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“El Faro”, de “Hablar por hablar” a amar por hablar

El Faro, el nuevo programa de radio en las madrugadas de la Cadena Ser, es una de esas maravillosas sorpresas que, a veces, te da la vida. Para los insomnes sin remedio escuchar un programa como este es encontrar abrigo para la soledad y cobijo para esas horas sin tiempo que habitan la noche. La cálida voz de Mara Torres, su directora y presentadora, acude cada noche puntual a su cita con quienes abrimos los ojos a la oscuridad. Proponer un tema concreto para cada noche es uno de sus mayores aciertos porque hace que las intervenciones de los oyentes tejan ese abrigo historia tras historia para recordarte que no estás solo, que personas a las que ni conoces sienten y se emocionan como tú. La radio siempre ha tenido ese algo personal que la hace tan especial, tan nuestra, y la de madrugada, además, crea una atmósfera de intimidad imposible de intuir siquiera para otros medios de comunicación. Nada tan evocador como una suave voz en la noche.

El primer programa me pilló en México, perdido en un pequeño pueblo de la Baja California, rodando una película. El tema propuesto, no podía ser de otra manera, fue el de los faros. Fueron muchos los que los oyentes encendieron aquella noche. Escuchándoles vino a mi mente la imagen de los fueguitos de Galeano, esos diminutos fueguitos que se encienden cada noche con más o menos brillo, fueguitos de todos los colores, fueguitos que nos iluminan, fueguitos que se apagan sin siquiera haber brillado un solo instante, fueguitos que calientan a quien se acerca, que marcan el rumbo a quienes están lejos… Justo aquel día había ido a un pequeño pueblo de pescadores a orillas del Pacífico a comer con otros actores. El pueblo estaba en Punta Abreojos, toda una premonición. Y lo más sorprendente es que allí hay un faro que no está junto al mar sino cinco kilómetros tierra adentro, en el desierto de Vizcaíno, perdido a medio camino entre la nada y ninguna parte. Lo habían construido precisamente allí porque era la única loma que se eleva sobre la interminable planicie de aquellas tierras, la única que podrían divisar los navegantes que surcaran aquella costa.

Con sus fogonazos “El Faro” de Mara Torres ilumina nuestra memoria. Uno a uno, venidos de ese espacio sin lugar ni tiempo que llamamos memoria, los recuerdos acuden cada noche haciéndonos revivir sensaciones que creíamos ya perdidas. Se establece un profundo diálogo entre esa voz que escuchas junto a ti y la que te habla desde lo más hondo de tu alma. Quizá haya para quien eso no sea un diálogo, pero no encuentro forma mejor de expresarlo ya que son dos las voces que hablan, que se comunican, que se buscan, dos voces que comparten todas esas pequeñas cosas que hacen de la vida algo tan grande.

“El Faro” tiene otra vertiente que lo convierte en único: la de mirar un tema concreto desde ópticas y posiciones totalmente diferentes. No solo reparte equitativamente su tiempo entre los “especialistas” del tema y los oyentes, siempre impredecibles y capaces de sorprender, sino que, escuchando las notas de voz que dejan los oyentes o sus intervenciones en directo, te das cuenta de que ese tema del que creías saberlo todo se puede mirar desde lugares muy lejanos a los que conoces, desde perspectivas totalmente ajenas a ti, perspectivas que te enriquecen y te abren horizontes nuevos e inexplorados, horizontes donde la imaginación y la poesía, siempre la poesía, te tienden su mano para que abras tus propias puertas interiores, esas puertas que nunca pensaste abrir o que ni siquiera sabías que estaban allí, esperándote. Puede que la verdad no exista o que no sea más que un conjunto de verdades diferentes, quizá la realidad tampoco exista y lo que existe son tantas realidades diferentes como miradas o puntos de vista. Sí, a veces conviene apartarnos de nuestra zona de confort, de nuestras convicciones, prejuicios o creencias y atrevernos a mirar la realidad a la luz de esa nueva mirada, de ese faro que alguien a quien ni conoces ha encendido para ti.

Recuerdo que una de las noches el tema propuesto fue el tren. Escuchando a Mara y al sinfín de fareros y fareras que construyen ese faro al compartir sus experiencias y sus vivencias, fueron muchos los recuerdos que despertaron de su sueño. Uno de ellos lo viví hace unos años en India, en uno de esos maravillosamente destartalados trenes que me llevaba de Nueva Delhi a Pathankot, junto a Cachemira. Son trenes surrealistas donde todo puede pasar. Nunca olvidaré la imagen del revisor del tren sentado alegremente en el suelo del pasillo junto a tres pasajeros jugando apasionadamente a las cartas. La expresión de sus caras y el espeso humo de sus cigarrillos me transportó a los tiempos en que vivíamos en blanco y negro. Tras una fascinante noche plagada de quimeras y aventuras, el sol empezó a salir por nuestra derecha. El azul de una suave niebla cubría los campos. El lento e invariable traqueteo de aquel desvencijado tren sonaba a profundo tam tam anunciando ancestrales proezas. De repente, atravesamos una plantación de té. Todos los verdes estaban allí cuando, a lo lejos, vi aparecer la figura de una mujer atravesando aquel inmenso campo. Caminaba sola, con la sabiduría de los que no tienen prisa. El precioso fucsia de su shari resplandecía sobre el mar verde. ¡Había tanta serenidad y belleza en aquella imagen! Que aquellos trenes viajen a una velocidad que resultaría una provocación en nuestros lares me permitió gozar de la visión durante largos minutos, los mismos que volví a revivirla al dejarme iluminar por este Faro de Mara que, invitándonos a soñar y a compartir nuestros sueños, abana nuestras noches de insomnio.

Otro de los indudables aciertos del programa es traer en directo a un invitado o invitada, el gatopardo, a quien Mara entrevista sin decirnos su nombre hasta mediada la conversación para que podamos disfrutarla libres de prejuicios o etiquetas. El grado de intimidad que se crea te hace sentir, al escucharlo, que formas parte de una conversación que tiene lugar en el salón de tu propia casa. No hay escudo ni piel de cebolla tras la que los invitados quieran esconderse. Han ido allí a desnudarse, a compartir, a mostrarse como son a esa luz de un faro que nos ilumina a todos.

La charla que la otra noche tuvieron Mara y Gemma Nierga muestra lo mucho que puede llegar a iluminar este Faro. Ambas son hijas de la radio, a las dos las amamantó el programa “Hablar por hablar” que la propia Gemma había creado a principios de los noventa. La historia de Gemma es la historia reciente de la radio. Por causas por nadie explicadas pero por todos intuidas, Gemma fue despedida de la SER hace algo más de un año en una decisión que nos dolió a todos los que amamos el milagro de la radio, ese milagro que hace que una voz, una simple voz, pueda llevarte allí donde viven los sueños. Desde entonces ella no había vuelto a pisar la cadena donde había trabajado durante más de treinta años. Pocas muestras de generosidad, empatía y amor por la radio como la charla entre estas dos mujeres que rezuman sensibilidad y humanidad por los cuatro costados. Que esa charla en la que se abordó sin remedos ni tapujos el despido de Gemma y cómo le afectó a nivel personal tuviera precisamente lugar en la cadena SER dice mucho en favor de esa cadena. Que ellas la tuvieran a esa hora mágica en la que las dos habían compartido tantas cosas con los oyentes dice aún más sobre la grandeza de sus corazones. Escuchándolas tuve la impresión de que existe un profundo lazo entre ese “Hablar por hablar” que creó Gemma y este “El Faro” que ha creado Mara, un lazo que es el amor que sienten por la palabra, por la radio, por saber escuchar, por la noche, por su silencio, por el arte de crear y el placer de compartir, un lazo que acerca y une a quienes saben que la palabra es el camino que permite que conocer y amar, porque solo se puede amar lo que se conoce, un irrompible lazo invisible que bien podría llamarse “Amar por hablar”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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