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Tragos de infancia

el
15 diciembre, 2019

Esta mañana, al pedir el café de siempre con su inseparable vaso de agua, han sido muchos los recuerdos que han escapado de donde parecían dormidos. Ni el café ni el agua se han diferenciado de los de cada mañana. Ha sido el vaso. Un vaso que hacía  muchos años que no veía. El vaso de toda la vida, Duralex transparente biselado con dos finas líneas en medio. En ese vaso han revivido mis primeros años de colegio, el olor a garbanzos y el sabor a queso con membrillo, las bandas con las que las monjas nos premiaban cada semana, azules, verdes, amarillas…nunca rojas. La inmensidad de un patio que nunca fue grande, las escaleras por las que, con apenas tres años, me escapé mi primer día de colegio…. Sí, ese vaso me ha devuelto mi infancia, una infancia que me he bebido a tragos suaves y lentos, saboreando el placer de saber que, en algún lugar de la memoria, los recuerdos todavía pueden callar al olvido.

Recordar la infancia, bebérmela a tragos, me ha llevado a imaginar lo que pudo haber sido la de Carmen Castellote, esa gran poeta que fue niña de la guerra. Desde que, hace unos meses, leí uno de sus poemas no he dejado de pensar en ella, sola en Rusia con cinco años, sola en la fría estepa siberiana, acogida por personas a las que no conocía en las que encontró todo el cariño, rodeada por niños que no hablaban su lengua que, viendo su hambre, le preguntaban si había pan en su idioma…

Busqué información sobre la vida de Carmen, busqué sus poemas, pero todo parecía inútil. Apenas unos versos, alguna referencia perdida en libros que hablan del exilio… Mi necesidad de saber, de querer conocer a aquella mujer que había tenido una vida de leyenda, me llevó a pedir a la Biblioteca Nacional el único libro que tienen de ella. Un pequeño poemario. Sin embargo, a veces, la vida se empeña en empujarte a seguir adelante sin que ni siquiera entiendas por qué. De repente, una mañana, me encuentro un twitt que agradece una entrada que le dediqué a Carmen en este blog. Es de un joven que vive en México y que agradece profundamente ese comentario sobre Carmen porque es su único nieto. Tras recibir el poemario de la Biblioteca Nacional y devorarlo con la incontenible pasión que es capaz de despertar la buena poesía, le envío un mensaje para decirle que quiero escribir un monólogo sobre su abuela y que necesito su ayuda. Su respuesta es inmediata: cuente con ella. Y heme aquí, ilusionado como aquel niño que bebía en ese vaso que me ha regalado dulces tragos de infancia.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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