Cine/Teatro General

Lehman trilogy, un formidable antes y después de nuestro teatro

Poético, brutal, mágico, bello, inteligente, y, por encima de todo, necesario, el Lehman Trilogy de Sergio Peris-Mencheta marca un antes y un después en nuestro teatro. Peris-Mencheta coge el fabuloso monólogo de Stefano Massini para, ante los ojos de los boquiabiertos espectadores, convertirlo en una caja de sorpresas en la que seis formidables actores dan vida a ciento veinte personajes, cantan y bailan en el escenario, tocan música en directo y nos sumergen en un inolvidable cuento que ha marcado nuestras vidas para siempre: el de la crisis del capitalismo provocada por la caída de Lehman Brothers en 2008. Que alguien pueda mostrar desde un escenario durante tres horas la génesis, desarrollo y caída del capitalismo global cantando y bailando está al alcance de pocos, de muy pocos. Lehman Trilogy es una obra que no se limita a enganchar al espectador, sino que le enamora sin remedio desde el primer momento. Hay tanta belleza en el escenario, en lo que vemos, en lo que intuimos, en lo que escuchamos, que es imposible resistirse a la invitación de Peris-Mencheta de adentrarnos en ese universo teatral que es la vida, nuestra vida. Porque lo que nos cuentan desde el escenario, y nunca la palabra cuentan ha estado mejor empleada, es nuestra propia vida. Nos hablan de sueños y quimeras, de aventuras, de luchas y fracasos, de momentos de lucidez y de terror, de cómo aceptamos lo que nos encontramos cuando cada mañana nos levantamos para ir a trabajar en un mundo que no entendemos ni quiere entendernos.

Ante nuestros atónitos ojos vemos todas esas realidades que nos han contado en las noticias y que han forjado nuestro mundo. Vemos como la ambición y el crecimiento por el crecimiento nos han llevado a la bancarrota de nuestros sueños, como la deshumanización de empresas y seres humanos nos empuja sin remedio a la abyección y el sinsentido de vidas para las que existir es comprar porque nos han convencido de que comprar es no morir. A lo largo de tres generaciones de los Lehman, emigrantes alemanes llegados a la América profunda a mediados del XIX que forjan un imperio, entendemos cómo funciona todo esto, qué es lo que nos ha llevado a la estafa que llamaron crisis y que nos ha arruinado para las próximas tres generaciones. De aquel lejano primer paso de entender que no era necesario producir para ganar dinero porque el dinero, el verdadero dinero, estaba en la compra venta, pasamos sin transición al aprovechamiento de guerras y catástrofes como oportunidades de negocio que lucran a unos pocos mientras arruinan a los más, para llegar a la globalización de la miseria, a la creación de nuevas guerras allí donde no las había y a extender inexorablemente la especulación por la especulación que lleva al sálvese quien pueda en que hemos dejado que conviertan este mundo. Viendo Lehman trilogy entiendes que no eres más que una marioneta de ese teatro de títeres que manejan unos pocos a su antojo haciéndonos creer que somos libres y que somos nosotros quienes tomamos nuestras propias decisiones. Esa es nuestra tragedia: vivir una vida no vivida. ¡Y así nos va!

Pero Lehman Trilogy no te engaña con falsas promesas ni sueños americanos. Viendo esta obra también entiendes que hay gente tan pobre, tan pobre, tan pobre… que solo tiene dinero. Que te cuenten todo esto cantando y bailando, haciéndote reír, empatizando con unos personajes que administran tu propia ruina, solo está al alcance de la creatividad genial de gentes que, como Peris-Mencheta, miran nuestro mundo con una mirada limpia y crítica, una mirada esperanzadora, la mirada de quien no conoce el significado de la palabra rendición. Montajes como este te demuestran que el teatro es un arma no ya cargada de futuro como el bueno de Celaya definía a la poesía, sino de presente, de ese terrorífico y cruel presente que todos podemos y debemos cambiar.

Lehman trilogy transforma el mundo en una caja mágica de la que todo puede salir. La portentosa escenografía de Curt Allen Wilmer capta por completo la esencia de esta historia para convertirnos a nosotros, sempiternos boquiabiertos espectadores, en esos niños que se sientan frente a los magos y titiriteros que les hacen soñar. No puedes apartar los ojos de esa caja circense de la que todo, absolutamente todo, puede aparecer. Sin duda la iluminación de otro genio sin remedio como Juan Gómez-Cornejo juega a ese juego sin palabras que Peris-Mencheta establece con el espectador, un apasionante juego en el que todo es realidad y símbolo, imagen, palabra, música y silencio. Este Lehman Trilogy es una obra de las que no se olvidan, de las que entran para quedarse en lo más hondo y que, pasados los años, te regala imágenes que te acompañarán siempre, como la que representa la Gran Depresión del 29 con la caída a cámara lenta del funambulista que cruzaba el alambre sobre Wall Street, o ese mítico cartel de Lehman Brothers que cae anunciando la estafa que nos hicieron a ti y a mí en 2008.

Como trilero mayor de ese solitario arcano que es la dirección teatral, Peris-Mencheta siempre ha sabido sacar de sus actores lo mejor que llevan dentro. En este caso, en un prodigioso más difícil todavía, ha conseguido unir a músicos y actores transformando ante nuestros ojos a los músicos en espléndidos actores y a los actores en virtuosos de los instrumentos y la voz. Sin duda la música de este montaje de Lehman Trilogy es otro de los grandes aciertos de esta apuesta sin límite que hacen Peris-Mencheta y ese elenco maravilloso e irrepetible que forman Litus Ruiz, Pepe Lorente, Aitor Beltrán, Víctor Clavijo, Darío Paso y Leo Rivera. La química que destilan entre ellos es de las que pocas, muy pocas veces, se alcanza a ver en los escenarios. Todo funciona de forma milimétricamente perfecta. El trabajo de regiduría que hay entre bambalinas bien daría para una función digna del mejor de los escenarios. Deben haber sido innumerables las horas sin tiempo que actores y director que han pasado juntos ensayando, hablando, buscando, ofreciendo, dándose por completo a un proyecto que les ha atrapado a todos sin remisión ni remedio. Hay que ser valiente, muy valiente, para afrontar un reto como este. Ayer, mientras veía la obra, sentí verdadera envidia de esos seis elegidos que dan vida en el escenario a algo tan bello y necesario.

Trabajar en un montaje como este da sentido a haber decidido apostarlo todo por una profesión como la nuestra. Sin embargo, al acabar la obra, lo que sentí por ellos es lástima, lástima de que nunca llegarán a ver lo grande que es lo que están haciendo y a sentir lo que nos hacen sentir. Sí, muchas veces en los conciertos de mi adorado Bruce he sentido lo mismo: envidia por saber qué siente él en el escenario, y pena de que jamás podrá llegar a verse a sí mismo, a sentir todo lo que nos esta dando.

Si alguien puede hacer que te estén hablando tres horas sobre el capitalismo desde un escenario, que no te des ni cuenta de cómo pasa el tiempo y que desees que aquello no se acabe nunca, ese es Sergio Peris-Mencheta, creador de este antes y después de nuestro teatro.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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