Cine/Teatro General

Iphigenia en Vallecas

Puede que el teatro no sea más que el espejo de la vida, ese espejo en el que vemos lo que llevamos dentro, lo que nos hace ser, vivir y soñar. Por eso en el escenario, tras el velo de cualquier mentira, vemos la verdad, lo que hay detrás de cada uno de nosotros, eso que nos habla cuando callamos, que nunca deja de mirarnos y de recordarnos que seguimos aquí, vivos, devorando cada instante que nos queda. Eso es lo que sientes cuando ves a una actriz como María Hervás. Su Iphigenia, una choni de Vallekas, esa poligonera a la que ni ves si alguna vez pasa a tu lado pero que cuando okupa el escenario y se pone frente a ti, mirándote y haciéndote sentir como pocos lo han hecho antes, no puedes dejar de mirar, de dejarte llevar por el más grande o mínimo de sus movimientos, por ese cuerpo que habla, por esa voz que todo lo dice, por ese silencio con el que te abraza. Todo es verdad en ella, en lo que dice y en lo que calla, en lo que crea en ese escenario vacío que es la vida…

El prodigioso texto de Gary Owen parece estar escrito para ella. Es la magia que se produce cuando una actriz lo habita desde su yo más profundo, desde ese a veces intuido no lugar donde nace todo. Sin duda el trabajo de María se basa en una mesa que ella misma ha construido a lo largo de los sueños y los años, una mesa que se sustenta sobre las cuatro sólidas patas sobre las que debe fundarse el trabajo de todo intérprete: sensibilidad, valentía, intuición y generosidad. Hay que tener una sensibilidad exquisita para poder abordar un trabajo como el de su Iphigenia. Meterse en su piel, captar todos sus detalles, sus matices, sus ilusiones perdidas y sus sueños rotos, es algo que solo desde esa sensibilidad puede lograrse. En su mirada, en su voz, en cada uno de sus gestos y silencios nos transmite la realidad de una persona a la que le tocó jugar la partida de la vida con las cartas marcadas y que, consciente de que jamás podrá ganar, se entrega a devorar cada segundo de la existencia que le ha tocado vivir. Tras una aparente dejadez, un pasotismo exacerbado o un egoísmo construido derrota a derrota, esa Iphigenia vallekana nos deja ver a la mujer que hay detrás, a ese espíritu libre que vive en un mundo que no entiende y que no la entiende, a esa mujer que nunca dejará de soñar aunque sabe que le robaron todos los sueños antes incluso de que naciera. Hay que ser valiente, muy valiente, para subirse sola a un escenario a dar vida a un ser como ese, a compartir noventa minutos de la vida de esa mujer que lo ha aprendido todo de sus fracasos. Y María lo hace tirándose a la piscina sin preguntarse si esta noche habrá agua que amortigüe la caída a los infiernos que vive en cada función. Solo las grandes actrices, las más grandes, han comprendido que es en el riesgo, en el atreverse a seguir nuestros impulsos por locos que puedan parecer, donde encontramos la esencia, la verdad del teatro. Ella ha sido capaz de dejar que sea su intuición quien guíe su camino, quien la acompañe en cada representación, en cada frase, en cada pausa, en cada silencio desde el que congela el tiempo. Y, sin duda, el pilar más fuerte sobre el que construye a su Iphigenia es la generosidad de la que nos habla su personaje, esa generosidad que la ha llevado al sacrificio personal que nos puede redimir a los demás, ese sacrificio que ella hace como se deben hacer estas cosas: en silencio, sin algarabías, fotos ni boatos. No se sacrifica para reivindicarse, para exigir lo que en justicia le pertenece, sino que lo hace para salvarnos a los demás, para aportar su callado granito de arena que nos permita seguir sobreviviendo en un mundo que agoniza y que amenaza con llevársenos a todos por delante. Cuando, al final de la obra, después de haber compartido con ella su peregrinar de derrota en derrota, vemos como se cierra el círculo entendemos que son las Iphigenias de este mundo, esas personas con las que a diario nos cruzamos y nunca vemos, las que, con su sacrificio, nos salvan la vida, aunque nosotros, cegados por nuestro egoísmo, jamás lleguemos a enterarnos.

Llevar varios años colaborando en una parroquia vallecana como la San Carlos Borromeo me ha permitido conocer a muchas Iphigenias que lo han sacrificado todo por los demás. Madres contra la droga, madres contra la represión… anónimas Iphigenias que hoy, a sus ochenta años y tras haber perdido a uno o a varios de sus hijos en el camino, siguen reuniéndose cada semana para ver dónde y cómo pueden ayudar. Y lo hacen considerando como sus nuevos hijos a los sin papeles, a los desahuciados de la vida, a todos esos que nuestra sociedad esconde para que no nos demos cuenta de la realidad en que vivimos. La luz de María en el escenario me ha recordado a la que cada día veo en la mirada de esas mujeres a las que la vida les ha enseñado que no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Tuve la suerte de que el día que fui a ver Iphigenia en Vallekas me acompañase una mujer vallecana que ha vivido todos los sueños y todas las batallas. Cuando, al final, con lágrimas en los ojos, me dijo que le parecía imposible que María no fuese vallecana, que no fuese una de ellas, entendí de verdad la grandeza del trabajo que había hecho al regalarnos su Iphigenia y recordé que si seguí la llamada de esta profesión fue porque es una herramienta de transformación social, una herramienta que hace que, al salir de la función, seamos distintos, veamos distinto y actuemos distinto. Gracias, María, por ser verdad, esa verdad que nos hace libres.

Viéndote en el escenario, compartiendo los sueños rotos de tu Iphigenia, no pude dejar de recordar una vieja canción de Enrique Urquijo que habla de quienes nunca ponen remite en las cartas que escriben, de quienes, como él, cayeron en el camino, de quienes ya no están aquí pero siguen entre nosotros, de quienes hoy siguen buscando su lugar por las calles de la vida, de quienes nunca han dejado de soñar y de intentar vivir sus  sueños, de quienes lo apuestan todo a una patera, de quienes sonríen a las bofetadas que les da la vida, de quienes nos miran a los ojos aunque saben que somos ciegos, de quienes nos siguen tendiendo la mano a pesar de haberlo perdido todo, de quienes escriben versos que saben que nadie leerá, de todos esos que te acompañan cada noche en el escenario, María, aunque tú no lo sepas… o sí.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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