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Tiempo después, porque todos somos vendedores de limonada

Estamos en el año 9177, mil arriba o mil abajo. Las cosas no han cambiado. Los ricos siguen ricos y los pobres cada vez más pobres, más parias, más nadies. Los ricos viven al amparo de su riqueza, los pobres abandonados a las manos de un dios manco. Ellos viven en el único edificio que queda en pie, nosotros bajo maderas y cartones. Pero todo parece cambiar cuando uno de nosotros se rebela y decide vender limonada para no estar más en paro. El sistema, el todopoderoso sistema, no lo puede permitir y pergeña cuantas estrategias están a su alcance para impedir que las cosas cambien. Todo está allí. Ellos están allí. Nosotros estamos allí. El rey, el alcalde, la pareja de la guardia civil, el portero, los peluqueros, la jefa de gabinete, los estudiantes rebeldes que jamás se rebelarán, los curas, siempre los curas…y los pobres los millones eternamente pobres que buscan, buscamos, en la limonada el fin de nuestra ancestral hambre. Ese es el universo que Jose Luis Cuerda ha parido esta vez para alertarnos de la desigualdad y el sinsentido de nuestra vida de hoy. Solo su genio, su humor y su afilada ironía podrían diseccionar nuestra sociedad como lo ha hecho en esta magistral “Tiempo después” que recoge el testigo de “Amanece que o es poco” ahora que ya anochece sin remedio. Porque, como él dice, España solo puede ir a peor, a mucho peor.

Pocas veces se ha llevado a la pantalla un análisis tan lucido e imprescindible de nuestra sociedad de hoy, de esa cruel y permanente injusticia en la que nos hallamos perdidos. El guion de Cuerda es de antología. Cada secuencia, cada frase, cada giro, cada personaje, (¡y son más de cuarenta!), cada situación… nos pone frente a un espejo que no permite taparse, un necesario espejo del que es inútil intentar escapar porque no permite huidas. Y ahí, sentados en medio de la sala rodeados de otros miserables vendedores de limonada como nosotros, reímos a carcajadas de lo que les pasa a esos pobres desgraciados que deambulan por la pantalla buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse. Dicen que el humor de Cuerda es surrealista. Gran error. El cine de Cuerda es realismo en estado puro, disección sin anestesia de nuestras propias tripas. Sin duda varias escenas de esta película pasarán a la historia de nuestro cine. Pocas veces se ha filmado algo tan poético como ese rezo del Quijote la noche antes de la batalla.

De la ácida critica de Cuerda no se salva ni Dios. No hay institución que salga indemne. La única esperanza está en la lucidez de la locura que nos empuja a romper con todo esto. El drama, o mejor dicho, la tragedia, es que ricos y pobres somos demasiado cuerdos, demasiado prudentes, demasiado correctos, demasiado alienados, demasiado idiotizados, demasiado cobardes para romper esa cuerda que nos ata a la cordura y nos impide ser libres. Como dice la canción de Sabina que aparece en los títulos de crédito finales, “nunca gana el ganador, siempre pierde el perdedor”, “desde que se ha muerto el mar la vida no tiene sal”, “tiempo después de amanecer la cosa está más negra que antes de ayer”, “se marchitó pronto el limón del limonero de la revolución…” Esa es la realidad que nos rodea, el mundo en que vivimos, el sinsentido que habitamos en esta no vida nuestra en la que perdimos nuestros sueños y naufragaron todas nuestras esperanzas mientras les dejamos a ellos hacerse cada vez más y más ricos, más y más lejanos, más y más inaccesibles. Lo miremos por donde lo miremos, lo neguemos por donde lo neguemos, no somos más que estúpidos vendedores de limonada que competimos con los demás nosotros por ver quién vende más, quién se vende más.

Brutal, inteligente, despiadada y necesaria crítica que el amigo Jose Luis llevaba ocho años intentando llevar al cine. Han tenido que ser los cómicos, siempre los cómicos, quienes hayan encontrado la forma de financiar la película, una película que debería haber producido íntegramente y desde el primer día el ministerio de cultura de cualquier país que se llame a sí mismo democrático y que debería estar en todos los planes de estudio de nuestra querida España. Que las salas estén llenas para ver una película como ésta es un motivo de esperanza, de gran esperanza de que no todo está perdido, aunque quienes las llenemos no seamos más que anónimos y desgraciados vendedores de limonada.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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