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De manadas, jaurías y demás bestias salvajes

Acabamos de ver con estupor, aunque por desgracia no con sorpresa, que tres jueces, dos hombres y una mujer, se han negado a considerar agresión sexual la violación de una chica de dieciocho años por cinco hombres que se hacen llamar a sí mismos “la manada”. Uno de ellos es militar, otro guardia civil. Los cinco la penetraron repetidas veces por boca, vagina y ano; grabaron su “hazaña” en vídeo y la compartieron para dejar constancia de su “heroico” comportamiento; una vez consumada la violación abandonaron a la chica en el portal y le robaron el móvil para que no pudiese pedir ayuda; resuelta su “legítima necesidad de varón”, prosiguieron tranquilamente con su juerga nocturna… Para esos jueces lo ocurrido de madrugada en aquel portal en el que esos cinco animales encerraron a la chica fue simplemente un caso de abuso sexual continuado. ¿La diferencia entre agresión sexual y abuso sexual? El uso de la violencia o la intimidación. Solo si los jueces aprecian que hay violencia o intimidación podrá considerarse agresión ¿Las consecuencias de considerarlo una u otra cosa? Que sean condenados a 9 años de cárcel en lugar de a 20. Es grave, muy grave, que en este país haya jueces en activo que necesiten probar que la víctima de una violación se ha defendido jugándose la vida para considerar que se ha ejercido violencia o intimidación contra ella. Que diga que no quiere no les parece suficiente. Si no hay heridas, huesos rotos o lesiones irreversibles para estos jueces la víctima no opuso resistencia. El mensaje que esta sentencia lanza a los violadores potenciales es muy claro y peligroso: cuanto más asustes a tu víctima menos años de cárcel te caerán si te cogen. Y el que lanza a la víctima no es menos grave: defiéndete hasta jugarte la vida para poder demostrar que han usado la violencia contigo o no denuncies porque los jueces nunca te creerán.

Para estos jueces no es suficiente decir no. Incluso para uno de ellos, que ha emitido su voto particular, lo que vio en los vídeos de lo ocurrido aquella noche no fue más que a cinco hombres y una mujer “practicando actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo”, eso sí en un espacio “cutre”. En base a esta particular interpretación de lo que aparece en el vídeo, ese juez ha pedido la absolución de los cinco salvajes ya que para él la chica incluso “se excitó sexualmente” en aquel portal. Pide, eso sí, que se condene a uno de ellos por haberle robado el móvil. Durante el juicio ese mismo juez es el que le preguntó a la víctima si expresó su negativa a ser violada o si sintió dolor durante la violación. Para este juez las relaciones sexuales de aquella noche fueron consentidas. Consentir, ¿Qué significa eso de consentir? Si nos atenemos a lo que dice la Real Academia Española de la Lengua, consentir es “permitir algo o condescender a que se haga” y, según la misma RAE, “No” es un adverbio que “expresa negación”. Por tanto, que una persona diga que no quiere hacer o que le hagan algo es no permitirlo, pero para este juez como la chica no lo gritaba con todas sus fuerzas y además no pegaba con saña a las cinco bestias salvajes que tenía encima, hubo consentimiento. No ha creído ni una sola palabra de la chica cuando ha afirmado que se quedó sin poder reaccionar al ver lo que le pasaba y que el miedo la paralizó. Para este juez y para muchas personas, la actitud de la chica, su forma de vestir, de comportarse, de divertirse y su forma de vida anterior y posterior a la violación son hechos fundamentales para dictar sentencia en un sentido o en otro. Que una chica salga sola, que lleve un tipo de ropa u otro, que tenga ganas de divertirse o que beba unas cervezas de más es causa más que suficiente en nuestra sociedad para considerar que ella es la culpable de todo lo que le pueda ocurrir: “Es una provocadora”, “ella se lo ha buscado”, “no se puede ir así por la vida…” Todos los tópicos androcéntricos, machistas y patriarcales están presentes en una gran parte de nuestra sociedad, como todos los tópicos androcéntricos, machistas y patriarcales se hallan presentes en el voto particular que ha emitido este “ilustre” magistrado, que debería ser apartado de la carrera judicial sin esperar ni un segundo ni una víctima más.

Este caso tiene que llevarnos a una profunda reflexión sobre lo que está pasando en la justicia española con el tema de género. Ciertamente nuestra justicia tiene muchas asignaturas pendientes y ha dejado claro que no es igual para todos, pero el tema de género, sin duda, es uno de los más sangrantes e inmediatos que debe resolver. Nuestras leyes están desfasadas en temas de género e igualdad, y eso hace que delitos como este, que normalmente se cometen en la intimidad y en ausencia de testigos, sean difíciles de juzgar porque el testimonio de la víctima pasa a ser prueba fundamental. En España tres mujeres son violadas cada día. Las que lo denuncian son muchas menos por temor a enfrentarse de nuevo a su dolor y revivirlo, y porque saben que es difícil, muy difícil, que los jueces dicten sentencias justas. El caso de “la manada” no es una excepción, sino un ejemplo más de lo que a diario ocurre en nuestros tribunales. Algo hay que cambiar urgentemente en nuestra administración de justicia cuando la recomendación que hace la policía a las víctimas de cualquier delito de robo es que no se resistan y dejen que el ladrón se lleve lo que quiera sin poner en riesgo su vida y en cambio nuestros jueces exigen a las mujeres víctimas de una agresión sexual que se defiendan ostensiblemente para poder probar que ha existido violencia.

A raíz de este caso, Amnistía Internacional señala que a día de hoy tan sólo nueve de los 33 países europeos “reconocen que el sexo sin consentimiento es violación. La ausencia de reconocimiento legal de que las relaciones sexuales sin consentimiento constituyen violación, fomenta la idea de que recae en las mujeres la responsabilidad de protegerse de la violación” Y en cuanto al consentimiento, teniendo en cuenta que muchas violaciones se producen dentro de la misma relación de pareja, deberíamos dejar bien claro en nuestra interpretación que más que “no es no” solo “sí es sí”.

Marisa Fernández, responsable de igualdad de Dones Juristas, señala oportunamente que el problema no solo es de las leyes, sino de la interpretación que jueces y juezas hacen de ellas: “Tal vez sea necesario hacer algunos ajustes en las leyes o en el Código Penal, pero no me parece lo fundamental. Lo que sí habría que hacer es revisar y reformar las instituciones de justicia. No me interesa tanto la ley en su literalidad, como la capacidad de interpretar una justicia dúctil, que no tenga el androcentrismo y el machismo como centro de actuación. Y para esto es imprescindible formar en igualdad y en la diferencia. Es necesario deconstruir este sistema en el que el centro sigue siendo esta presunta neutralidad, que es falsa e inexistente, y en el que el centro sigue siendo el hombre, como medida de todas las cosas”

Hace más de treinta años Jodie Foster ganó el Oscar por su interpretación de una mujer que había sido violada por un grupo de hombres en un bar en la película “Acusados” (The accused). El sistema, nuestra sociedad, la culpaba a ella por haberles “provocado” al ir ligera de ropa y bailar borracha. Basada en un caso real, aquella mujer fue violada sobre una máquina recreativa por tres hombres mientras otros muchos les jaleaban e incitaban a hacerlo con más fuerza. Ya entonces la película defendía que “no es no” y que una mujer tiene el mismo derecho que un hombre a vivir su vida como quiera y que si a ellos no se les prejuzga ni criminaliza por salir solos, llevar ropa “provocativa” o por haber bebido unas cervezas de más, nadie puede culpar a una mujer por hacerlo. Es toda la sociedad la que es juzgada en esa película ya que no solo son juzgados los tres violadores, sino todos los que, viendo la violación, no hicieron nada por evitarla. Y eso es lo que sigue pasando hoy: que el patriarcado, el machismo y el androcentrismo están tan consolidados en nuestra sociedad que nos ciegan y nos impiden ver la permanente violación que se hace de muchos derechos de las mujeres. Por eso películas como “Acusados” deberían ser de visión obligatoria y urgente no solo en colegios, universidades e institutos, sino en las salas de todos nuestros tribunales. El caso de “la manada” debe hacernos reflexionar sobre lo que está pasando a nuestro alrededor donde a diario nos cruzamos con bestias salvajes capaces de actuar en solitario o en manada, y con un corporativismo y una alarmante falta de formación de nuestros jueces que les hace actuar como si fueran una jauría. Solo una completa y adecuada educación en igualdad y en la diferencia nos permitirá acabar de una vez por todas con las manadas, las jaurías y demás bestias salvajes.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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