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Djelem, djelem

Cuenta la leyenda que hace más de mil años un rey persa estaba muy triste porque su pueblo no cantaba. Le habían hablado de otro pueblo que tenía la música más bonita del mundo. Él los llamó y doce mil gitanos vinieron del norte del Ganges. Como le gustaban sus canciones le regaló a cada uno un pedazo de tierra, un burro, una vaca y mil semillas para que se quedasen a vivir en su reino. Un año después fue a ver cómo estaban y se enfadó mucho: los gitanos se habían comido las vacas y las semillas. Como castigo les expulsó y les condenó a vagar por el mundo. Partieron de allí subidos en sus carromatos en todas direcciones para cumplir la sentencia de aquel rey: tener que ganarse la vida con sus canciones. Por eso es un pueblo que siempre canta, canta al atardecer, en las bodas y en los entierros, cuando están contentos y cuando están tristes, su vida es canción, canción bajo el único techo que conocen, el de las estrellas. Nunca aceptaron las costumbres o las leyes que fueran contra sus tradiciones. Ellos tenían su propia ley, la ley de los rom. Lo que no cuenta la leyenda es que aquel pueblo indómito fue perseguido allí donde fue. Los habitantes de las zonas por las que pasaban en su sempiterno vagabundear consideraban una amenaza su forma de vivir libres de contratos y ataduras. A ellos les bastaba su palabra, pero los otros, allí donde fueran, no se contentaban con eso y les exigían acatar otras leyes y atarse con mil y un contratos. Poco a poco el viaje de los gitanos fue transformándose en huida, en escapada de quienes amenazaban su libertad. Marginados y estigmatizados, todos los prejuicios conformaron la imagen que la gente de los pueblos por donde pasaban tenía de ellos. Su forma de defenderse fue encerrarse en sí mismos para mantener viva su cultura y sus raíces. Conocidos originariamente como “egipcianos”, su persecución se remonta a más de 5 siglos atrás, con la Pragmática de Medina del Campo promulgada por los Reyes Católicos que ordena su expulsión si no renuncian al nomadismo: “… se ordena la expulsión del Reino de todos los Egipcianos que anduviesen vagando sin aplicación u oficios conocidos.” La ley exigía que dejaran de ser errantes, que sirvieran a un señor, que desempeñasen un oficio y que abandonaran su lengua y sus otras señas de identidad. La persecución no había hecho más que empezar y no tardaron en llegar las acusaciones de robos o hechicería que han creado la imagen negativa que se tiene del pueblo gitano, una imagen que ha perdurado hasta nuestros días. La historia de los gitanos en España demuestra la falsedad de quienes defienden que nuestro país no es racista. Si no lo fue con los negros fue porque no los había, pero siempre olvidamos cómo hemos marginado y estigmatizado a los gitanos y los prejuicios que tenemos en nuestro ADN contra ellos.
El pueblo gitano es canción, vieja música que, venida de un viaje de miles de años y kilómetros, nos habla de camino y herradura, de hogueras en la noche, de guitarra y soledad, de estrellas y noches de luna negra, de hablar con los que ya se fueron y sentir lo que perdimos, de río y silencio, de la nostalgia de un ayer que quizá nunca existió, de los sueños compartidos y del sufrimiento que acompaña su sempiterno caminar. Odjila (alma y canción) es un grupo serbio fundado en 1983 en la antigua Yugoeslavia que se disolvió durante la guerra y volvió a unirse en 2003. Escucharles es aceptar la invitación a subir a cualquiera de los carromatos que han llevado a este pueblo durante siglos a recorrer toda la geografía del mundo y sentarse con ellos a bailar alrededor de un fuego en la intimidad de las noches sin luna.

 

Esta persecución, junto a la explosión de la revolución industrial, hizo que, a finales del siglo XIX, empezase el proceso de sedentarización en nuestras ciudades en lo que fue uno de los momentos más difíciles para el pueblo gitano que renunció a la que había sido una de sus señas de identidad: el nomadismo. Asentados en barrios marginales y pobres, pronto se consolidó otro de los prejuicios que han marcado nuestra forma de ver a los gitanos: la aporofobia, el miedo al “pobre”. Ser pobre y ser gitano han sido sinónimos en el inconsciente colectivo de buena parte de nuestra sociedad. El desconocimiento que los payos tenemos de su cultura y sus tradiciones ha contribuido a que sigamos asociándoles a conductas de marginalidad y delincuencia que hemos extendido a todo el colectivo a pesar de que sean pocos los gitanos que hacen del delito su forma de vida. Ese desconocimiento y los prejuicios ancestrales que tenemos contra ellos nos hacen verles como personas que no son de fiar, que trafican con droga, machistas, vagos, ignorantes… desconociendo, cuando no negando, los enormes valores positivos que tiene la cultura gitana: el respeto a los ancianos, la mediación que hacen entre ellos para resolver sus conflictos, la fuerza de su unión familiar, la solidaridad entre ellos conocida como “guante” que hace que se ayuden unos a otros desinteresadamente, su hospitalidad, el que acojan a sus ancianos y ancianas sin encerrarlos jamás en residencias de tercera edad, el valor que le dan a la palabra por encima de todo lo demás…
Sin duda su cultura es una cultura patriarcal y androcéntrica marcada a fuego por el machismo, pero no mucho más machista que lo era la sociedad paya de hace solo unas cuantas décadas. Hoy son varios los colectivos de mujeres gitanas feministas que luchan por sus derechos y cada vez son más los y las jóvenes que finalizan sus estudios intentando abrir las puertas de su futuro. Dentro del pueblo gitano conviven formas muy diferentes de entender la vida y la sociedad de hoy. Su grado de integración en la sociedad paya también es muy diferente. Lo que más les une es su conciencia de pueblo y el orgullo de su etnia, una conciencia y un orgullo que les ha permitido sobrevivir hasta nuestros días a pesar de los permanentes ataques y amenazas que han sufrido. Una de estas amenazas es el impacto que las redes sociales y las nuevas tecnologías están teniendo sobre ellos: su estructura social piramidal que sitúa en la cúspide a los ancianos, que son quienes median en los conflictos y hacen acatar la ley gitana, se está tambaleando porque las nuevas generaciones no reconocen autoridad a personas que no saben lo que es Facebook o twitter. Eso hace que una generación que fue educada de acuerdo a su tradición para ejercer el poder no tenga con quien hacerlo y que otra generación más joven haya perdido los referentes que podría tener. Quizá situaciones como ésta están empujando al pueblo gitano a tener una orientación cada vez más fuerte hacia la iglesia evangélica, el “culto” que llaman ellos, una iglesia que no se caracteriza precisamente por ser muy progresista y abierta. Este es, sin duda, uno de los retos más importantes a los que se enfrenta hoy la comunidad gitana.
El pueblo gitano siempre ha encontrado en la música la forma de expresar sus sentimientos y de contar lo que le acontece. No en vano ha sido una cultura que ha transmitido sus valores de forma oral, principalmente a través de las mujeres, ya que nunca ha tenido textos escritos que recojan sus leyes o sus costumbres. Su conciencia de pueblo y de clase les está llevando a acercarse y unirse a las demás comunidades gitanas que viven dispersas por todo el planeta. En el primer congreso internacional gitano celebrado en Londres en 1971 aprobaron la bandera y el himno que, por encima de las diferencias que puedan tener, les une a todos. Ese himno se llama “Djelem, djelem” (Anduve, anduve, en lengua romaní) y viene a decir:
“Anduve, anduve por largos caminos.
encontré afortunados romà,
Ay romà ¿de dónde venís
con las tiendas y los niños hambrientos?
¡Ay, romà, Ay muchachos!
También yo tenía una gran familia
fue asesinada por la Legión Negra
hombres y mujeres fueron
descuartizados
entre ellos también niños pequeños
¡Ay romà, Ay muchachos!
Abre, Dios, las negras puertas
que pueda ver dónde está mi gente.
Volveré a recorrer los caminos
y caminaré con afortunados calós
¡Ay romà, Ay muchachos”
¡Arriba, gitanos! Ahora es el momento
Venid conmigo los romà del mundo
la cara morena y los ojos oscuros
me gustan tanto como las uvas negras
¡Ay romà, Ay muchachos!”

 

El grupo de gitanos rusos Loyko que aquí ha interpretado el tema Gulya se formó en homenaje al legendario violinista gitano Loyko Zobar que, hace trescientos años, tocaba el violín de tal manera que, según cuenta la leyenda, hasta los animales del bosque salían para escucharle.

Pocas películas como “Gadjo Dilo”, (El extranjero loco) de Tony Gatlif reflejan la realidad del mundo gitano y su pasión por la música y por la vida. Aquí tienes uno de los temas de su banda sonora, “Nora Luca”.  Tras él tienes el Liuli Liuli de Dimitri Bouzylev que escuchaba Marcello Mastroianni en la película “Ojos negros” de Nikita Mijalkov en los inolvidables planos en los que veía marchar a los gitanos con sus carromatos por el camino y soñaba con su libertad.

Son muchos y graves los problemas a los que se enfrenta hoy el pueblo gitano, algunos nuevos, otros tan viejos como ellos, pero no me cabe duda de que un pueblo que ha sobrevivido durante siglos sin renunciar a su esencia, que no se ha rendido ante la persecución y la marginación, que tiene un dicho popular que dice “cuando te encuentres al final del pozo, deja de cavar” y que saluda con un “Satispen tali” (salud y libertad), sabrá resolverlos.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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