Cine/Teatro General

Odin Teatret, teatro más allá de espacio o tiempo

el
1 septiembre, 2019

Solo navegando contra la corriente, manteniendo la libertad y la independencia, creando una poética propia, huyendo de modas o tendencias y marcando nuestro propio camino podemos sobrevivir en un mundo que confunde cultura con entretenimiento o valor con precio. En el universo teatral es difícil, terriblemente difícil, sobrevivir como compañía sin unos principios y valores que te permitan mantenerte fiel a ti mismo. En nuestro país tenemos un caso, La Zaranda, teatro inestable de ninguna parte, que demuestra que es posible sobrevivir más de cuarenta años reinventándose cada día para no dejarse fagocitar por mercados, por políticos o por subvenciones interesadas. En Dinamarca existe otra experiencia apasionante de un grupo de teatro con cincuenta y cinco años de vida que sigue siendo fiel a los principios que lo crearon y que hoy es un referente mundial en el mundo del teatro: el Odin Teatret
Creado por Eugenio Barba, considerado hoy junto a Peter Brook, Stanislavski, Brecht y Grotowski como uno de los padres del teatro actual, el Odin Teatret se fundó en la pequeña ciudad danesa de Holstebro, de apenas veinte mil habitantes. A veces las cosas más importantes de la vida suceden por las causas más insospechadas. ¿Qué llevó a un joven artista italiano a fundar una compañía de teatro en aquella ciudad perdida en el norte de Dinamarca? Nacido en Italia en 1936, su vida cambió radicalmente cuando su padre, oficial del ejército, murió durante la segunda guerra mundial. En 1954 abandonó los estudios en la escuela militar para seguir hasta Noruega a una joven de la que se había enamorado. Sobrevivió trabajando como soldador y marinero durante algunos años hasta que, en 1961, decide irse a Varsovia a estudiar dirección teatral en la Escuela Oficial de Teatro. Allí estará poco tiempo porque entra en contacto con Grotowski y se va a estudiar con él durante tres años. Interesado en profundizar su conocimiento sobre la esencia del teatro, el universo de la pre-expresión, se va a la India para estudiar una disciplina teatral desconocida entonces en Europa, la danza Kathakali. Esa necesidad de saber le llevó a profundizar también en otras disciplinas teatrales y artísticas de diferentes países y culturas, teatro Nô, ópera china, pantomima clásica, etc. De regreso a Noruega intenta encontrar trabajo como director, pero le resulta muy difícil por su condición de extranjero. Junto a otros cinco alumnos que no habían sido admitidos en la Escuela Oficial, monta su propio grupo de teatro que realiza una gira triunfal por los países escandinavos con su primer montaje. El alcalde de Holstebro, un panadero sin apenas cultura teatral, se pregunta por qué no va la gente a visitar su ciudad y llega a la conclusión de que la forma de atraerla es la cultura. Por eso ofrece una granja abandonada y una pequeña cantidad de dinero a Barba y sus compañeros para que lleven allí el Odin Teatret. Así lo hicieron y lo han venido haciendo hasta ahora. El proyecto de experimentación y creación teatral que supone el Odin Teatret ha ido creciendo a lo largo de estas décadas hasta convertirse en un referente mundial, pero jamás ha renunciado a su total imbricación con la ciudad y las gentes de Holstebro. Convencidos de la importancia del proceso de ensayo en la creación de sus montajes, suelen ensayarlos durante muchos meses o años incluso antes de subirlos al escenario. Para financiarlo el Odin garantiza unos medios de supervivencia dignos en Holstebro a los miembros de la compañía y lo financia mediante acuerdos de colaboración y formación con las diferentes empresas y organismos que hay en Holstebro que ven en el teatro y la técnica teatral una forma de conocerse, motivarse y crecer. La simbiosis entre el Odin Teatret y Holstebro es total e incondicional. Barba considera que la base del teatro es la relación que se establece entre quienes lo hacen con los demás, con el entorno, consigo mismos y, a través de los textos, con quienes nos precedieron. Conocer al otro, al extranjero, al diferente, es para él una de las mayores fuentes de enriquecimiento personal y profesional. Él, que sufrió la marginación por su condición de extranjero, encontró en el alcalde de aquel pequeño pueblo a una persona abierta que supo ver que el futuro de su comunidad dependía de aquel grupo de jóvenes artistas extranjeros.

Eugenio Barba ha anunciado su retirada al frente del Odin Teatret para el 31 de diciembre de 2020. No será fácil encontrar a la persona que siga el camino trazado por él, pero el proceso de selección ya ha comenzado. El mes pasado recibió uno de los múltiples reconocimientos que ha recibido a lo largo de su vida. Fue su nombramiento como doctor honoris causa de la Universidad del Peloponeso, en Grecia. Las palabras que pronunció en su discurso de agradecimiento son toda una lección de teatro, de amor y de vida. Estos son algunos extractos de su discurso:
“El Odin Teatret es un grupo de teatro, pero también un laboratorio teatral radicado geográficamente en Holstebro, una ciudad provincial danesa. Constituimos un ambiente de individuos de numerosas naciones y lenguas que en el artesanado teatral han encontrado las raíces de una patria profesional. Muchos hablan del Odin Teatret como de una leyenda. ¿Cómo un teatro se vuelve una leyenda? Haciendo lo que, para un teatro, es imposible hacer en nuestra sociedad. Nuestros 55 años de actividad con el mismo núcleo de actores son la prueba de que el teatro no se identifica con el espectáculo. El teatro puede ser el acuerdo tácito de individualistas que por motivos profundamente personales y con una disciplina artesanal compartida expresan su diversidad en una forma de vida y de trabajo. Nuestra identidad como teatro es proteiforme: experiencias didácticas, empresas artísticas e iniciativas de colaboración que catalizan y envuelven a numerosas subculturas de la comunidad en la cual vivimos. Hemos logrado infringir las dos leyes del ADN del teatro: la obligación económica de producir espectáculos, y la imposibilidad de conservar durante años y años el mismo grupo de actores. Creamos ceremonias festivas con nuestros actores intercambiándolas por expresiones culturales: trueque. Hace cuarenta años que nos dedicamos a lo que he llamado antropología teatral, a la búsqueda de los principios de la pre-expresividad del actor y de su presencia escénica… La declaración “el teatro es política con otros medios” no se refiere solo a los contenidos del espectáculo, a las historias y eventos que pueden más o menos incidir sobre las experiencias históricas y sobre la conciencia civil de los espectadores. Engloba también los modos a través de los cuales un teatro imagina y desarrolla su estructura de relaciones internas y las interacciones con el exterior. Cómo se renueva, cómo decide accionar, cómo concreta el efecto de colocarse afuera e ir contra la corriente a través de medios técnicos y artísticos y de las múltiples formas de relaciones que puede crear. El objetivo es no dejarse fagocitar por el espíritu del tiempo, por las tendencias del mercado y mantener la identidad de “extranjero” a través de la sorpresa y el valor de iniciativas culturales en el corazón mismo de la comunidad fragmentada en donde vive… El teatro es necesario para quien lo hace, no solo por razones económicas, sino también como necesidad cultural y espiritual. Es una isla de libertad.
“…Las acciones del actor deben decir, no significar. Deben valerse por sí mismas. Cada acción vocal o física tiene su propia potencia, una individualidad y existencia en sí. La energía de las acciones debe hablar por sí misma, lo suficiente como para resistir a la agresión de las ideas y de los significados. Debería dejar una huella en esa parte íntima que vive en exilio en cada espectador…Palabras, entonaciones, silencios, gestos, movimientos, inmovilidad son una trama de formas perceptibles. Pero el diseño de todas estas miles de tensiones – las acciones de la partitura del actor – no son la forma. Es la manera de hacer percibir sensorialmente al espectador lo que está más allá de la forma… Todo lo que sé, todo lo que he creado en escena, y que seguidamente he traducido en palabras sobre papel, lo debo a mis actores, a mis muchos colaboradores cuyas ideas y capacidad de realizarlas desembocaban en iniciativas artísticas, y a tantas otras personas que muchas veces no tenían nada que ver con el teatro. En este momento a mi alrededor hay un pueblo secreto de vivos y de muertos, maestros que nunca me han conocido, espectadores que han solo imaginado mis espectáculos, amigos que nunca he encontrado… Hoy puedo afirmar: el teatro es energía. Persisto con mis actores en hacer florecer espectáculos que no se dejan comprender en su totalidad por los espectadores porque no se dirigen al intelecto sino al ser-en-vida. Energía es una palabra escurridiza, un término de muchos rostros. Y sin embargo basta tomar en brazos a un neonato, estar al lado de una persona gravemente enferma, posar los labios sobre los de una mujer o un hombre, observar un árbol, una nube, una araña para que todo nuestro ser perciba un mensaje y reaccione. Es un mensaje de energía que no se deja verbalizar, pero lo sentimos dirigido a nosotros específicamente. Este mensaje es un texto que desciframos con nuestro organismo y sus diferentes memorias… ¿Qué es el teatro? Es la ciencia suprema del misterio de la vida, accesible también a los desheredados de la tierra”

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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