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22 diciembre, 2019

Muchos están ya solos, achaques y recuerdos son sus únicos compañeros. Les vemos sentados en los bancos, pasear por el parque, dejar que la mirada se pierda en el horizonte buscando, quizá, lo que pudo haber sido, buscar ese resquicio de sol que les da la vida… Otros, los más afortunados, pueden jugar con sus nietos, volver a ser aquellos niños que, parece que fue ayer, también se asombraban frente a todo y con todo. Ese regreso a la infancia, ese renacer a la emoción es algo que solo pueden darles sus nietos y que solo sus nietos pueden entender. Juntos crean un código secreto que les permite adentrarse en su universo privado, un universo de risas y juegos, de inocencia recobrada, un universo donde palabras como amor o alegría cobran todo su significado. Pocas voces como la de Carmen Castellote han sabido cantar a ese universo precioso aunque las más de las veces efímero que creamos en nuestra infancia y que, con el calor del fuego lento, abana nuestros recuerdos durante toda la vida.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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