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Cinecicleta, porque el cine también puede ser nuestra Ítaca

Hay sueños maravillosos, sueños que dan sentido a lo que hacemos y que, a veces, no son imposibles de convertir en realidad. Solo hace falta entusiasmo, ilusión y coraje para llevarlos a cabo. Eso es lo que hicieron Isabel Segura y Carmelo López, ingeniera ella, maestro él cuando, en 2015, decidieron recorrer África en bicicleta para llevar el cine a las aldeas más recónditas y perdidas del continente. Su viaje, una preciosa aventura poética, les llevó a recorrer más de 18.000 kilómetros en 25 meses por toda la geografía africana. Realizaron un total de 217 proyecciones y, lo más importante, se demostraron y nos demostraron, que hoy, en pleno siglo de oscuridades y sombras, aún es posible compartir nuestros sueños con los demás, llevar el cine allí donde nunca lo han visto, y hacerlo de una forma totalmente autosuficiente ya que la generación de energía para proyectar las películas la hacen los propios espectadores pedaleando por turnos en una bicicleta. Inspirados en las misiones pedagógicas de la segunda república, Isa y Carmelo se embarcaron en un proyecto para el que tuvieron que dejar atrás rutinas o trabajos y aceptar el reto que supone enfrentarte a lo desconocido. Tenían, sobre todo él, experiencia en viajar en bicicleta y planificaron cuidadosamente su viaje, pero mal viaje sería si no hubieran dejado espacio para los imprevistos, para la posibilidad de que ocurra lo impensable. También se y nos demostraron que hoy en día dos blancos pueden recorrer África en bicicleta sin que les acechen todos esos peligros que años y años de ignorancia y eurocentrismo han inoculado en nuestro cerebro. Partieron a la aventura con la idea de dar, de compartir lo que son y ese mundo mágico del cine que llevaban a cuestas y recibieron más, mucho más de lo que habían siquiera podido imaginar. Su proyecto, esa preciosa CINECICLETA capaz de hacernos soñar a todos, ha sido un encuentro con otras gentes y otras culturas, con otros sueños, con otras realidades. Por eso ha sido un viaje lleno de vida, de verdadera vida, esa que no es más que encuentro y su viaje, como el viaje a Itaca de Kavafis, les ha regalado experiencias, emociones y una profunda sabiduría.

Adentrarse por caminos desconocidos con la soledad y el silencio por compañeros es también un profundo viaje interior, un viaje que nos cuestiona y descubre realmente quiénes somos. Ese es el viaje que Isa y Carmelo con su CINECICLETA han hecho durmiendo bajo las estrellas, cobijándose a la sombra de cualquier árbol solitario, compartiendo espacio y comida con las personas que encontraban en su camino, ese camino que, no podía ser de otra manera, les llevaba al Sur a ese Sur que nos llama con tanta fuerza a los desnortados habitantes del Norte.
Lejos de ser la aventura de dos blanquitos caritativos que llevan la cultura y nuestro cine a los pobres negritos de África, la filosofía de CINECICLETA es precisamente la contraria. Se han acercado a esos pueblos, a esas gentes, para conocerlas, para compartir su realidad; lo han hecho sin contaminar ni destruir su medio ambiente, sus costumbres o sus culturas; la propia selección de las películas ha sido cuidadosamente elegida incluyendo desde películas de cine mudo (lenguaje universal ya que en muchas de las aldeas que visitaban no hablaban inglés ni francés), documentales sobre la naturaleza mostrando ballenas o pingüinos a las gentes del desierto, y, sobre todo, cine africano, cine hecho por y para esas personas que les muestra la realidad de otros pueblos próximos o lejanos que se enfrentan a los mismos retos que ellas.
Que una pareja pueda hoy en día vivir su propio sueño dejando atrás el sinsentido de la vida que llevamos confinados en nuestras ciudades y circunstancias es un grito de esperanza para nuestras adormecidas conciencias cegadas por la inmediatez de fin de mes o la inexorable dependencia de recibos, alquileres o hipotecas. Otro mundo existe y otra vida existe. Eso es lo que nos demuestran Carmelo e Isa con su aventura. Verles recorrer esos caminos interminables, esas cuestas que parecen no tener fin perdidas en medio de ninguna parte, es una invitación a la aventura, a que recapacitemos sobre lo que estamos haciendo con nuestras vidas. Como también lo es ver las caras de esos chavalines viendo cine por primera vez, chavalines que ríen y disfrutan con lo que, de niños, también reíamos y disfrutábamos nosotros. Chaplin y su Charlot no saben de fronteras o siglos; la aventura de viajar, de compartir nuestra experiencia con los demás, tampoco. Una de las cosas que más han valorado de su aventura es comprobar la alegría y la generosidad de las personas que han encontrado en su camino. No tener nada no impide poder darlo todo: una sonrisa, una mirada, un baile o una simple canción bajo el brillo de las estrellas son más, mucho más que lo que solemos recibir por nuestros lares. Cuando no tienes nada material que ofrecer es tu corazón lo que das, eres tú mismo lo que entregas a los demás. Puedes hacerlo compartiendo una historia, un vaso de agua, o una sonrisa. Ese lenguaje universal nada sabe de mapas, barreras o muros. Es un lenguaje inherente al ser humano, un lenguaje que nos une, que nos acerca, que nos demuestra que, aquí o allá, todos los seres humanos tenemos los mismos sueños.
África no es un país, ni un continente siquiera, es un mundo, un mundo de diferentes culturas y gentes que pueblan una geografía milenaria sobre la que nosotros, colonizadores europeos, dibujamos fronteras que los habitantes de África jamás entendieron. Como tampoco entienden unas leyes que ellos no han promulgado que permiten que sus riquezas puedan viajar libremente de un país a otro mientras a ellos se les prohíbe hacerlo. Esos pueblos llevan miles de años viajando de una tierra a otra en función de las necesidades que les crea la naturaleza con sus ciclos y sus ritmos. A esas necesidades se han unido la devastación de sus recursos naturales, el hambre y las guerras que nosotros seguimos provocando en su mundo. Por eso esas personas huyen hacia el norte. No es un efecto llamada lo que las mueve, sino un efecto huida. Los que intentan llegar hasta aquí son lo mejor de cada casa, de cada familia, de cada aldea. En ellos cifran todas sus esperanzas de supervivencia. Nuestro egoísmo y nuestra indiferencia lleva siglos haciéndoles la vida imposible. Cuando esas personas no tenían intención alguna de dejar su tierra atrás, los esclavizamos y enviamos en barcos a Europa y a América. Muchos se forraron con aquel negocio amparado por la ley, por nuestra ley. Ahora que necesitan venir aquí para evitar la muerte y que incluso nosotros necesitamos que vengan para asegurar nuestras pensiones, construimos muros que les impiden llegar o los abandonamos deliberada e intencionadamente en el mar para que mueran sin que siquiera lo veamos. Son muchos quienes hoy se están forrando con este negocio amparado por la ley, por nuestra ley.
Y, sin embargo, lo que Isa y Carmelo han constatado en su viaje por catorce países africanos es que esas personas no nos odian. Abren su corazón y sus brazos al extranjero, al extraño, al que no conocen. Y lo hacen desde lo más hondo porque saben que solo somos lo que damos. Sería precioso que una pareja de Gambia, Camerún o Senegal viniese a España en una bicicleta cargada de libros de poetas y escritores africanos, escritores maravillosos en su mayoría absolutamente desconocidos aquí, y que se sentaran con nosotros para que, alrededor de una lámpara alimentada por el pedalear de una bicicleta, nos contaran sus historias y compartieran la experiencia de su viaje con nosotros. Por desgracia eso hoy no sería posible. No les hubiéramos dejado pasar la frontera, les habríamos encerrado en un CIE si hubieran conseguido cruzarla, y no habría aparecido ni un solo voluntario para iluminarles con su pedaleo solidario. Es mucho, tanto lo que nos queda por aprender…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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