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Soledades cibernéticas

el
8 diciembre, 2019

Corren tiempos de soledades cibernéticas, tiempos de inmediatez y superficialidad, tiempos de estulticia sin libido y sexo castrado. Es grave que hayamos caído en el juego de la prisa y los 280 caracteres, que hayamos permitido que los titulares hayan asesinado a las noticias,  la imagen a la palabra y la idiocia al pensamiento. Pero es más grave, mucho más, que hayamos permitido que los me gusta hayan sustituido a los abrazos y las frías pantallas al calor de las miradas. Ya no damos abrazos, difícil recordar cuándo fue el último que nos dieron,  aunque imposible olvidar lo que sentimos al recibirlo. Vivimos aislados en una especie de urnas inodoras e intangibles, jaulas invisibles que nos separan de los demás, que nos  mantienen alejados de todo y de todos, irrompibles preservativos emocionales que impiden que nuestras emociones puedan llegar a fecundar a los demás, a reproducirse, a dar vida… Y nos contentamos con los sucedáneos de vida que pueblan las redes sociales. Náufragos sin esperanza de rescate ni posibilidad de salvación, nuestras vidas se reducen a deambular como espíritus sin alma por el glacial océano digital de las soledades compartidas. Las únicas puestas de sol que vemos son las de los fondos de pantalla de nuestros portátiles y nuestros móviles; el sol hace años que dejó de salir en los días de esa vida que hemos transformado en espera, estúpida y desesperada espera de los mundos que nos prometen quienes nos robaron el nuestro. Corren tiempos de soledades cibernéticas, el planeta morirá, nosotros lo hicimos hace ya tiempo, demasiado tiempo.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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