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Joaquín Cosío, poeta de la vida

Ir a México a rodar una película es una experiencia fascinante, pero coincidir en ella con un monstruo de la interpretación y devorador la vida como Joaquín Cosío es uno de esos maravillosos regalos que te hace esta profesión. Todo es humanidad en él, bonhomía tras esa cara de malo malísimo, corazón encerrado en un cuerpo de grandullón desmadejado. Pronto comprendí que iba a pasarlo muy bien compartiendo rodaje y experiencias con este actorazo nacido en Tepic y amamantado y criado en ciudad Juárez. Sus constantes bromas desde su más estoica seriedad, la deliciosa forma de jugar con el doble sentido de las palabras, el agudo comentario siempre a punto y una ironía que jamás desfallece, han hecho de estas semanas que hemos compartido una experiencia inolvidable.

Aunque siempre le atrajo el teatro y pasó veinte años viviéndolo intensamente en compañías amateurs, la vida quiso llevarle por otros derroteros. Tras graduarse en comunicación, ejerció como profesor universitario durante varios años hasta que, por esas sorpresas que, a veces, te da la vida, le llamaron para unirse a un montaje teatral profesional en la capital. No dudó en irse para allá con una maleta llena de sueños. La cosa funcionó y a aquel montaje le siguieron otros más. Fue entonces cuando se enfrentó a la decisión a la que todos los que nos dedicamos a esto tarde o temprano nos enfrentamos: dejar atrás trabajo, confort y rutina para adentrarte en un mundo que solo garantiza incertidumbre, riesgo y aventura. Y, de nuevo, él no lo dudó. Dejó atrás su cómodo puesto de profesor universitario para lanzarse de cabeza a un mundo que cada vez le llamaba con más fuerza. Su enorme talento y la experiencia acumulada en los veinte años que había pasado en los escenarios al salir de su trabajo eran las cartas con las que jugó la partida a todo o nada. Y salió todo. Fue el cine quien le abrió de par en par las puertas de esta profesión en la que el destino, que no el azar, puso a su alcance dos papeles que le convertirían en uno de los actores más queridos y valorados del panorama actoral mejicano: Mascarita (Matando cabos) y Cochiloco (El infierno), en el que da vida a un narco capaz de asesinar sin el menor escrúpulo al tiempo que irradia una ternura que hace que el público empatice con él y le adore. En los poco más de quince años que lleva dedicándose profesionalmente a la interpretación ha trabajado con los directores mejicanos más conocidos y con norteamericanos como Oliver Stone, que le llamó directamente para ofrecerle un papel en su película Savages. La tv tampoco le ha sido esquiva y ahí está su participación en series tan conocidas como Narcos.

La humildad que este hombretón rezuma por todos los poros de su piel se hace palpable cuando recuerda cómo llegó a esta profesión: “Yo no tomé nunca la decisión de ser actor, ni tampoco de ser poeta, he tenido la fortuna de tener una vocación más poderosa que mi propia circunstancia. Vengo de una familia modesta con crisis económicas constantes. En ese contexto yo solo tenía claro que había que estudiar y trabajar desde muy temprano, y mis gustos por la actuación y la poesía eran eso, es decir, yo me concentraba en donde podía y cuando podía para escribir y trabajaba, como todos, después de las jornadas laborales”

Y si como actor es un fuera de serie reconocido por todos que ha ganado premios como el Ariel o la diosa de plata, otra de sus facetas, la de poeta, está a la misma altura, aunque es menos conocida por el gran público. Ha publicado tres libros de poesía (como él reconoce, escribe lento) y una obra de teatro que ganó el premio Nacional de Ciencias y Artes. El maestro Cosío es la encarnación de aquellas sabias palabras que dijo otro poeta imprescindible, Pepe Bergamín: “Existir es pensar, y pensar es comprometerse” Por eso su poesía está inmersa en la realidad que habita, en ese mundo en el que vive y que le vive. Me gustaría que fueran dos de sus poemas recogidos en su último libro (Bala por mí el cordero que me olvida) dedicado a las mujeres de ciudad Juárez los que acaben esta entrada:

TATUAJE O CICATRIZ

Nunca serás de nuevo

nada será otra vez

navegas ya con las velas del náufrago

y sostienes en tu pecho la cruz de lo imposible

de lo que tuviste y se fue

de lo que no volverá

Todo tendrá un poco más de penumbras

pasillo de puertas cerradas

gruesos paños ahogando la luz

habitaciones cuyo umbral no podrás cruzar otra vez

y sólo permaneces cabizbajo

oyendo tras la puerta esos juegos

donde el que ríe agitado y feliz eres tú

LA MUERTA

Cruza la muerta quieta blandamente

la de lánguidas manos abiertas sobre el río

cruza caudales ásperos bajo las losas y los ojos

una flor de pistilos innumerables sueltos cabellos en el golpe de las aguar inquietas

brillos de lodo y otros muertos

brillos de peces sin su cáliz resurrecciones en el silencio real del sordo fluir

y las flores que ensucian el canal rebosante apenas huelen a esta muerta que pasa

Niños que ríen en este marzo de luz tocando diásporas

sobre tus hombros llevas Oh mujer la negra flor de tu pelo que ondula

no ven ya tus ojos el resplandor sino la sucia marejada el mediodía

ciudad cicatrizada que el sol ciego levanta

Millares de espejos cintilan en el caudal pútrido y en el caudal pútrido una muerta pasa

hay ondas contra el cuerpo de la mujer que es sólo miradas en la indiferente pleamar de la acequia

contra la profundidad de las aguas hay una mujer que fue agua justa para mis labios

Oh muerta del cauce impasible para las bestias y la mugre

carne que no te ha visto sobre el cauce donde ahora te pienso otra vez amor insistente

ni oscura ni azul ni amoratada sino viva te pienso

porque aquella que pasa bajo los cimientos está muerta

más aún que esta ciudad que cruza.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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