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De versos, sueños y mares…

el
20 octubre, 2019

Escribir un poema es aceptar esa invitación que, sin saber de quién ni de dónde, te llega a lo más hondo y hace que te pongas frente a una pantalla o a un papel a desnudar recuerdos, sueños, anhelos y emociones. No sabes cómo o por qué, pero algo guía tu mano mientras escribes, ideas y versos se entremezclan en una dulce confusión que te llena de entusiasmo porque te permite ver lo que, quizá callado por mucho tiempo, llevas en tu interior. ¿Quién empuja tu mano?, ¿A quién le escribes?, ¿Quién susurra en tu corazón todas esas cosas que llevas tanto tiempo sintiendo quizá sin siquiera saberlo?, ¿Dónde estaban los versos antes de ser escritos?, ¿Cómo es posible que algo tan universal, algo que te hace sentir tan vivo y te da la vida, quepa en una humilde hoja de papel, en el incierto trazo de una pluma?, ¿Qué era de las emociones antes de ser vividas?, ¿Existían?, ¿Dónde estaba hasta ahora todo eso que cobra vida…? Escribir esos poemas, dejar que esos versos te habiten, hace que revivas situaciones pasadas o vivas las solo intuidas o soñadas. Lo que sientes al hacerlo te hace sentir vivo, terrible y maravillosamente vivo. Sabes que todo eso que brota ahora de lo más hondo siempre ha estado ahí y que seguirá estándolo siempre porque es lo que te ha hecho como eres… Somos lo que sentimos y lo que sentimos ayer, los que imaginamos y vivimos en nuestra imaginación, lo que hacemos, lo que callamos para dejar que siga susurrándonos sus secretos, lo que sabemos que nos acompañará mientras nos atrevamos a seguir viviendo nuestro aquí y nuestro ahora con la intensidad que lo viviríamos si supiéramos que es el último.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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