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Cartas marcadas

el
16 febrero, 2020

Piel de bronce sobre el yunque, soledad de silencio, siglos de dolor corriendo por tus pequeñas venas. Viene a buscarte. La muerte, vestida de luna, acecha, te quiere, está en la puerta. Te llama. Susurra a tu oído tu nombre. Buscas a los tuyos, sabes que nunca te dejarán solo. No están lejos, nunca lo están. Vienen de camino. Van al galope. Navajas y crines al viento corren los caminos a la pálida luz de la luna. Vienen a salvarte, a ganarle la partida a la parca. Les llamas, en tu soledad les buscas. La noche es cruel y fría, terriblemente fría, para el que se sabe solo. Pero tú no desesperas. Sabes que vendrán, que los tuyos están ya aquí. Cerrando tus diminutos ojos se lo dices a la muerte para que se vaya, para que te deje hasta que lleguen. Un último grito de vida sale de tu maltrecha alma. La muerte te abraza. Solo la muerte está junto a ti cuando llega la hora. Cogido de su mano te elevas sobre prados, y recuerdos. Tu pequeña figura se recorta en el cielo oscuro a la luz de esa luna que se viste de luto. Miras abajo y ves tu cuerpo dormido en el helado yunque. Los tuyos lloran a su alrededor. No han podido ganarle a la muerte. Nadie puede. Juega con cartas marcadas.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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