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La grandeza del teatro sin papeles

No es que crean en el teatro como instrumento de transformación social, es que lo viven, y lo hacen como se deben hacer estas cosas, con toda la pasión. Suben al escenario para denunciar, desde la verdad más absoluta, la realidad en la que viven en nuestro país. Nos muestran su viaje, lo que tuvieron que pasar hasta llegar aquí, nos hablan de sus sueños y también de lo que han dejado atrás. Son jóvenes llenos de vida y de ilusiones que en sus espaldas portan el dolor del que ha tenido que partir y la angustia del que se sabe solo. En el escenario no hacen más que lo hacen en la vida: transformar el dolor en belleza. Han visto a compañeros caer, han mirado a la muerte a la cara, y no se han rendido. Han seguido adelante, siempre adelante. Saben que de lo que hagan hoy depende su futuro y el presente de la familia que han dejado atrás. Ven como, una a una, les van cerrando todas las puertas tras una ley de extranjería que no es más que un laberinto diseñado para que no puedan encontrar la salida, y también sufren nuestro recelo hacia ellos, sienten que les tememos, ven que nos sentamos en asiento más alejado del que ocupan ellos… Están llenos de vida, son fuertes, nobles, dignos, bellos…pero no les vemos así, en realidad no les vemos, y cuando lo hacemos solo les vemos como negros, como diferentes, porque esa es la etiqueta en la que les encasillamos.

Y eso es lo que este grupo de teatro, TEATRO SIN PAPELES, denuncia al subir al escenario. Denuncian nuestro racismo, declarado unas veces y enmascarado las más, nuestra falta de solidaridad y empatía, las trabas que nuestro sistema les pone para poder integrarse y trabajar aquí, el paternalismo con el que les tratamos o la criminal indiferencia desde la que vivimos su realidad. El sábado pasado tuve la fortuna de verles actuar. Dirigidos por Moisés Mato, uno de los artistas más comprometidos de este país que ha hecho del teatro y de su vida un acto de resistencia, este grupo de jóvenes escenificó, desde un fino sentido del humor y la sutilidad más deliciosa, todas esas situaciones cotidianas a las que se enfrentan. Y nos vimos reflejados, ¡Vaya si nos vimos reflejados! Porque el teatro, el verdadero teatro, no es más que un espejo ante el que nos vemos, un espejo de almas que no permite trampa ni cartón.

No son actores profesionales ni pretenden serlo, son personas como tú y como yo que han elegido un camino para defender sus derechos y luchar por lo que es justo. Por eso, cuando al finalizar la representación, se acercan abrazados a proscenio rompiendo la cuarta pared y el muro que separa su realidad de la nuestra una profunda emoción invade el corazón de todas las personas que llenamos la sala.  Nos hablan de su día a día entre nosotros, de esas muestras de racismo a las que se enfrentan cada mañana y que ya ni comentan entre ellos porque han dejado de ser noticia… Es entonces cuando les entendemos, cuando nos ponemos en su lugar, cuando realmente nos damos cuenta de lo ciegos que somos a su realidad. Hablan desde lo más hondo. No hay rencor en sus palabras. En sus ojos brilla la ilusión. Han podido contarnos quiénes son y cómo viven, han compartido sus sueños y esperanzas con nosotros, nos han hablado de su dolor, de lo que han dejado atrás y del camino que aún les queda por recorrer. Y lo han hecho desde el teatro, desde la más pura esencia, un teatro nacido del teatro de la escucha que diluye la sutil barrera que separa realidad de ficción, lo que somos de lo que podemos ser.

El montaje que han representado se llama BOZA, esa palabra donde habitan la magia y la poesía que ellos gritan al cruzar la frontera, al alcanzar su objetivo, al realizar su sueño, al pisar nuestra tierra… esa palabra que expresa la ancestral fuerza que nos empuja a seguir adelante y que ellos nos traen para compartirla con nosotros. En el coloquio posterior que tienen con el público tras las representaciones se produce un fenómeno maravilloso: la necesidad de dar, de compartir, de devolverles todo lo que ellos nos han dado desde el escenario… Es en momentos como ése cuando entiendes que no hay muro, cárcel o frontera que pueda separarnos, que los sentimientos nada saben de leyes o de mapas, que la dignidad atraviesa cuantos mares pongan frente a ella y que no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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