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A aquellas pequeñas cosas…

el
29 septiembre, 2019

A veces pensamos que la vida se compone de grandes acontecimientos y eventos importantes, aunque quizá no sea más que una sucesión de pequeñas cosas que nos pasan a diario o casi sin que no demos cuenta. Aún así hay quienes son conscientes de lo grande que es lo pequeño y viven de acuerdo a grandes principios y acciones solidarias a las que dedican su vida. Saben que todo eso que exigen y reclaman está lejos, quizá demasiado lejos, como para poder llegarlo a ver, pero no por ello renuncian a luchar para intentar que cada día esté más cerca. Son conscientes de que seguramente esos ideales a los que aspiran sean incluso imposibles de llevar hoy a la práctica, pero siguen luchando por ellos para que cuando menos sus hijos los tengan más cerca y sus nietas quizá puedan llegarlos a ver. Esta semana he preparado unos vídeos de homenaje a esas personas que son capaces de anteponer sus ideales y sus principios a la comodidad y el egoísmo con el que nos adormecen a diario: personas que se ofrecen voluntariamente a ayudar a quien lo necesita; anarquistas que saben que nuestro problema no es tener un gobierno facha sino tener gobierno; jóvenes que exigen a los políticos que no les roben su futuro y el planeta en el que tendrán que vivir; un sentido homenaje a los niños de Rusia, aquellos niños de nuestra guerra que partieron solos al extranjero para salvar la vida; y un vídeo que nos interpela como pocos al ponernos frente a las miradas de personas sin hogar que parecen preguntarnos ¿Por qué?… Los versos de Carmen Castellote, niña de la guerra, y de Jose Emilio Pacheco acompañan alguno de esos pequeños homenajes. Otras veces son canciones que llevamos en lo más hondo las que lo hacen. Y junto a esos vídeos he querido incluir también el que he hecho con el poema que escribí denunciando la guerra de Irak en la negra noche de aquel ya lejano 2003 en la que empezaron los bombardeos…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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