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Chicos de ayer

el
5 mayo, 2019

Nacidos en los últimos tiempos del franquismo, vivieron su adolescencia en un tiempo en el que creíamos que todo iba a ser posible. El horizonte de libertad que se abría ante nosotros nos empujó a explorar esos mundos sin mapas que siempre habíamos intuido. Quijotes nacidos en tiempo de Sanchos, Antonio Vega y Enrique Urquijo reflejaron, como nadie, el espíritu de aquellos años que nunca serán ayer. Sus canciones hablaban de lo que éramos, de todas esas pequeñas cosas que nos hicieron ser como somos, de todos los anhelos de una generación asesinada por la droga o adormecida para siempre por ese estado del bienestar con el que nos engañaron. Su sensibilidad y su profunda visión poética de la vida les llevó a ser vulnerables, demasiado vulnerables en un mundo que no estaba hecho para gente tan bella como ellos. Hoy sus canciones son himnos para quienes vivimos aquellos tiempos y para quienes, nacidos años más tarde, siguen soñando con ese otro mundo posible y necesario. Ver hoy a adolescentes cantar sus canciones, hacerlas tan suyas como nuestras, es ver florecer todo lo que ellos sembraron.

 

Sus canciones rezuman melancolía y ternura, tristeza a veces, esperanza siempre. Nos hablan de ti y de mí, de lo que somos y de todo lo que habríamos podido ser. Sus letras son cartas que nos siguen escribiendo desde donde quiera que estén. No llevan remite. Sabemos de quiénes son. El paso del tiempo ha depositado en ellas un poso de verdad y de sueños que las ha convertido en inmortales. Las calles de Malasaña les vieron pasar, sus bares se llenaron de su música y sus esquinas de su dolor. Hoy los dos tienen placas con sus nombres en plazuelas y calles de ese Madrid que les dio todas las vidas. Hoy los dos tienen sus nombres escritos en el corazón de quienes, tarareando sus canciones, seguimos deambulando sin rumbo por esas calles y tantas otras en las madrugadas de luces y sombras de lo que somos.

 

Son canciones que nos hablan de amores y desamores, de encuentros y despedidas, de esa suerte a la que nunca dejamos de esperar, aunque sabemos que nunca llegará. Son canciones de memoria de lo que podríamos haber sido y de olvido de lo que somos, desgarrados acordes que hablan de la soledad de las noches en vela, de esos cuerpos, conocidos a veces, que se acuestan a nuestro lado, de esas almas, desconocidas siempre, que pasan junto a nosotros. Sus voces suenan a ranchera y a viejo rock, ese rock que hace inmortales a quienes jamás dejan de soñar y de perseguir sus sueños, porque quizá no seamos más que eso, un puñado de sueños y poco más. En sus canciones hay polvo y olvido, polvo de caminos que nos aguardan y olvido de las penas que dejamos atrás. Agarrados a esos sueños somos capaces de cabalgar por cualquier llanura, de trepar a la cima más alta, de colgarnos de la nube más dicharachera. Si no suenan sus acordes la madrugada permanece dormida y no deja salir al sol, solo la luna, siempre la luna, nos acompaña iluminando nuestro camino, ese que, desde siempre, sabemos que no lleva a ninguna parte; ese que desde siempre, como a Enrique y a Antonio, nos empuja a seguir caminando.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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