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Rafael Flores Montenegro, alma de tango y verso

Nacido en Argentina, hijo del exilio y que por patria lleva la de la última mirada con la que se ha cruzado, Rafael Flores Montenegro es una de esas personas que, a veces, te regala la vida. Su compromiso político de juventud le llevó a pasar tres años en la cárcel sin haber sido siquiera acusado de algo. Allí, en el encierro sin libros ni papel con el que escribir, entendió que era todo lo que había entrado en la celda con él, los recuerdos de su infancia cordobesa, las canciones que le acunaron, los versos que había leído, los amores vividos o tan solo soñados, los tangos, siempre los tangos y, sobre todo, el mundo que su imaginación podía crear y que nadie, absolutamente nadie, podría arrebatarle jamás. Al salir retomó la escritura que su lucha sindical le había obligado a aparcar y se dedicó a crear todos esos mundos que podrían ser. Las expectativas de esos mundos nuevos le impulsaron a exiliarse a España en 1979, a aquella España en la que tantos como él soñábamos con esos mundos que seguro vendrían aunque luego comprobamos que nunca llegaron. Es aquí donde ha desarrollado su carrera desde entonces, una carrera que le hizo presentar programas radiofónicos de su amado tango durante tres décadas, producir conciertos, dar talleres literarios o publicar un puñado de libros.

Relatos, novelas, cuentos y poesía han sido las cuatro patas de la mesa sobre la que ha construido su imaginario, un imaginario que nos habla de ausencias, soledades y árboles preñados. Y que también nos habla de tangos, esos tangos que él tan bien conoce que nos traen historias de tabernas y arrabales, de amores perdidos, de caminos recorridos y de lunas que no volverán a salir. El lunes pasado presentó su último libro en Madrid, en ese templo de soñadores sin remedio que es el Café Berlín. Presentar un libro es un acto de generosidad desconocida y ni siquiera intuida para quienes no han tenido oportunidad de hacerlo. Allí, frente a amigos, conocidos y algún desconocido, haces entrega de lo que ha sido tu mundo durante los últimos años, ese mundo solo tuyo que, desde ese preciso instante ya solo será de los demás, de quienes lo lean y encuentren en él cosas que ni siquiera tú, cuando lo escribías, pensaste. El libro no pertenece a los escritores, sino a los lectores. Los escritores no son más que los comadrones que traen los libros al mundo. Y Rafael es uno de ellos, uno de los mejores.

Si presentar un libro es un acto de generosidad, hacerlo con uno de poesía es un acto de desprendimiento absoluto. Los libros de ensayo se escriben con la cabeza, las novelas, en las más de las ocasiones, con el corazón, pero la poesía se escribe con el alma, con lo que realmente somos y sin poder valernos de personajes tras los que ocultarnos o protegernos. Por eso, presentar un libro de poesía, regalarlo a los lectores, es entregarse tal y como somos, como de verdad somos porque, además, normalmente el poeta solo escribe sus versos cuando está melancólico, triste o jodido, cuando está alegre o feliz disfruta de la vida mientras puede. Los versos son hijos de la soledad, fiel amante de soñadores y poetas. Presentar un libro de poemas es permitir que los demás se adentren en nuestra soledad y, al mismo tiempo, dejar que nuestros versos fecunden otras soledades.

Soledad, amor, libertad o muerte son temas que habitan los versos de Rafael, que les dan la vida. El paso del tiempo, ese que nada sabe de relojes ni de giros terrestres, es otra constante en sus poemas, unos poemas que hablan de la madurez y de esos retoños que gritan lo que también nosotros gritamos ayer y que sigue vivo en nuestro hoy. Leer los versos de Rafael es adentrarse en un encuentro con lo que somos, con lo que fuimos y con lo que aún podemos ser, y es también un encuentro, un dulce encuentro de retoños y maduros que nos permite intuir la eternidad que vive en cada instante.

Nada mejor que sus palabras para adentrarnos en ese maravilloso mundo que es “Con el hueco de la mano hacia arriba”, su último libro:

LLUVIA EN “LA PERLA”

“Huele a tierra mojada, a hierbas secas de sol y maduración, a cielo y agua. Un olor dulzón nacido de la vejiga de la atmósfera, de la raíz de la vida remozada. Atropella la lluvia y se contiene, cae vertical o intenta acostarse sobre los campos.

Felicidad en nuestra materia corporal, en los huesos que se desperezan, enjundia de lo que deseamos hacer por encima de todo obstáculo. Reestreno de las utopías y las esperanzas secretas. Sensación de pasar de un plano a otro, conciencia del tiempo. No dura, va de una advertencia a otra…

Cae la lluvia atropellándose en los tejados. Golpeándose la cabeza se suicida en la claraboya. Martillea sobre las astillas de estrellas que olvidamos ayer en el cristal del techo.

Dulce lluvia, que cae sobre mis muertos, disuelve sus cuerpos y los arroja a la categoría de espíritus puros.

Caerá la lluvia sobre las furtivas imágenes que en La Perla quedan, las lavará y volverán a resplandecer en el sol de mediodía. El recuerdo es un presente que goza de impunidad ante la muerte. Se le siente luminoso, niega lo ocurrido y lo que sabemos. En un instante están hoy con nosotros los compañeros asesinados. Oyendo estos pájaros están otra vez despiertos por una vaharada de vapores que trae la lluvia, tras las vendas en los ojos tumefactos y los grilletes en las piernas. Imponiéndose a la lluvia, vivos, resplandecientes sus caras en nuestras conciencias”

 

LOS RETOÑOS

“Aparece en la pantalla uno de esos que nada pretenden

con las riendas del mundo,

pues las fantasías se les han secado.

Están ahí para anunciar

revueltas, propiciando contestaciones

al filo del mediodía.

Cuando nadie espera nada,

los brazos en cruz y el

pensamiento en la familia,

estos rebeldes sin banderas nacionales

ganan las calles encendiendo

protestas, recordándonos

que la vida es movimiento.

Gritan como hace dos siglos

¡democracia!, ¡pueblo!, ¡libertad!

En cualquier idioma que lo hagan

es fácil entenderlos.

Siendo hoy un ave sin polluelos en su nido,

me importa menos conquistar la luna

que mirarla grave sobre el tejado.

Estos rebeldes recién nacidos hablan de nosotros,

de quienes fuimos un relámpago

en las esperanzas del siglo que pasó

y aún buscamos entender

para qué estamos aquí…

donde solo importa un abrazo

que nos cobije de la desolación

de los días sin batallas”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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