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Bonjour tristesse…

el
10 noviembre, 2019

¡Buenos días, tristeza… y bienvenida! Quizá esa debería ser nuestra relación con la tristeza en un mundo que la criminaliza y que ensalza la felicidad, la imposible e inalcanzable felicidad, como un bien supremo que podemos comprar por metros o por kilos en la tienda de la esquina. Los mejores poemas, las mejores canciones, las mejores novelas, los mejores cuadros, las mejores películas se han escrito desde la tristeza. Casablanca, Zhivago, Memorias de África, El paciente inglés, Casa de muñecas, El jardín de los cerezos, Ana Karenina, Romeo y Julieta, Ne me quitte pas, The river… La lista es interminable. Todas esas obras nos han llegado a lo más hondo porque las sentimos próximas, cercanas, peligrosamente cercanas y conocidas. Podemos identificarnos con el sufrimiento de sus protagonistas porque, de una u otra forma y en un momento u otro, lo hemos sentido, ha sido el nuestro. La pérdida de aquellos a quienes amamos, el final de una verdadera historia de amor, el desengaño por aquello que perdimos y creíamos nuestro, los sueños perdidos, los amores no vividos, las traiciones de aquellos a quienes amamos… son muchas, infinitas, las causas que nos adentran en el universo de la tristeza, un universo que es capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos y del que salimos creando nuestras mejores obras. La tristeza y la melancolía tienen la llave de la creatividad, de nuestra creatividad. No hay que temerla porque solo ella es capaz de guiarnos hacia esa oscuridad que habita en nuestro interior que, cuando quiere, nos habla, empuja nuestra mano sobre el papel, nos susurra versos que hacemos ya nuestros. Reivindicar la tristeza en un mundo que la proscribe es un acto de rebeldía; hacerlo en un mundo que ha sustituido los abrazos por los me gustas es un gesto de autenticidad y honestidad. Quienes huyen del oscuro negro la tristeza y viven en el abúlico gris de la mediocridad ni siquiera pueden intuir que existe el blanco. Solo quien ha descendido a los páramos de la tristeza y la melancolía es capaz de intuir la existencia de la verdadera felicidad, esa de la que siempre hablan quienes jamás la rozarán. Igual que el agua hace crecer a los árboles, el dolor y la tristeza hacen crecer a las personas ayudándolas a desarrollar una sensibilidad que nunca podrán alcanzar quienes no las han sentido alguna vez. Por eso quienes han sufrido suelen ser personas más proclives a entender al otro, a echarle una mano, a ponerse en su lugar, a intentar conocerle… En los momentos de alegría o de eso que creemos que es la felicidad, nos dedicamos a disfrutarla, a vivirla, y no plasmamos nada, o escribimos nada, o componemos nada. La creación nace del dolor, aunque nos duela reconocerlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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