General Pintura

Robert Johnson, la vida en un blues

el
8 septiembre, 2019

Si Norteamérica tiene una voz, sin duda es la de Robert Johnson, bluesman de club y camino, de cruce de carreteras donde vender tu alma, de cigarrillo y alcohol, de tren y soledad, de verso y mujer. Fue de los primeros en ingresar en ese fatídico club de los genios que no cumplen los treinta. Chico, eres bueno con la voz y bueno con la armónica pero flojo con la guitarra le dijo una noche Son House, el ídolo de Robert. Y Robert desapareció durante cuatro meses en los que nadie sabe dónde estuvo. Cuando reapareció tocaba la guitarra como el mejor. Y Son House creó la leyenda afirmando que Robert se había ido al cruce de la 49 con la 61 para venderle su alma al diablo a cambio de que le convirtiera en el mejor bluesman que había existido. Verdad o no, lo cierto es que su música experimentó un cambio radical y abrió unos caminos nunca pisados hasta entonces, caminos por los que, décadas después, han pasado todos: Eric Clapton, los Rollings, Bob Dylan, Allman Brothers, Led Zepelin… El blues de este nieto de esclavos es el padre del rock que conocemos.

Sus canciones, grabadas en dos legendarias grabaciones en 1936 y 1937, están cargadas de melancolía y dolor, de tristeza a veces, de rabia las más. Sus letras hablan de trenes a ninguna parte y de amores imposibles, de la vida del vagabundo de amor y de ilusiones, de las mil derrotas y una victoria de la vida, de los tugurios que siempre le acompañaron, de las noches de whisky bañado en mujeres, de la dura vida de los años de la recesión, de hambre y cadenas, de viajes sin equipaje, de carreteras donde nunca se pone el sol, de noches que olvidan el alba… Es el blues, el más puro, duro y triste blues que alguien ha cantado jamás.

Nunca conoció a su padre biológico, a pesar de que le buscó durante años, y su primera mujer murió dando a luz a su primer hijo con apenas dieciséis años. Solo una vida que conoce bien el dolor puede crear canciones como las de Robert Johnson. Y si su vida fue de leyenda, su muerte, o las versiones que corren de ella, no se queda atrás. Lo cierto es que parece que fue demasiado lejos con una bella mujer una noche que actuaba en el Three Forks de Grenwood (Mississipi) y su celoso marido envenenó su whisky. Murió rodeado de las tres cosas que más amó en la vida: la música, el whisky y las mujeres. No había cumplido los veintiocho. Solo había grabado veintinueve canciones. Aquel marido cornudo estará en deuda con la humanidad por toda la eternidad.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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