Cine/Teatro General

El curioso incidente del perro a medianoche

Todos habitamos el mismo mundo, pero nadie lo vive igual. Hombres, mujeres, blancos, negros, bajos, altos… cada persona tiene sus propios condicionantes y su propia manera de ver y vivir el mundo. Tendemos a agruparnos con los nuestros, con los que nos identificamos. Es, quizá, nuestra forma de defendernos de la hostilidad de un mundo cada vez más inhumano. Sentir que pertenecemos a algo, que hay otras personas como nosotros, nos ayuda a afrontar la despersonalización en la que vivimos. Pero hay personas que no tienen esa posibilidad, ese clavo ardiendo al que agarrarse. Viven solas, aisladas en su mundo, un mundo que los demás no podemos entender. Quienes tienen el síndrome de Asperger son personas que tienen dificultades para adaptarse a un mundo que no comprenden. Para estas personas el lenguaje corporal, los dobles sentidos o las metáforas son cosas carentes de significado. Ya desde pequeños se ven envueltos en unos comportamientos que les son ajenos, que no comprenden: chistes, bromas o juegos de palabras son oscuros laberintos en los que se pierden. Y al no reaccionar al chiste, a la broma o al juego de palabras, los demás empiezan a considerarles “raros” y les marginan de sus juegos y aventuras. Poco a poco se van alejando de esa realidad que les niega y se van encerrando cada vez más en un mundo, el suyo, donde no cabe la mentira porque para ellos solo la verdad tiene sentido. Y nuestra sociedad no está preparada para convivir con personas que no mienten, que siempre dicen lo que piensan y solo piensan la verdad. Los “aspies”, como se identifican entre ellos, son espejos andantes en los que nos reflejamos sin posibilidad alguna de ocultarnos. Nos ven como somos porque lo ven todo, no hay detalle por pequeño que sea, que escape a su mirada. El maravilloso montaje de “El curioso incidente del perro a medianoche” que acaba de llegar al teatro Marquina nos habla de Christopher Boone, un “aspi” adolescente, que al decidir investigar quién ha matado al perro de su vecina inicia un viaje apasionante que le hará descubrir un mundo que no conoce, un mundo que hunde sus raíces en la mentira y la conveniencia en la que todos, de una u otra forma, nos hemos acomodado.

Lo que va descubriendo le aleja cada vez más del mundo de las matemáticas que le había cobijado hasta ahora. Si las matemáticas le habían llevado a conocer los misterios y la luz del cosmos, la muerte de aquel perro le llevará a descubrir los claroscuros y las sombras de quienes forman su universo. En su afán de conocer la verdad, lo único que existe para él, emprenderá un viaje solitario que cambiará su vida para siempre, como también cambiará la vida de quienes le rodean y la nuestra que, cómodamente sentados en nuestra butaca y nuestras convicciones, nos vamos a ver irremisiblemente reflejados en ese espejo limpio y claro que es Christopher. Si el objetivo del teatro, del verdadero teatro, es transformar al espectador, sin duda “El curioso incidente del perro a medianoche” lo consigue y con creces. Nadie sale de la sala como entró porque encontrarte con la verdad, mirarla cara a cara, es algo que te llega a lo más profundo del alma y te ayuda a recordar por qué sigues vivo.
Este montaje de “El curioso incidente del perro a medianoche” que nos llega de la mano de Jose Luis Arellano capta y transmite toda la poesía, la belleza y los matices que habitan la novela de Mark Haddon en la que se basa. Su dirección de actores es magistral. El trabajo que ha hecho con todos ellos en los ensayos se ve hasta en los más mínimos detalles de sus interpretaciones. Son diez los intérpretes de este montaje, pero son decenas los personajes que vemos aparecer ante nuestros ojos, a cada cual más creíble porque todos rezuman autenticidad y verdad. La formidable escenografía de Gerardo Vera es capaz de transportarnos al mundo mágico y misterioso de Christopher, un mundo que nos atrapa desde el primer momento con un juego de luces que crea imágenes de las que nos acompañan toda la vida.

Ante nosotros vemos reflejados a través de la inocencia de la mirada de Christopher unos personajes en los que vemos lo mejor y lo peor de lo que llevamos dentro: ese padre empeñado en proteger a su hijo creyendo que cortarle las alas es lo mejor que puede hacer, interpretado de forma magistral por Marcial Álvarez; Mabel del Pozo encarando a esa madre que busca en la huida la salvación al sinsentido de su vida; una Lara Grube que en su papel de terapeuta siempre tiende su mano a Christopher para empujarle a seguir su camino… y un elenco de intérpretes en estado de gracia formado por Carmen Mayordomo, Anabel Maurín, Boré Buika, Eugenio Villota, Eva Egido y Alberto Frías que dan vida a ese sinfín de personajes que nos acompañan en este cuento que, como todos los cuentos, nos lleva allí donde habitan nuestros sueños. Y, frente a todos ellos, sin abandonar ni por un instante a Christopher a pesar de estar en escena durante toda la obra, un colosal Álex Villazán en una interpretación que solo está al alcance de los elegidos. Brutal la verdad que transmite en todo momento, brutal la forma en que deja que su cuerpo nos cuente la verdad que habita y, sobre todo, brutal la ternura que irradia por todos los poros de su piel y que, desde el segundo uno, se adueña del escenario y del patio de butacas. Viendo a Álex dar vida a Christopher no tengo la más mínima duda de que Mark Haddon pensaba en él, no ya sin conocerle sino sin siquiera saber que existía, cuando escribió su novela. Pocas, muy pocas veces he visto en un escenario una identificación tan absoluta entre un actor y su personaje. Pertenece a una generación de jóvenes intérpretes que van a revolucionar nuestro teatro, que le van a dar un revolcón y nos van a dejar boquiabiertos. Y en ella, su nombre brillará con luz propia.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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