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Jane Goodall, una vida dedicada a la esperanza

Dice que fue el perro que tenía cuando era una niña quien le enseñó que los animales tienen sentimientos y personalidad, que lo aprendió todo de él. Cuando .a los diez años leyó “Tarzán de los monos” decidió que dedicaría su vida a vivir con los animales en la selva. Nadir la creyó. En 1962, con solo 26 años y sin que nadie se hubiera atrevido a hacerlo hasta entonces, se fue a vivir a la jungla con un grupo de chimpancés. No tenía ni idea de chimpancés, de métodos científicos o de cómo sobrevivir en la selva, pero nada la detuvo. Tras pasar varios meses observando y persiguiendo a un grupo de chimpancés que la huían porque nunca habían visto un mono blanco, consiguió, por fin, establecer contacto con ellos. Fue uno de los momentos más emocionantes de su vida. Poco a poco fue siendo admitida en su comunidad y cometió todos los errores que podía cometer un neófito en metodología científica según los científicos del momento. Bautizó con nombres en lugar de números a cada chimpancé, empatizó con ellos, describió su conducta con arreglo a sus emociones y sentimientos en el que, para los científicos de la época era el mayor de los sacrilegios: el antropomorfismo, atribuir cualidades humanas a los animales que observaba. Consciente de que para obtener financiación para su proyecto necesitaba una titulación universitaria (la titulitis es uno de los mayores pecados de quienes tienen capacidad económica para financiar proyectos de investigación o iniciativas culturales), hizo un master en etología en la universidad de Cambridge sin tener estudios previos. De regreso a Gombe (Tanzania) para seguir estudiando a los chimpancés se dio cuenta de que la pobreza en la que vivían las poblaciones limítrofes al parque natural las obligaba a talar árboles y matar animales para poder subsistir, lo que constituía una seria amenaza para la colonia de chimpancés. Es entonces cuando se dio cuenta de la estrecha relación entre animales y hombres, entre nosotros y el medio ambiente, entre la política, el hambre y la biodiversidad. Y tomó partido iniciando su lucha por preservar el medio ambiente y eliminar el hambre y la sobreexplotación de los recursos naturales. Siguió estudiando las interacciones sociales y familiares de los chimpancés de Gombe durante 55 años y revolucionó los fundamentos científicos al demostrar que los chimpancés eran capaces de construir herramientas para procurarse el alimento, lo cual era exclusivo del ser humano hasta entonces, y que, además no eran herbívoros como se pensaba, sino también carnívoros.

 

Consciente de que para salvar la vida de la selva debía luchar en otra jungla, la humana, Jane Goodall creó el JGI (Jane

Dr. Jane Goodall with a group of Roots & Shoots members in Salzburg, Austria

Goodall Institute) con el que lleva más de treinta años luchando por concienciar al mundo de la necesidad de preservar el planeta. Otra de sus iniciativas que inició en Tanzania con un grupo de adolescentes es el programa educativo Roots & Shoots (Raíces y Brotes) que hoy se encuentra presente en más de cien países y cuenta con más de 70.000 grupos activos de niños y jóvenes que se agrupan para sacar adelante proyectos que mejoren la vida de personas y animales y medioambientales. La influencia que esta mujer ha tenido a nivel mundial en la sensibilización hacia la preservación del medioambiente ha sido enorme. Su toma de conciencia al conocer las condiciones en que viven los animales de granja la llevó a hacerse vegetariana y a denunciar no solo la crueldad con la que son tratados los animales sino el enorme efecto que este tipo de producción tiene sobre el calentamiento global.
Para ella no tiene sentido un mundo orientado al crecimiento y la desigualdad que nos llevan a nuestra propia extinción como especie y a la destrucción del planeta. Sabia como es y gran comunicadora, jamás pierde el tiempo intentando convencer a los demás con argumentos técnicos, sino a través de historias personales que llegan al corazón y cuestionan todos nuestros prejuicios e ideas preconcebidas, por muy alejadas que estén de las suyas. Para ella es a través de la no violencia y de la emoción como se pueden cambiar las cosas. Y lleva toda su vida haciéndolo. Escucharla hablar es entender que la frontera que nos separa de los animales es muy fina o que ni siquiera existe porque son seres sensibles y emocionales como nosotros, seres que, como nosotros, experimentan alegría y tristeza, ira y compasión. Cuando una vez le preguntaron por la razón por la que el ser humano destruía su propio medioambiente, ella contestó riendo: “Soy especialista en chimpancés, no en el resto de primates”

 

Consciente de que la educación es el único camino que puede salvar al ser humano, dedica 300 días al año a viajar dando conferencias y apoyando a los grupos de “Roots & Shoots” compuestos por niños y niñas de todo el mundo, con los que está en permanente contacto. Con su vida, Jane Goodall nos ha enseñado que no hay reto que no se pueda alcanzar, que las dificultades para superarlo serán enormes, especialmente si eres mujer, pero que jamás hay que rendirse. Eso es lo que ella ha hecho: no rendirse jamás y transmitirnos el mensaje de que todavía hay esperanza, de que no es demasiado tarde y de que somos todos y cada uno de nosotros quienes podemos cambiar esto si nos detenemos a pensar en lo que hay detrás de cada compra que hacemos, de cada acto que hacemos y de cada alimento que comemos, y actuamos en consecuencia. También tú puedes hacerlo. En la página de su Instituto te pueden explicar cómo: http://www.janegoodall.es/es/ Visítala. No esperes a mañana. No esperes a que sea demasiado tarde.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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