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De patrias y banderas

  1. En tiempo de patrias, banderas, balcones y pulseras reivindico el derecho a un mundo sin mapas, fronteras, ejércitos ni gobiernos. Patria o bandera son sinónimo de desigualdad e injusticia, de miedo y odio, y balcones y pulseras no pasan de ser una demostración ostentosa de la ignorancia que nos domina. En un mundo en el que una lata de Coca Cola tiene más derechos y está más protegida que una vida humana, creernos mejores por el simple hecho de haber nacido aquí o allá es un atentado contra la justicia y la razón, y envolvernos en una bandera que defiende nuestros privilegios un crimen contra la humanidad. Nuestro mundo cabalga desbocado hacia la abyección, el fin de nuestro planeta está ya aquí, pero seguimos escondiendo esta inexorable realidad tras los muros que levantan patrias, banderas, balcones y pulseras. Los muros nunca impedirán que los “otros”, los no privilegiados, los “nadies” sigan llegando huyendo de la muerte y el hambre, pero sí conseguirán que cada día nos encerremos más renunciando a aquellos valores como igualdad o libertad que nos hacían ser seres humanos. ¿Cómo es posible que hoy, cuando la información está a nuestro alcance, pretendamos no ver lo que pasa a nuestro alrededor? ¿Cómo es posible que no hagamos nada contra la barbarie de esa economía de casino y esa política de “yo first” que más pronto que tarde acabarán arrasándolo todo? Cuando este planeta necesita más que nunca que nos unamos de una vez para intentar frenar el cambio climático y acabar con la criminal desigualdad a la que hemos condenado a la mayor parte de la humanidad, estamos dejando que nos engañen envolviéndolos con sus banderas y consignas, con sus patrias sinsentido. Y nos vanagloriamos de ello luciéndolo en nuestros balcones y nuestras muñecas. La estupidez y la estulticia han alcanzado hoy cotas nunca antes imaginadas.

La peor prisión es un corazón cerrado

Hemos convertido nuestro planeta en un nuevo “Titanic” que nadie duda que acabará yéndose a pique, pero seguimos navegando, confiados y alegres, creyendo que no va con nosotros porque quienes se ahogarán serán los de las cubiertas inferiores, porque siempre hay cubiertas inferiores a la nuestra, o eso nos creemos porque es lo que nos han enseñado, el señuelo con el que nos han engañado. Somos conscientes de que nuestra nave ha chocado ya contra el iceberg de nuestro destino y, en lugar de unirnos para intentar evitar que se hunda o, cuando menos, que quienes mueran sean los menos posibles, nos limitamos a poner candados en nuestras puertas y en las escaleras que podrían salvar a quienes viajan debajo de nosotros. Y lo hacemos enrollados en absurdas banderas y luciendo estúpidas pulseritas que, llegado el caso, nunca nos franquearán el paso a las cubiertas superiores.
Desde el momento en que permitimos que otros tomaran decisiones por nosotros, que otros nos representaran en los centros de decisión, claudicamos, nos rendimos. La solución nunca vendrá desde arriba. En el puente de mando están demasiado ocupados jugando la partida con las magníficas cartas que les dio la vida. Si algo nos ha demostrado la Historia es que los cambios, los verdaderos cambios, nunca se han hecho voluntaria y unilateralmente desde arriba, sino que han sido las ciudadanas y los ciudadanos, la base, quien los ha impulsado. Pero, en lugar de ser conscientes de ello, en lugar de aprovechar la fuerza que aún tenemos, seguimos paralizados mirando embelesados los colorines de esta o de aquella bandera. Es en lo pequeño, en lo que tenemos a nuestro alcance, donde podemos actuar ¡Hagámoslo! En nuestra casa, en nuestra comunidad, en nuestro barrio, en nuestro municipio podemos cambiar lo que está pasando. En un mundo cada vez más globalizado las ciudades son cada vez más importantes para acabar con la dictadura de la desigualdad y la injusticia a la que nos han sometido. Es en el municipalismo libertario donde aún podemos jugar, quizá, nuestra última batalla. Dejemos ya de esperar que alguien cambie algo, que alguien solucione nuestros problemas, y atrevámonos a resolverlos directamente, sin intermediarios. La acción directa, la desobediencia civil, la contraeconomía, la acción poética, el asociacionismo… están ahí a nuestro alcance. De nada nos servirá pensar que quizá hubieran podido ser útiles para salvarnos y salvar a nuestro planeta cuando todo se haya ido a pique.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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