Inocencia, ternura, audacia, tenacidad, lealtad, timidez, curiosidad… esa explosiva mezcla es Félix, el protagonista de la primera serie de tv que ha hecho Cesc Gay. Humor, misterio, amor… todos los géneros están allí, como suelen estarlo en todas sus películas. Es una película de seis horas o seis películas de una hora que te atrapan desde el primer segundo. Magistralmente encarnado por Leonardo Sbaraglia, presente prácticamente en todas las secuencias de la serie, Félix es ese ser anónimo con el que te puedes cruzar por la calle o acodarte a la barra de un bar porque Félix es ese poeta de la vida que todos, de una u otra forma, llevamos dentro. Tiene una mirada limpia, ingenua y poética de la vida, una mirada demasiado bella para poder sobrevivir sin problemas en este mundo que no solo no concibe sino que no perdona que alguien pueda dejarlo todo por amor. Eso es lo que hace Félix desde el minuto uno de la serie: buscar a una mujer china a la que casi no conoce pero de la que se ha enamorado sin remedio. Las vicisitudes y los peligros a los que le llevará su búsqueda hacen que, como espectador, no te puedas levantar del asiento ni un momento. Deliberadamente ambientada en un lugar aislado y cerrado como las montañas andorranas donde todo puede suceder, Félix es una serie que te invita a compartir la aventura de este nuevo Quijote al que acompaña su particular Sancho Panza, el vecino soberbiamente encarnado por ese monstruo de la interpretación que es Pere Arquillué. Las secuencias que comparten Arquillué y Sbaraglia son sencillamente antológicas. Se nota la mano de Cesc Gay en las prodigiosas interpretaciones de un elenco excepcional en el que actores y actrices de la talla de Ana Wagener, Carlos Hipólito, Pedro Casablanc o Ginés García Millán dan vida a una serie de personajes marcados por el misterio pero absolutamente creíbles y reales pese a la aparente irrealidad de muchas de las situaciones por las que hacen pasar al bueno de Félix.

El guion se absolutamente cescgayano, de esos que te llegan al alma y te sacuden sin que apenas te des cuenta. Y si los diálogos son prodigiosos, qué decir de la forma en que los actores los dicen. La sabia labor en la dirección de actores de Cesc Gay unifica el tono interpretativo y hace que estos verdaderos monstruos de la pantalla den todo lo que llevan dentro. Sin duda el hecho de que toda la serie fuera dirigida por Cesc Gay en lugar de los tradicionales equipos de varios directores que se reparten los capítulos ha contribuido a imprimir el toque personal e intransferible que tiene la serie y , qué duda cabe, a ayudar a que Leonardo Sbaraglia haga el magistral trabajo que hace en todas, absolutamente todas, las secuencias. Se nota que entre ellos hay mucha química y una confianza plena del uno en el otro. Mención aparte merece la selección de temas musicales que acompañan la serie encabezada por esa brutal versión acústica del Ain´t no sunshine presente en muchas secuencias, como la esplendorosa fotografía y los efectos especiales que te transportan a la irrealidad del mundo real, ese no lugar donde entiendes lo que pasa por muy extraño que pueda parecer.

Las nuevas plataformas digitales están revolucionando el mundo de la ficción. Movistar lo ha entendido perfectamente y se ha lanzado de cabeza a producir series formidables como Félix, La Zona o La peste entre otras, series que suponen que la ficción española haya pasado a jugar ya definitivamente en la primera división de esta liga que se juega a nivel mundial. Atrás quedan las sempiternas disputas por el share o el minuto de oro. Lo que ahora está en juego no es tener cien mil o doscientos mil espectadores más o uno o dos puntos de share arriba o abajo, sino llegar a cientos de millones de espectadores ávidos de series de calidad en todo el mundo. Y eso está permitiendo que las series cuenten con muchos más medios, que se adapten a los formatos internacionales y que los mejores profesionales del sector contribuyan a romper la barrera que tradicionalmente había separado el cine de la televisión. Es una verdadera revolución lo que estamos viviendo en el mundo del audiovisual, una revolución que permitirá mostrar el inmenso talento que hay en este país tanto a nivel técnico como interpretativo.

Una serie como Félix es un verdadero regalo que nos permite ver cosas hasta ahora impensables en el mundo del cine ya que, con la calidad del cine, vemos en pantalla a actores viviendo sus personajes y dándoles todos los matices de los que son capaces no durante la hora y media o las dos horas que duraba una película tradicional, sino durante seis horas. Ver Félix es respirar Hitchcok mientras los hermanos Cohen te acarician el alma.
El personaje de Félix, antihéroe donde los haya, tiene ese algo que lo hace irresistible: va con la verdad por la vida. Mira, observa, intenta comprender un mundo que no entiende ni le entiende y ama, ama con toda la pasión que un ser humano es capaz de amar… Félix es un náufrago en el mundo digital, un ser entrañable que escribe novelas que sabe que nadie leerá y que sigue anclado en Elton John. Necesita compartir con los suyos todo lo que lleva dentro a pesar de sus heridas y de la timidez y la inseguridad que marcan sus pasos. Y lo hace. Félix vence su timidez, sus miedos y sus heridas para intentar hacer felices a los demás. Esa es su grandeza. Por eso es imposible no amarlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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