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De luchas, derrotas y exilios

Ayer tuve la fortuna de presentar el homenaje que cada año rinde la Asociación de descendientes del exilio español a quienes, acabada la guerra, partieron al exilio y siguieron luchando por la justicia y la libertad. Fue un acto humilde, sencillo, hecho desde el corazón en el que, además de los representantes de la Asociación, intervinieron la embajadora de México y el embajador de Francia, dos de los países que más exiliados españoles refugiaron. Este homenaje se celebra cada año en el cementerio de Fuencarral. En aquel lugar que fue escenario de violentos combates durante la batalla de Madrid en los que cayeron muchos jóvenes de las brigadas internacionales que habían venido a defender la República y a luchar contra el fascismo, están los monumentos a los voluntarios soviéticos y a las brigadas internacionales junto al que conmemora la lucha de los españoles exiliados contra el fascismo. Inma Chacón, en uno de los momentos más emotivos del acto, leyó unos poemas de algunos de nuestros poetas muertos en el exilio. Cerró el acto Mauricio Valiente en representación del Ayuntamiento de Madrid. Triste, pero por desgracia no sorprendente, que en un acto como este no hubiera ningún representante del gobierno español. Entre los presentes, además de los embajadores ya comentados, estaban el embajador holandés y representantes de la embajada rusa, pero todo ello no fue suficiente para que nuestro ministerio de Asuntos Exteriores se dignase enviar siquiera un subsecretario. Fue emocionante escuchar en boca de la embajadora mejicana la gran aportación que hicieron nuestros profesores y poetas exiliados al Fondo de Cultura Económica, editorial que se acababa de crear en México para dar a conocer obras escritas en español, como también lo fue escuchar al embajador francés relatar cómo fue la entrada de la “nueve” en París liberándola de los nazis.

Recordar que los primeros en entrar en París fueron los blindados de aquella compañía compuesta en su mayor parte por exiliados españoles y que lo hicieron bajo la bandera republicana y con nombres como “Guadalajara”, “Belchite” o “Teruel” pintados en los costados de sus tanques fue un acto de justicia al tantas veces ninguneado y silenciado papel que los exiliados españoles jugaron en la lucha contra el fascismo.

Poetas como León Felipe, Cernuda o Machado, como tantos otros, tuvieron que partir al exilio. Perderlo todo, tener que abandonar tu mundo para ir a vivir en uno nuevo y totalmente diferente. Renacer de nuevo. Solo quienes se han visto obligados al destierro o al exilio pueden entender lo que puede llegar a doler. Sin embargo, lejos de rendirse, nuestros exiliados siguieron luchando allí donde fueron acogidos. Y lo hicieron como ellos sabían: integrándose en el país y las gentes que les habían abierto sus brazos; compartiendo su querer, su saber y su experiencia; incorporándose a la resistencia o a las tropas regulares que luchaban contra el fascismo… y manteniendo vivo siempre vivo, el recuerdo de la España que fue y que pudo haber sido. Ver que un país como México acogió con amor y entusiasmo a decenas de miles de refugiados españoles y que se negó a reconocer el régimen de Franco hasta que murió el dictador es una lección que hoy, viendo lo que desde la Unión Europea estamos haciendo con las personas que huyen del horror de la guerra o la miseria, no deberíamos olvidar.

En la España de hoy siguen vivas las dos Españas de las que hablaban los poetas, aquellas que, como decía Machado, iban a helarnos el corazón, y estas de soldados y poetas a las que canta León Felipe:

“Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:
Soldado, tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…
Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?”

Presentar este acto me permitió escribir la carta que siempre había querido poder leer a todos los exiliados y exiliadas que tuvieron que abandonar nuestro país para emprender una nueva vida y que lo hicieron con las manos vacías pero con la cabeza alta, manteniendo siempre su dignidad quijotesca frente a la gris mediocridad sanchopanciana que dejaron atrás:

Queridos compañeros y compañeras de lucha y exilio;

Aunque no os pude conocer personalmente, el recuerdo de vuestro ejemplo ha sido un faro constante en mi vida. Y quiero aprovechar esta oportunidad para decíroslo porque ejemplos como el vuestro son hoy más necesarios que nunca. Perdisteis una guerra en la que nunca os vencieron. No fue vuestra la culpa de que mientras Hitler y Mussolini apoyaban abiertamente a Franco, el resto de países europeos decidieran abandonar en la estacada al legítimo gobierno de la República. Contagiados quizá por el ejemplo de aquellos jóvenes que vinieron de todas partes del mundo para luchar contra el fascismo, cuando vuestro ejército perdió la última batalla cruzasteis la frontera para uniros a la lucha contra el nazismo que amenazaba con asolar Europa. Pudieron derrotar a vuestro ejército, pero nunca a vosotros, que seguisteis luchando bajo el estandarte de la libertad en cuantos campos de batalla se pudiera luchar contra el fascismo: la resistencia, las tropas aliadas, los campos de concentración, el lejano exilio latinoamericano… no hubo tiempo ni lugar donde pudieran venceros, porque, incluso en la derrota, tomasteis la decisión de no rendiros jamás, de seguir luchando con balas, bombas, periódicos o abrazos y quien dedica su vida a luchar por la libertad puede que no gane la guerra, pero jamás es vencido.

Estamos hoy aquí para recordaros, para deciros que vuestra lucha no fue en vano, que seguís viviendo en nuestro corazón. Yo, que desciendo de quienes ganaron una guerra que yo quisiera haber perdido, he empezado diciendo que no pude conoceros personalmente, y es cierto, pero también lo es que hoy, en estos tiempos de barbarie y abyección que vuelven a sacar lo peor de esa Europa fortaleza que asesina en sus fronteras, de esa Europa que hoy incuba de nuevo el huevo de la serpiente, veo brillar la luz de vuestra mirada en los ojos de las mujeres que salen a la calle para luchar por sus derechos, de las jóvenes que gritan que no fue abuso sino violación, de los jubilados que nos recuerdan que la lucha continúa porque la revolución es permanente… sí, hoy veo en sus ojos vuestra luz, esa luz que ni en los más duros y grises años ha dejado de guiarnos, esa luz que nos enseña que no hay derrota que nos pueda apartar de la victoria final. Gracias por habernos marcado el camino, por haber estado siempre ahí, en el corazón de quienes os siguieron y de quienes os amaron.

Vuelan abrazos, allí donde estéis

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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