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Colter Wall, la voz de las mil vidas

Escuchar la profunda voz de Colter Wall es adentrarte en un mundo de praderas y trenes sin rumbo, de noches bajo las estrellas, de sorbos de whisky en cantinas desoladas perdidas en medio de ninguna parte. Es un contador de historias, de esas historias que nos son cercanas porque, quizá, no somos más que vagabundos que, como él, hacemos de nuestra vida viaje. En sus letras la melancolía se aparea con los retazos de lo que podíamos haber sido, miradas, besos o abrazos surcan sus canciones, todos están allí, los que dimos y calentaron nuestra alma, y los que nunca dimos, esos que no olvidamos y que, de cuando en cuando, hacen arder nuestra memoria. Que haya gente que cante como él nos permite recordar que no estamos solos, que eso que nos habla en las noches de frío y soledad no nos pertenece en exclusiva, que son muchas las personas que, como nosotros, inútilmente buscan su lugar en un mundo que nos lo niega. Es joven, muy joven, solo tiene veintidós años, pero es viejo, muy viejo, todo lo viejo que nos hace la vida sin tiempo en la que nos ha tocado vivir. Parece mentira que a su edad pueda hablar de lo que habla, contarnos esas desgarradas historias de amores rotos y trenes desbocados, de noches sin luna y caminos desiertos, de soñadores y fueras de la ley que nos son tan familiares. Que naciera en un pequeño pueblo canadiense perdido en medio de ninguna parte donde tu futuro era hacer lo que habían hecho tus antepasados le empujó a coger la guitarra y salir al camino. Son muchas y eternas las noches que le han visto componer sus canciones, imaginando historias y soñando mundos ya muertos o acaso aún por nacer. Sus letras hablan de ti y de mí, del brillo de nuestras noches y la oscuridad de nuestros días. Son letras labradas verso a verso en la reseca piel del olvido.

 

No hace mucho, en febrero, su guitarra le trajo por aquí. Ahora se halla inmerso una interminable gira por los Estados Unidos. Si el viento quiere quizá le traiga de nuevo a esta tierra que sabe de lo que habla porque entiende el idioma universal de quienes buscan, de quienes sueñan, de quienes abren su corazón a lo que hay y a lo que pueda venir. Todos vamos en su tren, ese tren de vagabundaje indomable que transita por vías perdidas y estaciones abandonadas, por desolados paisajes de sol y lluvia, por grises praderas donde, alguna vez, crecieron flores. Canciones como las suyas son el abono perfecto para que esas flores vuelvan a florecer, quizá ya no en nuestras desoladas y muertas praderas, pero sí en lo más hondo de nuestro corazón, un corazón que se rebela ante el sinsentido de un mundo que agoniza por falta de sueños e imprudencia, un mundo donde la testosterona es la ley y la estulticia la razón.

 

Cantando sus propias canciones o clásicos del outlaw country, es capaz de hacernos vagar por desiertos paisajes donde solo se escucha la voz del viento, esa sabia voz que todo lo calla porque todo lo sabe. Condensa el universo de las emociones  en apenas tres minutos que nos hablan de esos quijotes solitarios con los que, a diario, nos cruzamos por las calles sin siquiera verlos, de personas a las que han cerrado todas las puertas menos la de las estrellas, de quienes, cada noche, construyen una casa de cartón y sueños en la que aún habita la esperanza. Escuchar a Colter Wall es rebelarnos frente a esa ola de odio y barbarie que todo lo invade, ese océano de intransigencia que a diario ahoga inocentes, esos muros de espinas que crucifican sin piedad a los Cristos que vienen del Sur, esa valla de indiferencia tras la que se esconde nuestro egoísmo asesino. Decían quienes, como Gutrie o Seeger, le precedieron, que sus guitarras mataban fascistas. Hoy es más necesario que nunca que guitarras como aquellas vuelvan a sonar, a sonar hasta derribar los muros, todos los muros.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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