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De lo posible a lo necesario: carta a Marcelino Camacho

Querido y añorado Marcelino;

¿Qué harías si vieras el oscuro cenagal en que se ha convertido el país por el que tanto luchaste, un país en el que hoy la corrupción no solo no es repudiada sino que hasta es considerada como algo inevitable?, ¿Qué dirías tú, que pasaste catorce años en la cárcel por defender tu compromiso político y solidario, viendo la amarga impotencia de la derrota a la que nos han llevado aquellos que nos robaron la bandera de la izquierda para con ella tapar sus vergüenzas?, ¿Qué harías hoy tú, que saliste de la cárcel sin domar y sin doblar, en esta España que se niega a dejar de ser una, grande y libre?, ¿Qué harías viendo como el franquismo contra el que luchaste se perpetúa en audiencias y palacios?, ¿Qué pensarías, Marcelino, viendo cómo permitimos que nos roben hasta la esperanza? Parece mentira. No hace tanto que nos dejaste, pero este tiempo pesa como si fueran mil y un años.

Supongo que te sentirías sorprendido y hasta avergonzado viendo cómo callamos una y otra vez, cómo permitimos que nos atropellen, que desguacen nuestros derechos, aquellos por los que con tanto sudor luchaste, aquellos que, reforma laboral tras reforma laboral, se han ido por los desagües de esta democracia de pan y circo. Sí, seguro que te sentirías avergonzado hasta los huesos, esos que se helaron en las prisiones de este país para conseguir que pudiéramos tener un trabajo digno. Hoy, cuando opositamos hasta por la precariedad y mendigamos una prestación o una pensión olvidando que nos pertenecen porque las hemos pagado, es cuando se echa en falta a personas como tú, personas para las que la vida es compromiso, lucha, resistencia, amor y solidaridad.

Tú que eras hijo de ferroviario, que te criaste junto a las vías, no tardaste en ver que aquella transición que tanto habíamos esperado pronto se convirtió en una vía muerta, una vía por la que hace ya tiempo dejó de pasar el tren de la esperanza. Te rebelaste negándote a formar parte de aquella traición. Y lo hiciste como siempre hacías las cosas: con la cabeza alta y la mirada al frente. Nunca dejaste de recordarnos que la vida es una encrucijada en la que tenemos que elegir entre lo posible y lo necesario. Lo posible es lo que nos dejan hacer, lo que no queda mal, lo que no molesta, lo políticamente correcto, lo que la inmensa mayoría acepta como bueno o, cuando menos, como bálsamo para sus conciencias, lo que todos entienden y respetan… Lo necesario, en cambio, es lo que pocos, muy pocos, se atreven a hacer. Es lo que hay que hacer. Los de lo posible dormitan en la meritocracia de su cobardía y su mediocridad mientras los de lo necesario cambian el mundo no renunciando jamás a lo que son y a aquello en lo que creen.

Supongo que te preguntarás por Josefina, tu amada compañera del alma. Ella sigue aquí, entre nosotros, aunque cada día son más las horas que pasa en ese mundo sin tiempo donde, posiblemente, se reencuentra contigo. Te habla desde su silencio, ese que en vida compartisteis cuando estabas en la cárcel. Eran muchas las cosas que os decíais en las cartas pero más, muchas más, las que os contabais en el viento al abrigo de la mirada del carcelero. Ella habla ese idioma que solo quienes han compartido la clandestinidad, quienes se han amado en la clandestinidad, comprenden. A veces, cuando de lejos escucha un tango o un pasodoble, un rayo ilumina su mirada. Y sonríe. Luego vuelve a su silencio, a la paz de ese silencio donde solo a ti te invita a entrar.

Hoy habrías cumplido cien años, Marcelino. Tus amigas y amigos se han reunido para recordarte. Lo han hecho en el auditorio que lleva tu nombre, un nombre que significa lucha y compromiso, lucha por la libertad, compromiso con la dignidad. Sé que hoy has estado allí, en el corazón de quienes te conocieron y en la mirada de los más jóvenes, aquellos a los que, con la luz de tu ejemplo, iluminas en esta espesa y fría niebla de los días sin mañana que nos quieren hacer vivir. Gracias, Marcelino, por recordarnos dónde está lo necesario, por demostrarnos que si uno se cae se levanta y sigue caminando y, sobre todo, por habernos enseñado que la vida es lucha, que a pesar de todo vale la pena luchar y que la libertad y la dignidad se pueden mantener… hasta en la cárcel.

Vuelan abrazos, Marcelino, allá donde estés.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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