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Espejos del tiempo

el
17 noviembre, 2019

Quizá no seamos más que el resultado de las elecciones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida, esas decisiones que tomamos rutinariamente, sin darles mayor importancia, y esas decisiones que creemos importantísimas e irrevocables que, a la postre, ni eran importantísimas ni mucho menos irrevocables. Solo el paso del tiempo nos ayuda a ver y a entender lo que somos y, avanzada ya la vida, lo que nos ha traído hasta aquí. Vivimos nuestro presente sin valorarlo, idealizando un pasado que cuando fue presente no nos impresionó o anhelando un futuro que nunca llegará o que, en el mejor de los casos, cuando llegue no tendrá nada que ver con el que habíamos imaginado. Esa es nuestra cruz, pasar por la vida sin apenas darnos cuenta de que la estamos viviendo, esperando algo que nunca llegará o recordando algo que nunca fue. El valor del aquí y del ahora es la verdad que nos enseña la vida con el paso de los años, un paso que, a fuerza de su imparable lentitud, nos pasa desapercibido y que solo las viejas fotografías nos muestran cómo ha sido en realidad. Un aquí y un ahora que nos sitúan frente a los únicos espejos que reflejan la realidad del que mira, los espejos del alma, esos espejos en los que lo que se refleja no es lo que vemos, sino la esencia del que mira. En estos vídeos hablo del paso del tiempo, ese que nos lleva a ser rosas de otoño, y de los espejos del alma, los que nos ayudan a entender lo que en realidad somos.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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