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Fotografías que salvan vidas

el
3 febrero, 2019

Esta semana se ha celebrado la entrega del XXII premio Luis Valtueña, un premio instituido por MÉDICOS DEL MUNDO que a lo largo de sus más de veinte años de vida, se ha consolidado como un referente internacional en la defensa de los derechos humanos y que, en esta edición, ha recibido 386 trabajos de 72 países con un total de 2.650 imágenes. Valtu, a quien recuerda este premio, fue asesinado en Ruanda en 1997 junto a sus compañeros Manuel Madrazo y María Flors Sirera. Mercedes Navarro, también cooperante de MÉDICOS DEL MUNDO y recordada con este premio, lo había sido en Mostar, en Bosnia, en 1995. Ninguno de sus asesinos ha podido ser juzgado.

Vivimos en un mundo en el que ayudar a los que sufren, a los perseguidos, a los nadies, no solo puede costar la vida, como les costó a ellos, sino que ha llegado a ser considerado como un crimen. El bloqueo del barco de Proactiva Open Arms, del Aita Mari o lo que le está pasando a Helena Maleno son buena prueba de ello.

Hasta no hace mucho médicos y enfermeras eran quienes se dedicaban a salvar vidas. Hoy, en el globalizado mundo de la barbarie que hemos permitido que construyan, los fotógrafos también salvan vidas. Lo que no vemos no existe. Los crímenes que no vemos quedan impunes. Las vidas hoy no solo se salvan en una mesa de operaciones sino fotografiando lo que ocurre, siendo testigo de los crímenes que, por acción o por omisión, nos hacen cómplices a todos. La política de fronteras de la Unión Europea está asesinado a miles de personas en el Mediterráneo, personas inocentes cuyo único delito es huir de la guerra o el hambre que nosotros mismos hemos provocado. De nada sirve pensar que la culpa la tienen los políticos: a ellos los elegimos nosotros. De nada creer que son los políticos quienes levantan los muros: Los financiamos con nuestros impuestos.

Que un gobierno como el nuestro haya pasado de acoger al Aquarius a impedir la salida del Open Arms de puerto es algo que nos debería hacer pensar a todos. ¿Cómo es posible que intereses políticos, económicos o de cualquier otra índole estén por encima de los derechos humanos? ¿Cómo es posible que sigamos sentados tranquilamente en nuestro sofá mientras miles de personas están muriendo ante nuestros ojos? ¿Qué más necesitamos para despertar de este letargo criminal con el que hemos permitido que nos callen?

El pueblo alemán se escudó en la excusa de que no sabía lo que pasaba en los campos de concentración. Hoy, con internet, no podemos fingir que no sabemos lo que pasa en nuestra frontera. Por eso premios como el Luis Valtueña son hoy más necesarios que nunca. Son un grito en el desierto de la abyección y la ignominia que se ha apoderado de nuestras vidas. El antes llamado primer mundo, ese norte desnortado en el que vivimos y al que pertenecemos, se blinda construyendo muros para impedir que quienes migran y huyen por salvar sus vidas puedan llegar hasta nosotros. Son muros de piedra o ladrillo, de alambradas y rejas, de concertinas… pero hay un muro mucho más peligroso y asesino que esos: el muro del olvido. Esa es la frontera que los políticos están construyendo en Italia o aquí al impedir que los barcos de salvamento puedan salvar vidas. Es grave, muy grave, que un neofascista como Salvini impida que esos barcos arriben a sus puertos, pero es grave, mucho más grave, que un socialista como Sánchez les impida partir a salvar vidas.

La Unión Europea no puede permitir que nosotros, sus ciudadanos, seamos conscientes de los crímenes que está cometiendo. Por eso no quiere testigos. A las cada vez más crecientes trabas y dificultades que ha ido imponiendo a los barcos de diferentes ONGs que operaban en el Mediterráneo salvando vidas, le acompaña el apagón informativo que impide que nos enteremos de lo que está pasando. Nuestro gobierno está protagonizando el juego más sucio y criminal que ha jugado nuestro país en la política de fronteras en sus cuarenta años de democracia. Hay que ir con mucho cuidado con estos políticos diestros en la mentira y la ocultación de la verdad que son capaces de llenar las portadas de nuestros diarios con grandilocuentes noticias sobre el fin de las concertinas en las vallas de nuestras fronteras mientras pagan a Marruecos para que las ponga en las suyas. Guiados por la ceguera de los intereses electorales y presionados por políticos sin escrúpulos como Casado, Rivera o Abascal, están acelerando la firma de convenios de ayuda internacional con los países de origen o tránsito de migrantes para impedir que puedan llegar a nuestras costas. Guiados por esa misma ceguera están presionando a la Unión Europea para que pague cuantiosas sumas de dinero a Marruecos para que endurezca su control fronterizo. Cegados por su falta de conciencia y de valores humanos intentan hacernos creer que Libia, ese infierno que hemos creado desde Occidente y cuyas llamas alimentamos con generosas ayudas económicas que financian la barbarie, los campos de concentración, la venta de personas, la violación, la tortura y los asesinatos, es un puerto seguro para todas esas personas que son rescatadas en el Mediterráneo central. Un demoledor informe de ACNUR denuncia que más del 46% de las personas rescatadas en el mar en los primeros meses de 2018 fueron devueltas a Libia, pero que la cifra en los últimos meses, coincidiendo con el bloqueo de puertos europeos y la persecución a los barcos de las ONGs, asciende ya a más del 85%. Por activa y por pasiva, en todos los medios de comunicación que controlan, nos repiten el mensaje de que las personas migrantes quieren llegar a Europa. Mentira. Criminal mentira. Lo que quieren es huir del horror que hemos creado y financiado en sus países de origen y, sobre todo, de esa Libia de hoy que pasará a los libros de Historia como nuestro Auschwitz. Que los cadáveres de hombres, mujeres y niños arriben a nuestras costas puede hacerles perder votos. Si no los vemos, si aparecen en playas libias o mejor aún, si desaparecen abandonados en el desierto sin agua ni comida, nuestros políticos se enfrentarán más seguros a las próximas elecciones. Que solo una diputada de Podemos haya decidido votar negativamente a todas las propuestas que presente el gobierno del PSOE en el Parlamento hasta que permita que el Open Arms y el Aita Mari zarpen de puerto, que nadie más, ni siquiera sus propios compañeros de partido, la hayan seguido, nos indica lo bajo que han caído nuestros políticos. Nuestros votos están manchados de sangre.

Por eso el trabajo de Juan Medina, César Dezfuli, Carmen Sayago e Ignacio Marín, ganador y finalistas de la edición de este año del premio Luis Valtueña, como el de tantas y tantos otros que se juegan la vida para dar testimonio de la injusticia y la barbarie allá donde se producen, es más necesario que nunca. Sus imágenes son gritos contra la guerra, la injusticia y el hambre, sus fotografías son espejos en los que vemos reflejado nuestro egoísmo y nuestra indiferencia. Son sus fotos las que ponen cara, nombre y apellidos a quienes sufren, las que les convierten en personas en lugar de fríos números o adjetivos, las que pueden derribar ese muro de silencio y olvido que a quienes ha encerrado en realidad no es a quienes están fuera, sino a nosotros y a nuestra conciencia.

Gracias, de corazón, por no haber claudicado, por seguir en primera línea, por estar ahí donde más os necesitan, por estar aquí donde más os necesitamos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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