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La otra mirada

En estos tiempos de patriarcados y manadas en los que la cosificación de la mujer es el perfecto caldo de cultivo para la desigualdad de género y el terrorismo machista, es fundamental que aprendamos a quitarnos la venda patriarcal que cubre nuestros ojos, esa venda tejida durante siglos que nos impide ver la realidad. La marginación de la mujer se ha hecho tan cotidiana que, en muchas ocasiones, hemos llegado a dejar de verla. Como muestra un botón: los anuncios de compresas para las pérdidas de orina. Solo hay anuncios para mujeres ¿Qué pasa, los hombres no tenemos problemas de próstata y no existen pañales para nosotros? Por supuesto que tenemos esos problemas y por supuesto que existen esos pañales, pero no los anuncian, y al no anunciarlos la imagen que nos transmiten, por omisión, es que solo las mujeres sufren ese problema. Tenemos este tipo de manipulaciones tan asumido, las vemos tan a menudo, que ya no llaman nuestra atención. Por eso es no ya necesario, sino imprescindible, quitarnos la venda patriarcal de los ojos y aprender a ver la realidad con otra mirada. Y ahí la televisión puede, y debe, hacer mucho. Que una televisión pública de ámbito estatal como TVE emita en prime time una serie feminista como “La otra mirada” es uno de los hitos más importantes que ha dado nuestra televisión en democracia. Que nadie se escandalice: feminismo no es lo contrario de machismo como desde la venda del patriarcado se empeñan interesadamente en hacernos creer. Feminismo es justicia, es equidad, por eso nadie que de verdad defienda los derechos humanos puede considerarse no feminista.

La apuesta de RTVE y Boomerang tv por una serie como “La otra mirada” no es algo fortuito lanzado deprisa y corriendo aprovechando los vientos que corren por nuestras calles desde el 8 de marzo. Todo lo contrario. Es una serie cuidadosamente pensada y planificada que lleva años gestándose. Y eso se nota en su manufactura, en sus detalles, en los medios con los que cuenta, en la riqueza de decorados y exteriores, en su equipo técnico y artístico… Todo en esta serie está concebido con amplitud de miras, no solo temáticas, sino también desde la elección del público objetivo al que se dirige: no es una serie pensada y realizada exclusivamente para nuestro mercado doméstico, sino para su proyección internacional. La calidad de esta serie la hermana con otra de esta productora que marcó un antes y un después en la historia de nuestra televisión: El tiempo entre costuras. Apuestas como esta derriban el cada vez más débil muro que separa el cine de la televisión.

Para mí trabajar en una serie como “La otra mirada” es un verdadero motivo de orgullo. Siento que formo parte de algo importante, de algo a lo que todas las personas que estamos implicadas queremos dar lo mejor que llevamos dentro. He pasado por más de cien series y en pocas, en muy pocas, he encontrado la magia que se respira aquí. Quizá el hecho de que más del 90% del reparto esté compuesto por actrices contribuye a ello. Es algo especial, muy especial, algo que solo he vivido en rodajes donde predominan las mujeres, como en la película “El patio de mi cárcel”, y, sobre todo, en rodajes donde se cuentan historias de mujeres desde la perspectiva de las mujeres.

La historia parece sencilla: Sevilla 1920, incorporación de una nueva profesora con aires vanguardistas a una afamada y tradicional academia de formación de señoritas. Futuro y pasado se enfrentan en ese desigual presente en el que las mujeres tienen que abrirse paso a pesar de la férrea resistencia del patriarcado y del machismo más enraizado. Un cambio generacional al frente de la dirección de la academia propicia que las nuevas ideas entren con fuerza en unas aulas que vivían presas de la tradición. A lo largo de cada capítulo vamos viendo un tema que, desde esa otra mirada que propone la serie, aparece como algo nuevo ante nosotros: feminismo, derecho al voto, sexualidad, igualdad de oportunidades, homosexualidad, acoso, violencia de género… Todos estos temas son tratados con sensibilidad, valentía, respeto y en más de una ocasión con ese imprescindible sentido del humor que ayuda a tragar las más ásperas verdades.

El equipo artístico está formado por actrices muy consolidadas como Macarena García, Cecilia Freire o Patricia López Arnaiz, para la que su papel de Teresa, la nueva profesora, es su primer protagonista, y actrices muy jóvenes como las seis alumnas principales (Begoña Vargas, Carla Campra, Lucía Díez, Elena Gallardo, Paula de la Nieta y Abril Montilla) para las que, en muchos casos, es su primera incursión en el audiovisual. Y, junto a ellas, las portentosas Gloria Muñoz y Ana Wagener dando vida a la anterior directora de la academia y a la profesora que había sido su mano derecha desde que la fundaron. El nivel interpretativo de todas ellas es formidable y da gusto ver cómo se ayudan unas a otras a la hora de crear sus personajes y de hacerles vivir las mil y una vicisitudes por las que les toca pasar. La química que se ha creado entre todas ellas, especialmente entre el grupo de las alumnas, contagia de alegría e ilusión a todo el equipo de la serie. Son ellas las que hacen que ir cada día al rodaje sea una auténtica gozada.

El hecho de que los personajes masculinos de la serie seamos el padre de, el amante de, el hijo de, el marido de o el amigo de, es otro de los grandes aciertos de la serie porque se agradece que nos cuenten historias donde las mujeres son las verdaderas protagonistas y sus personajes no se limitan a ser los secundarios de las vidas de los personajes masculinos. Si el reparto es un acierto, no se quedan atrás la dirección, el guión, el montaje, la puesta en escena, la música, la espléndida fotografía, el trabajazo de vestuario y maquillaje… Sin duda se trata de una de las series de televisión más importantes que se han grabado en este país.

Cada capítulo suele abordar un tema concreto. El cuarto, donde el tema es el de la sexualidad, refleja perfectamente lo que es “La otra mirada” y demuestra por qué es tan necesario que una televisión pública de ámbito estatal emita series como esta en prime time.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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