de darte. Son tantos los abrazos que no diste, las sonrisas que ahogaste, las escuchas que negaste, las palabras que silenciaste… Sí, son tantas las oportunidades que perdemos de darnos a los demás.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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