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Quizá algún día, antes de que sea demasiado tarde…

¿Cómo sobrevivir en un mundo que premia la injusticia, la superficialidad, el sinsentido, el egoísmo, la ambición, la estupidez humana…? ¿Cómo no morir por dentro viendo cómo santificamos la abyección y la barbarie, la cobardía, la idiocia supina, la indiferencia y el vacío de la inmediatez? ¿Quién puede seguir viviendo en un mundo que agoniza y que en sus últimos estertores se está llevando todo por delante? Esa es nuestra realidad, miremos donde miremos: un planeta moribundo, millones de seres humanos condenados a la hambruna, miles de inocentes muriendo asesinados a diario por la avaricia de unos pocos…por eso miramos sin ver, miramos a otro lado o, simplemente, cerramos los ojos ante lo que pasa a nuestro alrededor. Hemos convertido nuestro mundo en un infierno del que no se salva ni dios. La podredumbre que nos rodea lo mancha todo, nos mancha a todos. Nuestros valores se ahogaron hace tiempo en la ciénaga de este estercolero en que vivimos. Desigualdad, violencia, injusticia, inequidad… Abrazados a nuestra ignorancia intentamos sobrevivir pensando que a otros les va peor o comprando el último Iphone. Esa es nuestra desangelada, absurda y rutinaria existencia. En eso hemos permitido que la conviertan. ¿Que cientos de personas mueren ahogadas huyendo de la miseria? Nosotros nos regodeamos con los goles de Cristiano o de Messi; ¿Que millones mueren de hambre, sed o frío en campamentos de refugiados donde los encerramos para que no vengan a nuestras calles? Nosotros celebramos que ganaremos el próximo mundial; ¿Que más de la mitad de la población vive sometida a la injusticia que va desde la desigualdad a la ablación y el asesinato? Nosotros nos autoengañamos con la idea de que aquí no llevan burka. Esa es nuestra realidad, la criminal realidad que permitimos con nuestro silencio. Somos nosotros quienes llevamos puesto el burka, un burka que nos impide ver la realidad y que solo nos permite seguir avanzando en línea recta hasta el siguiente acantilado.

¿Cómo es posible que no nos estemos dando cuenta de lo que está sucediendo a nuestro alrededor? ¿Acaso no nos hemos enterado de que el vicepresidente italiano recién elegido acaba de decir que va a expulsar a 600.000 inmigrantes irregulares y que va a arrasar con excavadoras los campamentos de los gitanos? ¿Acaso no vemos las redadas racistas que hay a diario en nuestras calles? ¿No vemos cómo van recortando nuestros derechos y libertades hora a hora? ¿No somos capaces de ver que nuestras vallas y muros son el origen de la mayor tragedia de la Historia de la humanidad? El Imperio romano sobrevivió durante siglos a la injusticia dando pan y circo a la plebe. A nuestra civilización, heredera de lo peor de aquella, no le hace falta darnos ni el pan, con el circo le basta.

¿Dónde han ido a parar los valores que podían salvarnos? ¿Quién se los ha llevado? ¿Cómo hemos permitido que todo esto pasara? Dominados por la ignorancia y el miedo, pasamos nuestras vidas, que no las vivimos, portando unas enormes orejeras que solo nos dejan ver lo que pasa en la televisión o en las redes sociales. Tenemos tanto miedo a vernos expulsados del sistema, a ser un prescindible más, que no solo tragamos con lo que nos echen sino que criminalizamos a quien se atreve a enfrentarse y denunciar las causas de todo esto. Condenamos a quien osa alzar la voz contra la injusticia, a quien se rebela, a quien se atreve a hacer lo que los demás no hacemos, a quien se atreve a defender aquello en lo que cree por encima de su propia seguridad y conveniencia. Y le condenamos al olvido y a la marginación, al insulto, al oprobio y la vergüenza mientras premiamos y ensalzamos a quienes pudiendo gritar callan, pudiendo ser oídos no dicen nada y pudiendo ayudar a los demás, miran a otro lado.

Que la peor de las barbaries está renaciendo de nuevo en Europa es un hecho incuestionable. Lo vemos aquí, en Italia, en Dinamarca, en Francia, en Hungría… Nuestra actual Europa nació de las ruinas de la que la antecedió y que fue destrozada por el fanatismo del fascismo. Los muros del odio y la intolerancia que hoy estamos permitiendo que construyan nos están encerrando en aquel fanatismo que se llevó el mundo por delante. Quienes hoy intentan entrar en nuestras casas no son bárbaros, son personas que huyen del horror que nosotros hemos provocado. Quienes hoy suplican asilo y respeto a los derechos humanos no son asesinos, sino víctimas de una injusticia asesina a la que les hemos condenado. ¿De verdad podemos ser tan ilusos como para no darnos cuenta de lo que está pasando? ¿Hasta cuándo podremos mantener esta gran mentira que nubla nuestra conciencia? ¿Cuánto tiempo más podremos seguir mirando a otro lado o aplaudiendo los goles de unos o de otros?

Solo esporádicos destellos como el de las mujeres el 8-M me permiten mantener viva la esperanza, creer que no todo está perdido. Quizá, cuando menos lo esperemos, un movimiento de base lo inundará todo y nos abrirá los ojos, nos apartará de la mentira con la que nos ciegan, nos hará recuperar nuestros sueños y el poder de realizarlos. Quizá, algún día, antes de que sea demasiado tarde, saldremos a la calle a abrazarnos, a compartir lo que somos, a dar todo eso que llevamos dentro…todo eso que puede salvarnos y que tanto miedo les da.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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