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Khalil Gibran, el hombre al que se le murió su tristeza

Adoro la poesía y la sabiduría de Gibrán. Su profeta fue mi inseparable compañero de viaje durante muchos años, y lo sigue siendo ahora cuando, a veces, me llama desde la estantería. Recuerdo que él decía que la alegría es nuestra tristeza sin máscara. Siempre me sorprendió aquella frase, quizá porque estaba acostumbrado a escuchar la contraria, que la tristeza es nuestra alegría sin máscara. Pero él decía justo lo contrario. Su mensaje era de esperanza, de amor y de esperanza. Para él tristeza y alegría son las dos caras de una misma moneda y poco importa que en la vida nos salga una u otra. Su planteamiento, muy sufí y muy budista también, nos recuerda que todo es transitorio, pasajero y que por eso debemos disfrutar de la felicidad y del placer cuando los tenemos porque tarde o temprano desaparecerán, y a la inversa, ser conscientes de que todo dolor, toda tristeza, también acabará por desaparecer, por lo que no vale la pena amargarnos por él.

A veces creemos que somos esa voz interior que juzga nuestra conducta, nuestros actos, nuestras palabras o nuestros silencios. Suele ser un juez implacable y normalmente a sus juicios nunca asiste un abogado defensor. Por eso el “yo” que mostramos a los demás, nuestro “yo” máscara, actúa siguiendo las inapelables sentencias de ese “yo” juez que llevamos dentro. Y al pensar que nosotros somos realmente ese “yo” juez nos alejamos de la felicidad porque es un “yo” que está siendo permanentemente atacado por todo tipo de impulsos y emociones que no puede, porque no sabe, controlar. Nuestro “yo” máscara puede sentir dolor, pero es nuestro “yo” juez el que nos provoca el sufrimiento, el que nos hace sufrir. Solo cuando nos damos cuenta de que nuestro verdadero “yo”, nuestro ser, nuestra esencia, no es ni el uno ni el otro, sino el que, desde más atrás y mucho más calmado y sereno les observa a los dos en silencio, entendemos de verdad lo que significan la alegría o la tristeza. La tristeza o el dolor no son malos en sí, como tampoco lo es la realidad. Es lo que sentimos en ese “yo” juez, nuestro ego, lo que hace que sean buenas o malas para nosotros. Si no aprendemos a gestionar nuestras emociones seremos esclavos de ellas. Y eso solo lo podemos hacer apartándonos, distanciándonos de nuestro ego, analizándolo todo desde nuestro “yo” verdadero, desde nuestra esencia.

Quizá un par de ejemplos ayuden a explicarlo mejor. Si vamos por la calle y un ciego nos pisa y nos rompe un pie, tendremos mucho dolor por el pie roto, pero no tendremos sufrimiento porque seremos conscientes de que no había intencionalidad alguna en él, nadie quería hacernos daño, nadie nos habrá atacado. Si por el contrario quien nos pisa y nos rompe el pie es un chaval que además se ríe descaradamente de nosotros cuando lo hace, además del dolor por el pie roto, en la mayoría de los casos sufriremos porque estaremos cabreados y llenos de ira todo el día. La realidad es exactamente la misma: el dolor por un pie roto, pero el sufrimiento es totalmente diferente. No podemos cambiar la realidad, pero sí aprender a gestionar cómo nos afecta, a gestionar nuestras emociones. Alguien me contó una vez la historia de dos amigos que van paseando por un parque y, al llegar frente al quiosco, uno de ellos le dice al quiosquero: “Hola Juan, muy buenos días, ¿cómo estás?, dame mi periódico, por favor”, a lo que el quiosquero, hombre taciturno y amargado, contesta con un gruñido mientras le da el periódico. “Muchísimas gracias, Juan, que pases un buen día. Hasta mañana”. Esta vez el quiosquero le ignora totalmente y ni le responde. El amigo, sorprendido, le pregunta que porqué trata tan bien a un cretino como aquel, a lo que le responde: “Porque él no es el dueño de mi alegría”.

Los demás no son los dueños de nuestra alegría o de nuestra tristeza y la tristeza o la alegría son pasajeras y no son más que sensaciones subjetivas, no reales, no son más que la intencionalidad que achacábamos al chaval y no al ciego. En el último encuentro por la paz y la convivencia en Euskal Herria organizado en Madrid por la parroquia de San Carlos Borromeo pudimos ver ejemplos de una grandeza humana impresionantes entre víctimas de ETA y de los GAL. Jamás olvidaré lo que comentó un mediador internacional que, desde el público, tomó la palabra para relatarnos la experiencia que había vivido en un país africano asolado por una guerra civil. Comentó que iba andando por la calle con un joven y que, tras saludar a otro joven con el que se cruzaron, le dijo: “él es quien violó y mató a mi hermana”. Sorprendido aquel mediador le preguntó cómo podía saludarle con esa paz y sin ningún ánimo de odio, y el joven le respondió: “no era él quien lo hizo, fue la guerra” Hay que ser una persona que ha profundizado mucho en el camino de la espiritualidad y del conocimiento de uno mismo para alcanzar esa sabiduría que Gibrán definía desde la humildad que siempre le acompañó: “Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.

Desde esta perspectiva entendemos perfectamente que para Gibran la tristeza también pueda ser una buena compañera de viaje. La tristeza, como la nostalgia o la melancolía, tienen un poder mágico en nosotros. Si aprendemos a convivir con ellas, a no temerlas, a cuidarlas incluso como dice Gibrán que hacía con su tristeza en su poema, pueden darnos inmensas satisfacciones y alegrías, como sin duda han comprobado quienes se han puesto frente a ese paraíso de los solitarios que es una hoja de papel en blanco.

Pocos compañeros para el viaje de la vida como Gibrán. Capaz de hacernos soñar cuando de adolescentes intuimos lo que nos dice, es el paso de los años el que nos enseña todo lo que estaba escrito en aquellas líneas que, desde siempre, llamaron nuestra atención. Cada día que pasa son más las cosas que descubrimos en sus versos. En Gibrán están las derrotas, todas nuestras derrotas, como están también las victorias, porque, como la alegría y la tristeza, victoria y derrota no son más que las dos caras de una misma moneda. Hay belleza en la derrota, y también puede haber fealdad en la victoria, todo depende de lo que seamos capaces de llevar dentro. Quien ha descubierto la belleza difícilmente dejará de verla en todo cuanto le rodea. Quien no la ha llegado siquiera a intuir, seguirá eternamente mirando y quejándose de lo feas que pueden llegar a ser las cosas.

“El profeta” es un libro de cabecera, de esos que deben ir siempre en nuestro bolsillo. Abrir cualquiera de sus páginas al azar es una invitación a descubrir aquello que intuimos que vive en lo más hondo de nosotros. En sus líneas hay espiritualidad cristiana, sabiduría sufí y filosofía budista, porque el pensamiento de Gibrán es ave que nada sabe de jaulas, ave nacida para volar y hacernos volar muy alto, a ese no lugar donde no llegan las nieblas, donde callan los dioses y cantan los poetas. Junto a Sidharta de Herman Hesse, probablemente, fue el libro que más influyó en los jóvenes de la generación beat y del movimiento hippie.

La poesía de Gibrán es ese manantial de aguas tranquilas en el que, si queremos, podemos acercarnos a contemplar nuestro propio reflejo. Veamos lo que veamos cuando nos asomamos a él, siempre reconocemos algo que forma parte de nosotros y que nos ha acompañado desde que entendimos que nosotros también pertenecemos a ese Todo que es el mundo. El paradigma del ellos versus nosotros, del ellos, versus yo, nunca fue cierto. Es la gran mentira sobre la que hemos edificado toda nuestra cultura.

La globalización nos está mostrando cuán equivocado era aquel esquema, pero nuestro miedo a lo desconocido, al “otro, nos está llevando a construir muros y vallas con los que protegernos de lo que, tarde o temprano, comprenderemos que no es más que una parte de nosotros mismos, de ese Todo al que todos pertenecemos. Cuando lo entendamos como de verdad se comprenden las cosas, desde el corazón, caerán todos los muros.

Estos versos de Gibrán ayudan a entender lo que significa ser un ser humano, lo que en realidad es la vida, lo que tú y yo hacemos en este mundo que nos han regalado vivir:

“Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida,
deseosa de sí misma.
No vienen de ti,
sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos,
pues ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas,
porque ellos
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerles semejantes a ti,
porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas,
son lanzados.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero,
sea para la felicidad”

Uno de los poemas de “El profeta” habla de la despedida. Sus primeros versos nos cuentan cómo el profeta se despide del pueblo de Orfalese, con quien ha convivido un tiempo: “Pueblo de Orfalese: el viento me obliga a dejaros. No tengo la prisa del viento, pero debo irme. Nosotros, los trotamundos, buscando siempre el camino más solitario, no comenzamos un día donde hemos terminado otro y no hay aurora que nos encuentre donde nos dejó el atardecer. Viajamos aún cuando la tierra duerme. Somos las semillas de una planta tenaz y es en nuestra madurez y plenitud de corazón que somos dados al viento y esparcidos por doquier…”

En este vídeo hay varios fragmentos de ese poema que nos hablan de lo que, en verdad, es la despedida: “Fue ayer cuando nos encontramos en un sueño…pero ahora que nuestro dormir ha huido y nuestro sueño ha terminado, ya no hay amanecer… si en el ocaso de la memoria nos encontramos una vez más, hablaremos de nuevo juntos…y si nuestras manos se encuentran en otro sueño, construiremos otra torre en el cielo…”

El libro de “El profeta”, reúne los pensamientos de Gibrán puestos en boca de Almustafá ese profeta que ha vivido doce años en la ciudad de Orfalese aguardando la arribada del barco que debe devolverle a su isla natal, un profeta al que diferentes personas piden consejo u opinión sobre los temas que verdaderamente atañen al ser humano. Uno de ellos, el de los placeres, dice esto:

“Entonces un ermitaño, que visitaba a la ciudad una vez al año, hizo paso adelante y dijo, «Háblenos del Placer».

Y él contestó, diciendo:

El placer es una canción de libertad,
pero no es la libertad.
Es el florecer de sus deseos,
pero no son las frutas de los deseos.
Es una profundidad llamando a una cima,
pero no es ni lo profundo ni lo alto.
Es el enjaulado alzando el vuelo,
pero no es el espacio abarcado.
Sí, verdaderamente, el placer es una canción de libertad.
Y yo les pediría que lo canten con el corazón lleno; pero no les pediría que pierdan sus corazones por el cantar.
Algunos de sus jóvenes buscan el placer como si lo fuera todo, y son juzgados y reprendidos.
Yo no los juzgaría ni los reprendería. Yo les pediría que busquen.
Porque hallarán al placer, pero no sólo a él:
Siete son sus hermanos, y el menor de ellos es más bello que el placer.
¿Uds. no han oído hablar del hombre que cavaba en la tierra en búsqueda de raíces y halló un tesoro?
Y algunos de los ancianos recuerdan placeres con lástima como malos hechos por borrachera.
Pero la lástima obnubila el cerebro y no lo castiga.
Ellos deben recordar sus placeres con gratitud, como recordarían la cosecha del verano.
Pero si les consuela lastimar, que estén consolados.
Y hay ellos entre Uds. que no son ni bastante jóvenes para buscar ni bastante viejos para recordar;
Y por su miedo de buscar y recordar rehúyen todos los placeres, para que no descuiden al espíritu ni cometan delito contra él.
Pero aun su rehuir es su placer.
Y así ellos también hallan un tesoro aunque cavan para buscar raíces con manos que tiemblan.
Pero díganme, ¿quién puede cometer delito contra el espíritu?
¿El ruiseñor comete delito contra la tranquilidad de la noche, o la luciérnaga contra las estrellas?
¿Y con fuego o humo cargan al viento?
¿Creen Uds. que el espíritu es un charco que pueden molestar con un bastón?
Muchas veces en negarse a Uds. mismos el placer sólo guardan el deseo en lo más recóndito de sus seres.
¿Quién sabe que lo que parece omitido hoy no espera hasta mañana?
Hasta sus cuerpos saben su patrimonio y su necesidad legítima y no pueden ser engañados.
Y sus cuerpos son las arpas de sus almas,
Y les toca a Uds. sacar música dulce de ellas o sonidos confundidos.
Y ahora pregunten en el corazón, «¿Cómo distinguiremos lo bueno del placer de lo malo?»
Miren sus campos y sus jardines, y aprenderán que el placer de la abeja es recoger miel de la flor,
pero también es el placer de la flor darle su miel a la abeja.
Porque para la abeja la flor es una fuente de la vida,
y para la flor la abeja es un mensajero del amor,
Y para las dos, la abeja y la flor, dar y recibir placer es una necesidad y un éxtasis.
Gente de Orphalese, sean en sus placeres como las flores y las abejas”

Aunque los versos de El profeta fueron escritos originariamente en inglés, como casi toda la producción de Gibrán ya que vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos, su obra ha sido traducida a un sinfín de lenguas. Gibrán es hoy patrimonio de quienes buscan su lugar en el mundo y entienden que está entre quienes intentan hacer de él algo mejor. Sus versos son versos universales, versos para ser dichos en todas las lenguas. He escogido uno de mis poemas favoritos de El profeta, el que habla sobre la belleza, en esta versión en italiano porque la poesía, la verdadera poesía, habita en cualquier palabra de cualquier lengua. Tan solo hay que dejarla volar, dejar que penetre en lo más hondo de quienes nos atrevemos a mirarnos en ese manantial de agua calma que refleja lo que somos, todo lo que somos, solo lo que somos…

“Y un poeta dijo, «Háblenos de la Belleza»

¿Dónde buscarás la belleza, y cómo la hallarás a menos que ella misma sea tu vía y tu guía?
y, ¿cómo hablarás de ella a menos que ella sea la tejedora de tu habla?
Los apenados y los heridos dicen, «La belleza es simpática y cariñosa.
Como una joven madre medio-tímida de su propia gloria ella anda entre nosotros».
Y los apasionados dicen, «No, la belleza es cosa de fuerza y temor.
Como la tempestad, ella sacude la tierra debajo de nosotros y el cielo encima».
Los cansados y los rendidos dicen, «La belleza es de susurros bajos. Ella habla en nuestro espíritu.
Su voz abre paso a nuestros silencios como la luz débil que tiembla de miedo de la sombra».
Pero los inquietos dicen, «La hemos oído gritar entre las montañas,
y con sus gritos vino el sonido de cascos, y de alas y de rugidos de leones».
En la noche los vigilantes dicen, «La belleza subirá con el amanecer desde el este»
Y en el mediodía los trabajadores y los caminantes dicen, «La hemos visto doblada encima de la tierra desde las ventanas de la puesta del sol».

En el invierno dicen los atados por la nieve, «Ella vendrá con la primavera saltando por las colinas».
Y en el calor del verano los cosechadores dicen, «La hemos visto bailando con las hojas del otoño, y le vimos un cúmulo de nieve en el pelo».
Todas de estas cosas Uds. han dicho de la belleza.
Pero de verdad hablaron no de ella sino de necesidades satisfechas,
Y la belleza no es una necesidad sino un éxtasis.
No es una boca con sed ni una mano vacía extendida,
sino un corazón en fuego y un alma encantada.
No es la imagen que verían ni la canción que oirían,
sino una imagen que ven aunque cierren los ojos y una canción que oyen aunque se cierre el oído.
No es la savia dentro de la corteza cavada, ni un ala sujetada a una garra,
sino un jardín siempre en flor y una bandada de ángeles siempre en vuelo.
Gente de Orphalese, la belleza es la vida cuando la vida revela su cara sagrada.
Pero Uds. son la vida y Uds. son el velo.
La belleza es la eternidad mirándose en el espejo.
Pero Uds. son la eternidad y Uds. son el espejo”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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