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“Quiéreme siempre”

A veces la vida es generosa y te hace regalos cuando menos lo esperas. Son los que más nos alegran. Eso es lo que me ha pasado con “Quiéreme siempre”, el último libro de Nuria Gago. En una de esas esperas sin tiempo en una estación de tren me acerqué al kiosko y, literalmente, me di de bruces con él. He de reconocer que conozco a Nuria como actriz pero no sabía que escribía. Algo en aquel libro me atrajo inmediatamente. Que una mujer joven como ella escribiera sobre amores y desamores entraba dentro de lo esperable, gracias a dios o a la vida nunca dejamos de amar aunque a veces ni siquiera lo sepamos, pero que lo hiciera para hablar de la vejez, de achaques y alzheimeres, es algo que me sorprendió. Bajo el disfraz de una aparente trama sencilla (búsqueda de refugio de mal de amores en personas desconocidas con las que, a priori, nada tenemos que ver) la novela de Nuria nos transporta a un universo que no tardamos en reconocer como nuestro. Los desengaños, sueños, ilusiones y alegrías que acompañan a Lu, su protagonista, nos resultan tremendamente familiares. Reconocemos, sin duda, que también nosotros hemos pasado por ahí, por esa necesidad de soledad, por el desierto de las inseguridades y los miedos, de la incapacidad de contactar con personas que tenemos muy próximas y de la maravillosa experiencia de encontrarnos en otras a las que apenas conocemos. El abismo generacional que separa a la treintañera Lu de Marina, la mujer a la que va a cuidar, se va diluyendo conforme avanzan las páginas para demostrarnos que poco o nada tiene que ver el número de vueltas que pueda haber dado la tierra con la edad que realmente tenemos. Somos lo que soñamos, lo que amamos, lo que nos atrevemos a compartir. Solo envejecen quienes dejan de amar, de dejarse empapar por la vida, de ver el mundo con la mirada del niño y la sonrisa del sabio. Por eso la comunicación que se establece entre las dos es muy profunda, comunicación de palabra y silencio, de mirada y abrazo. A lo largo de la novela vamos viendo como Lu introduce a Marina en el mundo de internet y las series de televisión a la carta al tiempo que se va desnudando emocionalmente buscando ese cobijo que tanto necesitamos. Y Marina tampoco se queda corta enseñando a Lu que las emociones y los sentimientos que nos hacen sentir vivos han sido los mismos desde que empezamos a poblar este planeta. Es en ese mundo que ellas crean donde reconocemos que, además de la familia que nos ha tocado, tenemos la que elegimos cada día.

No es casualidad que la mayor parte de los personajes de “Quiéreme siempre” sean femeninos. Solo desde una mirada femenina se puede compartir lo que ellas sienten. Otro de los personajes centrales de la novela, María esa hermana mayor de Marina que sufre Alzheimer y cada día se aleja más del mundo que la rodea, nos habla de esa desgarradora sensación de impotencia y vacío que nos produce ver como personas a las que amamos profundamente se van a espacios y tiempos a los que no las podemos seguir. Solo la música, infalible llave del alma, consigue traerlas de nuevo a una realidad que es la nuestra pero ya no la de ellas. Aprovechar esos momentos, esos fugaces instantes en los que nuestros mundos vuelven a encontrarse, nos ayuda a seguir en el camino sin perder la esperanza.

Y si “Quiéreme mucho” es un canto a la vida, al encuentro intergeneracional, también es un precioso canto a la amistad, la amistad que Lu mantiene con la parisina Agathe con quien tantos secretos y sueños comparte. Pocas cosas más necesarias hoy que la reivindicación del amor y la amistad como últimos asideros de un mundo que parece empeñado en ignorarnos. Vivimos aquí, sí, pero eso solo le importa a quienes de verdad nos conocen, a quienes deciden acompañarnos en el viaje, siempre corto, que es la vida. Porque así, como quien no quiere la cosa, Nuria nos dice a través de sus personajes que de nada sirve encerrarse en sí mismo o lamerse las heridas, sino que solo abriéndonos a los demás, dándonos por completo, encontraremos la fuerza necesaria para levantarnos de nuevo y volver a andar.

El agua y el vino también son, a su manera, protagonistas de esta historia. El vino con el que celebramos nuestras alegrías y tratamos de olvidar nuestras penas; el agua en la que nadamos dejando que nuestro cuerpo fluya en una perfecta armonía que no necesita palabras para decirnos lo que siente cada poro de nuestra piel, esa agua que resbala por nuestro cuerpo regalándonos la inmensa sensación de estar vivos.

Otro de los grandes aciertos de la novela está en la forma en la que se describe lo que experimentamos cuando nuestros sentimientos se pierden en el laberinto de la vida. Queremos lo que no tenemos, amamos lo que perdimos, inútilmente buscamos en otros aquello que nos hizo sentir bien. Y es un gran acierto porque nos recuerda que lo importante es amar, que solo cuando amamos nos sentimos plenos y libres. Puede que el mundo sea de quienes prefieren ser amados a amar, pero la vida, el maravilloso milagro de saberse y sentirse vivo, está reservado a quienes aman.

Leyendo sus páginas he entendido que, igual que el agua hace crecer a los árboles, son las lágrimas las que nos hacen crecer. La sensibilidad con la que Nuria afronta las situaciones por las que hace pasar a sus personajes nos habla de una mujer que ha vivido intensamente, que sabe que a veces toca reír y a veces llorar, y que ha aprendido que la vida no es huida sino viaje, un precioso viaje hacia nosotros mismos al que solo lo que damos a los demás nos puede llevar.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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