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Ecología y feminismo, ahora o nunca

Los retos a los que se enfrenta el mundo de hoy sin duda encuentran respuesta en los dos movimientos sociales más significativos que estamos viviendo: el de la ecología y el del feminismo. Por eso corrientes de pensamiento y acción como ecología y feminismo están de más actualidad que nunca y son más necesarios que nunca. Porque son los únicos movimientos que pueden y deben cambiar el mundo antes de que sea demasiado tarde. No se trata de que los partidos políticos incluyan conceptos ecologistas o feministas en sus programas, sino de que todos tomemos conciencia y cambiemos nuestra forma de pensar poniendo la ecología y el feminismo en el eje de nuestra visión del mundo y de nuestra forma de vivir en él. No nos queda mucho tiempo para alcanzar un punto de no retorno, ese punto en el que ya no habrá una posible vuelta atrás. Por eso es ahora o nunca. Por un lado nos enfrentamos al mayor problema al que se ha enfrentado la humanidad a lo largo de su historia: la propia destrucción del planeta a consecuencia de la acción del hombre que ha propiciado un calentamiento global que solo los más ignorantes o los más interesados niegan ya. Y por otro, con consecuencias directas en el primero, estamos viviendo los estertores de un sistema económico social, el capitalismo en su forma más agresiva y descarnada que es el neoliberalismo, que antepone el beneficio económico a corto plazo a todo lo demás, y se basa en la desigualdad social y la injusticia de un patriarcado que nos ha llevado a un callejón sin salida. Ver la fuerza que están tomando movimientos como el feminista tomando las calles y paralizando el país o la respuesta que los más jóvenes están dando al problema del calentamiento global con sus protestas y sus huelgas escolares son un claro motivo de esperanza, de que aún estamos a tiempo, de que no todo está perdido. Que doce mil científicos de todo el mundo hayan manifestado su apoyo al movimiento de los jóvenes contra el cambio climático es algo que nos debe hacer pensar a todos, no solo a nuestros políticos.

Desigualdad y cambio climático son problemas que nos afectan a todos los habitantes del planeta, son problemas globales que necesitan de soluciones globales. Por eso hemos de ser todos quienes tomemos conciencia de esta realidad y nos enfrentemos a ella. Ambos movimientos, el feminista y el ecologista, son, y deben ser, políticos porque las causas que originan los problemas son políticas y las respuestas que pueden solucionarlos son, y deben ser, políticas. Hablar de feminismo liberal o criticar su claro componente político es no entender nada y pretender poner puertas al campo. Combatir la desigualdad, luchar por la equidad, supone modificar por completo la estructura económico social del patriarcado en la que vivimos hoy, una estructura basada en negar, al no remunerar, la existencia de ciertos trabajos como los cuidados desarrollados hasta ahora fundamentalmente por mujeres. En una sociedad que confunde valor y precio, que no se remunere el trabajo “doméstico” supone negarle su existencia lo que, a su vez, conlleva falsificar la contabilidad real de nuestra economía. Del mismo modo, nuestro sistema contable se engaña a sí mismo y nos engaña a todos al no contemplar el coste ecológico de las cosas que producimos y consumimos. Si de verdad contabilizásemos los costes ecológicos que conlleva cada uno de los productos o servicios que consumimos sin duda dejaríamos de consumirlos porque tendrían un coste que no podríamos pagar. No es lo mismo pagar 15 euros por un kilo de ternera que lo que tendríamos que pagar si el precio incluyera los 15.000 litros de agua que han sido necesarios para producirlo. Al no contabilizar los 15.000 litros de agua porque el agua es “gratis”, estamos falseando el coste real del kilo de ternera. Del mismo modo, al no contabilizar las horas dedicadas al cuidado de niños, enfermos o mayores estamos falseando la realidad de su coste. ¿Qué pasaría si decidiésemos imputar todos los costes reales a los productos que compramos y consumimos? Que nuestro sistema económico no podría resistirlo. Sería una revolución de tal calibre que cuestionaría los pilares mismos de nuestra sociedad. Y esa es la clave de la cuestión: que toda nuestra sociedad se asienta en una gran y formidable mentira.

Vivimos en una sociedad que se contenta con el ideal, en los mejores casos, de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Nada más alejado de la que debería ser una sociedad justa basada en hacer a los demás lo que nos gustaría que hicieran con nosotros. Del mismo modo, luchar por la igualdad es muy loable, pero a todas luces insuficiente porque por lo que hay que luchar es por la equidad, es decir que no todos recibamos lo mismo, sino que reciba más quien más lo necesite. Solo a través de la equidad podemos llegar a la justicia social. Y solo desmotando las mentiras en las que se basa nuestra sociedad podemos llegar no solo a la justicia social, sino a nuestra supervivencia como especie y a la de nuestro planeta. Justicia social y supervivencia del planeta son conceptos que están íntimamente ligados en un mundo cada vez más globalizado. Nos creemos libres porque nos dejan votar una vez cada cuatro años. Esta es otra de las mentiras en las que basamos nuestra sociedad. No puede haber libertad si no hay justicia. Un mundo que margina a la mitad de su población por el simple hecho de ser mujer es un mundo abocado a su autodestrucción. Como también lo es un mundo que sigue quemando combustibles fósiles contribuyendo al calentamiento global sin hacer nada para remediarlo.

Un sistema basado en la desigualdad de las mujeres, y tantas y tantas otras, y en la asunción de que la economía debe crecer continuamente es hoy el nuevo Titanic en el que navegamos. A los que van en la cubierta de primera clase poco les importa que vayamos de cabeza hacia el naufragio. Creen que se salvarán porque hay suficientes botes salvavidas para ellos. Pero en esa cubierta no viaja más que el 1% de la humanidad. El 99% restante viajamos en las cubiertas inferiores o en la sala de máquinas y ya sabemos que para nosotros y para la tripulación nunca habrá botes salvavidas. Para el 1% no sería rentable tener botes salvavidas para los demás y son ellos quienes deciden cuántos botes lleva nuestro barco. Por eso tenemos que ir, y ya, a un sistema basado en la justicia social y el decrecimiento. El neoliberalismo jamás podrá dar respuesta a los gravísimos problemas a los que nos enfrentamos como especie porque sigue tomando, e imponiendo, sus decisiones basándose en una contabilidad falsa con la que nos están engañando a todos.

Habrá quien se pregunte cómo es posible que ese 1% privilegiado no se dé cuenta de que vamos de cabeza al precipicio. Por supuesto muchos se dan cuenta, no todos, pero inmersos en una visión tan extremadamente superficial y cortoplacista que nos impide pensar no ya en la vida que les espera a los hijos de nuestros hijos, sino en lo que nos puede pasar a todos a pocos años vista, optan por ignorar la realidad o protegerse ante las adversidades que puedan venir. Y lo hacen construyendo refugios contra las posibles revueltas sociales o catástrofes medioambientales, almacenando víveres, o acaparando tierras ricas en agua que compran a precio de ganga en los países más pobres de la Tierra.

Hay quienes no ven, o no quieren ver,  que ecología y feminismo son temas absolutamente inseparables y critican a quienes dentro de esta lucha defienden, por ejemplo, el cierre de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs), donde se encierra a las personas migrantes en tanto se  tramita su expediente de expulsión. Las personas migrantes son las primeras víctimas del cambio climático. Hoy huyen de sus países en muchos casos por la influencia que el calentamiento global ha tenido y está teniendo en su modo de vida. Territorios cada vez más desérticos y continuas hambrunas provocadas por las sequías provocan su éxodo. Son, en última instancia, migrantes y refugiados climáticos. Y precisamente quienes más sufren las consecuencias de estos cambios son las mujeres, que son discriminadas por ser mujeres, por ser de raza diferente y por ser pobres. Hay que revertir esta situación ahora que todavía estamos a tiempo. Y para hacerlo es necesario cambiar por completo nuestra manera de pensar y el sistema en sí, porque el culpable es el sistema que es quien crea, porque es inherente a él, la desigualdad y el cambio climático. Por esto, aunque todavía haya quien no lo quiere entender, ecología y feminismo no solo son temas políticos, sino ideológicos. Hoy tienen más sentido que nunca los gritos que los y las jóvenes de Friday For Future gritaban el viernes pasado en la marcha que les llevó de Puerta del Sol al Congreso: “Menos polución y más revolución”, “Vuestros beneficios nos contaminan”

De nada nos servirá que un mayor número de mujeres ocupen puestos de responsabilidad si lo que hacen para conseguirlos o mantenerlos es repetir los modelos patriarcales que nos han llevado a esta hecatombe. Son los valores femeninos los que nos pueden salvar a todos, valores que anteponen la cooperación a la competencia, la razón a la fuerza, el diálogo a la imposición y la solidaridad a la caridad. La anécdota que Federico Mayor Zaragoza cuenta de uno de sus encuentros con Nelson Mandela es el mejor ejemplo de ello: cuando, un día en el que estaba desanimado viendo el devenir del mundo, le preguntó a Mandela si esto tenía solución, Mandela le respondió “por supuesto que la tiene, y no tardará mucho en llegar aunque ni tú ni yo la veremos. Esto lo solucionarán las mujeres cuando lleguen al poder porque ellas raramente emplean la violencia para resolver sus problemas mientas nosotros raramente dejamos de usarla”

Nuestro futuro está en esa llama que nos calienta y nos ilumina cada día, esa llama que son los movimientos feministas y ecologistas. Todavía estamos a tiempo, aunque no nos queda ya mucho. Son las mujeres y los jóvenes de movimientos ecologistas como Fridays For Future quienes pueden y deben marcar nuestro camino, un camino que no será fácil y que exigirá muchos sacrificios, pero que será mucho más llevadero si los hombres tomamos verdadera conciencia de la realidad y llegamos no solo a no temer, sino a decir con orgullo y pleno conocimiento de causa que somos feministas y ecologistas, y actuamos en consecuencia renunciando a nuestros privilegios y afanes de protagonismo, deconstruyéndonos y caminando junto a ellas. Como bien decía Eduardo Galeano, en un mundo de plástico y ruido debemos ser de barro y silencio. Es la hora de que vivamos en feminista y en ecologista. Aprovechémosla con decisión y entusiasmo antes de que se pare el reloj. Nos va la vida en ello. Es ahora o nunca.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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