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La palabra es un remo perdido en el mar

el
26 enero, 2020

Pocos poetas tienen la capacidad de crear imágenes y símbolos como Carmen Castellote. Sus versos hablan de kilómetros de tiempo, de abrazos de sombras, de pequeñas escuelas perdidas en Siberia, de estrellas no nacidas, de naufragios de muerte, de fronteras, de frío, hambre y exilio, de amor, siempre de amor… En “Te llamo como al aire” está una de las imágenes simbólicas que más me han impresionado: “la palabra es un remo perdido en el mar”. El remo, eso que nos puede salvar de la muerte segura en el mar, aparece aquí como algo abandonado, perdido, resto quizá de un naufragio o de una singladura que nunca llegó a ser, salvación perdida, aparentemente inútil, poéticamente inútil, preciosamente inútil. Esa es la atronadora grandeza de ese verso que nos habla de que la última esperanza, nuestra última esperanza, vaga perdida en la inmensidad del mar, en la fría soledad de la ausencia, ignorada y olvidada por quienes podrían salvarse del naufragio acercándose a ella, haciéndola suya, tomándola, compartiéndola, habitándola… Y Carmen usa esa imagen, esa imagen brutal y descarnada de la infinita soledad en la que navegamos, ese mar que todo lo puede y todo lo traga, ese mar de la omnipresente superficialidad que todo lo hunde y ante la que todo naufraga, ese vacío habitado solo por el viento y el silencio, para depositar allí, abandonada, a la palabra. Ese remo, ese último resto del naufragio al que aferrarnos, es la palabra, palabra a la que hemos dado la espalda, a la que hemos condenado a permanecer, callada, en el último estante de la última librería, esa que desde hace eternidades ya nadie visita. Los náufragos lanzan sus mensajes al mar en una botella. El grito de Carmen es ese solitario remo que vaga, perdido, en el mar de nuestra conciencia.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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