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Yonkis de la seguridad

Vivimos en un sistema que nos hace ser esclavos de la ignorancia, prisioneros de la indiferencia y yonkis de la seguridad. Esa es nuestra tragedia, la tragedia del ser humano del siglo XXI: ser esclavos que se creen libres a los que el miedo y la ignorancia impiden rebelarse. Vivimos aislados en nuestras soledades, encerrados en cárceles de papel disfrazadas de nóminas o hipotecas, prisioneros de una indiferencia atroz por invencible que hace que nos resulten extremadamente lejanas las injusticias o las preocupaciones de los demás, y, sobre todo, vivimos buscando ansiosamente la dosis diaria de seguridad que necesitamos y que, desde pequeños, nos han inculcado que papá Estado es capaz de proporcionarnos. Solo así se entiende que permanezcamos impotentes y rendidos a todo lo que está pasando, a las miles de muertes anónimas que se cobran las fronteras ante nuestros sumisos ojos, al sufrimiento de millones de personas masacradas por la guerra o el hambre, a la imparable destrucción de un planeta que nos pertenece y del que dependemos… ¿Cómo es posible que no se nos revuelvan las tripas cuando cada día permitimos que los derechos humanos se estén convirtiendo en privilegio de unos pocos en lugar de derecho de todos o que incluso los animales o una simple lata de Coca Cola tengan más derechos que millones de seres humanos? ¿Qué nos ha llevado a esto? ¿Cómo hemos podido permitirlo? ¿Cómo es posible que sigamos permitiéndolo?

Asistimos hoy en día a un generalizado retroceso de nuestros derechos y libertades. Las ideas reaccionarias y totalitarias renacen con una fuerza inusitada por todas partes, Europa está incubando de nuevo el terrible huevo de la serpiente que tanta muerte y destrucción provocó hace solo unas décadas. Aún no han pasado treinta años desde que, entusiasmados, derribamos el muro de Berlín, aquel muro de la vergüenza que, nos decían, era el origen de todos nuestros problemas, un muro que medía 155 kilómetros. Desde entonces hemos construido miles de kilómetros de nuevos muros y vallas para impedir que los refugiados atraviesen nuestras fronteras. Los muros se construyen para dividir, para separar a unos de otros, para enfrentarnos con los “otros”. Toda injusticia se fundamenta en la existencia de esos “otros”, esos terribles desconocidos que causan todos nuestros males y que suponen una amenaza de la que solo papá Estado nos puede salvar. A lo largo de la Historia les hemos llamado de muchas formas: bárbaros, moros, judíos, negros, rojos, terroristas, yihadistas… Bajo uno u otro nombre siempre han sido ese enemigo que amenaza nuestro sistema de vida que, invariablemente, nuestros dirigentes y con ellos nuestros medios de comunicación, nos han hecho considerar el bueno, el demócrata, el que tiene y respeta los valores fundamentales de la civilización. Poco o nada importa que eso no haya sido verdad y que la única y suprema verdad sea la primacía de nuestro androcentrismo y de nuestro eurocentrismo.

Nos han lavado el cerebro desde nuestra más tierna infancia educándonos no para ser personas libres, sino para ser sumisos productores y consumidores compulsivos. Y ese lavado de cerebro se autoalimenta cada día con la manipulación de la que somos objeto por parte de los medios de comunicación; con un sistema judicial cada vez más retrógrado y punitivo; con una ideología neoliberal que se encuentra en el origen de la abyección que estamos viviendo y de la que, sin siquiera darnos cuenta, formamos parte activa; con el predominio de unos valores patriarcales y reaccionarios que cada día nos aíslan y nos desprotegen más; con una publicidad que, por acción o por omisión, crea y alimenta nuestras “necesidades”; con el constante bombardeo de la idea de que solo su sistema es el posible, de que no hay alternativas…

De unos años a esta parte estamos asistiendo a un constante y peligroso retroceso en nuestras libertades. La libertad de expresión es un claro ejemplo: hoy los jueces pueden condenarnos a años de cárcel simplemente por la letra de una canción, hay titiriteros que han pasado días de prisión preventiva por representar una obra de guiñol en carnavales, hoy pueden acusarte de delitos de odio por ofender “sentimientos religiosos”, hoy un cantante puede ser detenido por el contenido de la letra de canciones que lleva más de treinta años cantando… Es grave, gravísimo, el retroceso de derechos y libertades que estamos viviendo, y es grave, mucho más grave, el cobarde silencio con el que lo estamos permitiendo. Esa mezcla de aislamiento, indiferencia, egoísmo, ignorancia y generalizado desplazamiento hacia la derecha de la ideología dominante, es la que está permitiendo que estos atropellos diarios a nuestras libertades se estén produciendo con total impunidad y alevosía. Sí, es grave que amenacen nuestra libertad de expresión, pero mucho más grave es que no se escuchen voces reclamando nuestro derecho a algo mucho más importante: la libertad de pensamiento. Ya nos lo advertía el bueno y añorado José Luis Sampedro.

Una de las armas más poderosas que tienen para controlar nuestra libertad es el miedo. Desde todas las esferas y en todo momento nos lo inculcan por activa y por pasiva: ahí tanto vale recortar el derecho a percibir la prestación por desempleo como desregular el mercado laboral para precarizarlo como jamás se había hecho; tanto vale mantener un sistema legislativo que permite los desahucios como vendernos la idea de que los refugiados e inmigrantes son una amenaza para nuestro trabajo y nuestra seguridad; tanto vale privatizar la cultura como penalizar la educación pública… Nos han convertido en yonkis de la seguridad. Hoy todo nos da miedo: vivimos con miedo a perder nuestro trabajo y con terror a no encontrarlo. La precariedad en la que han convertido el trabajo, algo a lo que, como a la vivienda, todos deberíamos tener derecho, hace que no nos rebelemos, que traguemos con condiciones laborales de puro esclavismo. Por primera vez hemos llegado a un grado tal de perversión del mercado laboral en el que ha aparecido una nueva clase social, el precariado, compuesta por aquellas personas que, aún teniendo uno o incluso varios “trabajos”, pasan hambre y no pueden llegar a fin de mes. Y hemos llegado a otra perversión aún mayor: la de autocensurarnos en redes sociales por miedo a perder ese precarizado trabajo o a no encontrarlo si examinan nuestra biografía digital. Solo así se entiende que ante este atropello al derecho al trabajo quienes salgan hoy a la calle a protestar sean precisamente los jubilados, los que ya no van a trabajar más. Hoy, más que nunca, conviene escuchar a maestros como Eduardo Galeano cuestionarnos lo que está pasando desde la aparente inocencia de un humilde cuento.

Que hayamos llegado al extremo de que se critique públicamente a quien hoy defiende lo que cree por el simple hecho de hacerlo es paradigmático del nivel de estulticia e ignominia al que hemos llegado. Escuchar o leer opiniones, amparadas en la mayoría de las veces en el anonimato, poner a parir a quienes dan un paso al frente para defender todo aquello en lo que creen es realmente descorazonador pero ilustrativo, muy ilustrativo, de lo que está pasando. Cuando escucho a esos sempiternos tertulianos y tertulianas, que de todo enseñan porque de nada saben, opinar alegre e impunemente sobre compañeros de profesión por haber tenido la valentía de dar un paso al frente para denunciar el sinsentido de lo que hoy estamos viviendo, cuando veo a esos poseedores de la verdad infalible y suprema pontificar sobre la mala calidad profesional de estos compañeros y atacarles despiadadamente simplemente por defender sus ideas, cuando veo la mezquindad de su mediocridad gritar su profunda ignorancia y su insuperable mala leche en esas interminables tertulias televisivas, cuando veo que se ganan, y bien, la vida, insultando a quien no piense como ellos, entiendo lo bajo, lo tremendamente bajo, que hemos llegado a caer. Hoy, cuando vivimos tiempos en los que, como canta Rojo Cancionero, los dueños de todo matan el futuro y hacen falta manos que derriben muros, hay que preguntarse, y más que nunca, que cada cual se piense lo que hizo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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