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De recuerdos, sueños, ausencias y fantasmas

el
9 febrero, 2020

Van con nosotros allá donde vayamos, nos acompañan siempre, viven en nuestro interior abanando en silencio las lejanas brasas de lo que, un día, fuimos. Quizá no les veamos, pero nunca dejamos de sentirles. Forman parte de nosotros, son nosotros. A veces nos parece verles en la calle, en el metro, cruzando un paso de peatones o aguardando que un semáforo o la vida cambie de color. Aparecen donde y cuando menos lo esperamos. Con ellos bailamos en las tormentas y juntos escuchamos el silencio de los conciertos. Los poemas nos recitan y nos pintan los cuadros desde que un día decidimos prescindir de lápices y pinceles. Sin saber cómo o por qué aparecen sin que les llamemos. Un olor, una canción basta para que aparezcan de nuevo. En su equipaje llevan todo lo que compartimos con ellos, lo que les dimos y lo que nos dieron, lo que construimos juntos en ese ayer que nunca sabrá de olvido. Pasa el tiempo, los años son meses y los meses días, todo, hasta nosotros, cambia, pero ellos permanecen y nos hacen sentir lo que sentimos entonces, ser lo que entonces fuimos. A veces vienen como fogonazos de una tempestad y lo iluminan todo, otras lo hacen en silencio, casi de puntillas, por miedo a despertarnos de nuestros sueños. No sabemos lo lejos que está nuestro destino, cuántos kilómetros o años nos quedan por caminar, pero no nos importa. Hemos entendido que la vida es viaje y hemos aprendido a disfrutarlo borrando etiquetas que encarcelan, hablando con la caricia y la mirada, callando, escuchando, amando ese incomprensible y viejo mundo que seguirá ahí cuando nos hayamos ido. Esos recuerdos que siempre nos han acompañado son nuestros fantasmas que nos hablan desde el corazón de las noches de insomnio y deseo, juguetones fantasmas que acompasan al nuestro su paso para no dejarnos atrás. Viajan con nosotros, son nuestro equipaje, nuestro único equipaje. Nuestras maletas no pesan aunque cada vez están más llenas. En ellas está todo lo que dimos a quienes amamos y a quienes, simplemente, se cruzaron en nuestro camino, en ese maravilloso viaje a ninguna parte que es la vida.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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