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España en el corazón

En estos tiempos de renacer del fascismo en Europa, en estos tiempos de resurgir de banderas victoriosas y balcones rojigualdas, en estos tiempos de patriotas de paraíso fiscal y vergonzosos “A por ellos”, conviene recordar a quienes se lo jugaron todo por este país nuestro, a quienes dieron hasta la vida por defender al legítimo gobierno español de la República sin siquiera conocer nuestra geografía o hablar nuestra lengua. Eran jóvenes, llegaron de todas partes del mundo, vinieron a España a luchar contra el fascismo. Se les conoce como las brigadas internacionales. Ellos, y no estos patriotas de corrupción y bandera, llevaban a España en el corazón. Miles murieron defendiendo la República. Muchos siguen enterrados en nuestros cementerios y en nuestras cunetas. El mundo les recuerda como héroes mientras la mayoría de nosotros ignoramos incluso que existieron. La cruel dictadura cubrió este país durante cuarenta años de permanente lluvia de olvido, esa lluvia que te cala hasta lo más hondo, esa lluvia que te persigue allá donde busques refugio. No se podía hablar de ellos, no estaba permitido recordarles ni mentarles siquiera. Para las hordas fascistas que ganaron nuestra guerra aquellos jóvenes no eran más que peligrosos rojos, masones y asesinos que, como los maquis, nunca existieron. Pero existieron. Claro que existieron. Y fueron muchas las cosas que nos enseñaron. Vinieron a defender la democracia y la libertad, a entregarse a una lucha sin cuartel contra la barbarie, y a hacerlo en una tierra extraña que apenas conocían. Cuando llegaron aquí se integraron con esas gentes que eran capaces de hacer una revolución dentro de una guerra. Fascinados con las colectivizaciones, el poder popular, el apoyo mutuo o la democracia directa con la que tanto habían soñado, no dudaron en dar un paso al frente para luchar contra los fascistas en primera línea. No tardaron en comprobar que la lucha era injusta y terriblemente desigual: a un lado el ejército profesional armado hasta los dientes apoyado por los empresarios, la iglesia, Hitler y Mussolini. Al otro, miles de obreros y campesinos sin formación militar y apenas armados con un viejo fusil para cada tres combatientes. Pese a la desesperada llamada de auxilio del gobierno de la República a las democracias europeas no solo no acudió ninguna en su ayuda sino que, en un atroz y cobarde gesto que marcó para siempre nuestra historia y la de la propia Europa, se negaron a venderle las armas con las que podría haberse defendido.

Tampoco llegó de la lejana norteamérica la ayuda que se necesitaba. Cuando el presidente Roosevelt se dio cuenta del grave error que había cometido al negarse a apoyar a la República ya era tarde, terriblemente tarde. Solo aquel puñado de jóvenes idealistas que habían llegado a estas tierras a luchar por la libertad había entendido que la guerra de España no era más que la primera gran batalla de la segunda guerra mundial, una batalla que fue utilizada por alemanes e italianos para probar las armas y las tácticas con las que se enfrentarían a las democracias europeas apenas tres años después y que causarían millones de muertes.

Acaba de publicarse el libro de Adam Hochschild “España en el corazón” que cuenta la historia de los brigadistas norteamericanos que lucharon en la brigada Abraham Lincoln. Muchos eran blancos, otros negros, algunos ricos, otros pobres, muchos de claro pensamiento de izquierda, otros simplemente de exacerbada humanidad, muchos eran hombres, había más de una mujer. Algunos eran estudiantes, otros obreros, también había poetas entre ellos y profesores, y médicos… Y junto a ellos vinieron jóvenes de todo el mundo. Eran conscientes de que, quizá, aquella guerra, nuestra guerra, era la última oportunidad que había de detener al fascismo. Dejaron atrás amigos, familias y trabajos para venir a luchar a una tierra que ni siquiera conocían. Franco, apoyado por Hitler y Mussolini, fue su encarnizado enemigo. Estos jóvenes visionarios e idealistas vinieron a luchar contra el fascismo antes incluso de que conociésemos lo que era capaz de hacer. Cuando los atroces crímenes de Queipo de Llano en Andalucía o el genocidio de Badajoz estaban empezando a producirse esos jóvenes ya estaban arribando a España. Franco no había asesinado aún a cientos de miles de ciudadanos inocentes, Hitler no había exterminado a seis millones de judíos. Pero aquellos jóvenes ya estaban aquí para advertirnos que todo aquello pasaría y que estábamos a tiempo de evitarlo. Nadie quiso hacerles caso. Cuando los dirigentes europeos se dieron cuenta de la razón que tenían era ya tarde, demasiado tarde. Hoy, cuando el huevo de la serpiente amenaza con volver de nuevo a arrasar nuestro mundo, cuando en lugar de gasear a nuestras víctimas les dejamos ahogarse en el mar, cuando les encerramos en campos de concentración donde las mujeres y los niños son violados y los seres humanos comprados y vendidos, debemos recordar, y más que nunca, lo que esos jóvenes hicieron por nosotros y por la humanidad cuando dieron hasta la vida al grito de “¡No pasarán!” Sin duda estarían hoy aquí, rescatando pateras y derribando muros, recordándonos que aún estamos a tiempo de impedir el nuevo holocausto que ya ha comenzado. Quizá tampoco ganarían esta desigual guerra, pero lo intentarían hasta su último aliento.

Ellos vinieron para mostrarnos que no hay muro ni frontera que puedan encerrar a la libertad y a enseñarnos que cuanto más negra es la noche, más brillan los faros en su oscuridad. Puede que la suya fuera una derrota, sí, pero sin duda la derrota más hermosa y necesaria.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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