Nacido en Vladivostok en 1920, Yul Brynner tuvo una vida de película. Siempre le gustó cultivar el misterio sobre sus orígenes y jugar con los periodistas a contarles mil y una historias antes de que se las inventasen ellos. Lo cierto es que su padre abandonó a la familia cuando era muy pequeño y que su madre se lo llevó a China junto a su hermana. Allí comenzó sus estudios, que interrumpió cuando, en 1932, temiendo el estallido de la guerra entre China y Japón, su madre se trasladó a vivir a París. Nunca fue bueno estudiando y pronto decidió orientar su vida hacia otro lado. Los confesados orígenes gitanos de su madre le inclinaron a aprender a tocar la guitarra y la balalaika y a tocar y cantar con músicos gitanos en los nightclubs de París. Fue allí donde conoció a Jean Cocteau y entró a trabajar en el teatro de los Mathurins. Compaginaba su trabajo como tramoyista y como actor con el de acróbata en el circo de Hiver. Un serio accidente lesionó para siempre su espalda. En 1941 se traslada definitivamente a Estados Unidos para estudiar interpretación con Michael Chejov. En su compañía da sus primeros pasos profesionales. El mundo estaba en guerra y Brynner tomó partido contra los nazis trabajando como locutor de radio en francés para los soldados que luchaban en Europa. Tenía claro que quería orientar su vida hacia el mundo de la interpretación, pero sus marcados rasgos orientales hicieron que le rechazaran en un casting para una película y él siguió trabajando en el teatro hasta que, en 1951, consiguió el papel que cambiaría su vida para siempre: el del rey de Siam en el musical “El rey y yo”

Fue para aquel papel para el que Brynner se rapó la cabeza (no era calvo en la vida real), y adoptó una imagen que ya no le abandonaría nunca. De aquella obra llegó a realizar más de cuatro mil representaciones a lo largo de su vida y fue aquel papel el que le valió el único Oscar que ganó en su carrera.

 

 

Su imagen exótica y su profunda voz le llevaron a encarnar la mayoría de los papeles de personajes orientales que se escribieron en Hollywood: los hermanos Karamazov, el Ramsés de Los diez mandamientos, Taras Bulba, Anastasia… Sin duda fue uno de los actores más conocidos y peculiares de la época dorada de Hollywood. Su papel en películas que se han convertido en clásicos, como Los siete magníficos, nos muestran hasta dónde llegó aquel ruso llegado a los Estados Unidos en plena guerra fría. Cuentan quienes le conocieron que tenía un carácter muy fuerte y seductor. Son innumerables las historias que se cuentan sobre Brynner.

Una de ellas, protagonizada por un Steve McQueen que empezaba a dar sus primeros pasos en el cine, se ha convertido en uno de los ejemplos más conocidos de cómo un actor le roba un plano a otro actor en la pantalla. La escena pertenece a Los siete magníficos y transcurre al principio de la película. McQueen tenía que acompañar a Brynner en un carro hasta el cementerio del pequeño pueblo para dar sepultura a alguien a quien los “malos” se la negaban. McQueen estaba harto de aquel “calvo” al que le daban el caballo más grande y los planos más cortos. En aquella secuencia la cámara estaba colocada en el lado que ocupaba Brynner por lo que su presencia pasaría totalmente inadvertida si no hacía algo para remediarlo. No era tarea fácil pues Brynner estaba en primer plano, totalmente vestido de negro y manejando las riendas del caballo. Además, la veteranía es un grado, Brynner encendía un puro durante la secuencia con lo que atraía para sí la atención del espectador. Pero McQueen no se amilanó y le robó la escena a Brynner de una forma antológica: en su papel de acompañante tenía que proteger a Brynner con una escopeta que tenía que cargar en el trayecto, y no se le ocurrió otra cosa que coger los cartuchos uno a uno y sacudirlos junto a su oreja para comprobar que estaban bien. Jamás en la historia del cine se ha visto forma más estrambótica de cargar una escopeta. Sin duda McQueen consiguió atraer la atención del espectador que se pasó el resto de la secuencia esperando que hiciera algo totalmente inesperado.

Además de la interpretación, otra pasión de Brynner era la fotografía. Dedicó gran parte de su vida a fotografiar a su familia y a sus compañeros de profesión. Son varios los libros que se han publicado con sus fotos. Pero sin duda las que fueron sus grandes pasiones fueron la música y el pueblo gitano, del que se sentía parte inseparable. El 8 de abril de 1971, formó parte del primer congreso mundial del pueblo Rom. En aquel congreso se eligieron el himno y la bandera del pueblo gitano y se estableció ese día como el día internacional del pueblo Rom. Fue elegido presidente honorario de la Unión Romaní cargo que mantuvo hasta su muerte. El pueblo gitano siempre se ha sentido orgulloso de considerar a Brynner como uno de los suyos.

Fumador empedernido, cuentan que de hasta 5 paquetes diarios, nunca pudo dejar aquel vicio que se lo llevaría a la tumba el mismo día que también murió Orson Welles, el diez de octubre de 1985. Pocos meses antes de morir dijo en una entrevista que le gustaría aparecer una vez muerto en un anuncio contra el tabaco. Esta es aquella entrevista y su premonitorio mensaje en una época en la que fumar todavía no estaba mal visto.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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