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Carta a Santiago Maldonado, porque la justicia y los sueños no desaparecen

Querido Santiago;

Por tu hermano y tus amigos sé que eras alegre, dicharachero, idealista y solidario, sobre todo solidario. Vivías del trabajo de tus manos y, como buen anarquista, te hermanabas con quienes te necesitaban allá donde fueras. No te conocí personalmente, aunque por tus fotos y por lo que tu familia y tus amigos cuentan, sé que eres como cualquiera de esos miles de jóvenes que hoy luchan por un mundo mejor en todas partes. No te escribo estas líneas en pasado, Santiago, porque sigues vivo en el corazón y la mirada de todos esos jóvenes que, contra la globalización de la injusticia, la desigualdad, el odio y la esclavitud, oponen la globalización de la solidaridad, la poesía, el amor y la vida.

La gendarmería argentina te desapareció cuando te uniste al pueblo mapuche para defender sus tierras y su dignidad. El criminal acaparamiento de tierras que están haciendo en todo el mundo las grandes multinacionales, la vulgar e hipócrita Benetton en este caso, está acabando con las comunidades indígenas. Hemos visto en Asia, en África y en América cómo gobiernos títeres permiten que quienes más tienen roben impunemente a los más pobres, les arrebaten su tierra, su modo de vida, su mundo… Promulgan leyes que van contra la justicia y contra los derechos humanos. Todo vale cuando es tanto el dinero que corre bajo la mesa. Y así, quienes defienden la legitimidad de lo que es suyo, la forma de vida que les ha mantenido durante siglos, su cultura, sus tradiciones, sus derechos… son tildados de terroristas por incumplir esas leyes, por oponer la no violencia a su violencia.

Esa gendarmería está bien entrenada. No hace tanto fue el brazo represor de una dictadura feroz que desapareció a muchos como tú, Santiago. Creemos que las cosas han cambiado, pero nos equivocamos. Solo las formas lo han hecho para poder vestirse ahora con los ropajes de lo que llaman democracia. Que te desaparecieran, Santiago, que 78 días después encontraran tu cuerpo en el río, es la prueba palpable de que aquella dictadura, como la nuestra, sigue viva porque nunca fue juzgada como debiera haberlo sido. Sigue vigente, como aquí, en la mentalidad de muchos que, ocupando puestos de responsabilidad en la justicia, la policía, la política o la empresa, añoran la brutalidad legalizada de unos tiempos que no podemos permitir volver. Allí, en tu Argentina, pudisteis juzgar a unos cuantos criminales; aquí, en nuestra España, a ninguno. Nuestros torturadores siguen paseando hoy tranquila e impunemente por las calles, tras 40 años de nuestra mal llamada democracia, calles que aún hoy llevan los nombres de los asesinos, nombres que no se pueden cambiar en ciudades como Madrid porque una fundación que jamás debiera haber existido, la fundación Francisco Franco, lo está impidiendo en los tribunales entorpeciendo la justicia. Entiendo que te costará mucho comprender que en España exista una fundación como esa o que no hayamos podido investigar ni juzgar los crímenes del franquismo precisamente porque una parte de los jueces considera que la ley de amnistía de los presos de la dictadura por la que tanto luchamos sirve para amparar a sus carceleros y sus torturadores en una aberración jurídica que pretende convertirla en una ley de punto final. Que Amnistía Internacional o Naciones Unidas denuncien una y mil veces que no puede haber ley de punto final que ampare crímenes como los que cometieron aquí no les importa lo más mínimo. Con sus leyes han construido una celda donde han encarcelado de por vida a la justicia.

Por eso vosotros, con la jueza Servini a la cabeza, sois nuestra esperanza, nuestra última y única esperanza de que pueda hacerse justicia con las víctimas del franquismo, de que, por fin, pueda haber verdad, justicia y reparación para los más de 150.000 desaparecidos que hoy siguen enterrados en cunetas y fosas comunes mientras el dictador yace en un mausoleo que pagamos todos. Por eso duele hasta lo indecible ver que en tu país, en esa Argentina que creíamos nuestra esperanza, pervivan los métodos y crímenes de la dictadura.

Pero no se saldrán con la suya, Santiago, otra vez no. Al desaparecerte, al quitarte la vida, han cruzado un límite que jamás debieron cruzar. Tu muerte ha borrado las fronteras. Hoy todos somos Santiago. Tu nombre se ha convertido en la bandera de todas las personas que, hasta en el más recóndito lugar del mundo, creemos en los derechos humanos y estamos dispuestas a luchar por ellos. Y esta vez no vamos a perder, Santiago, esta vez no vamos a perder porque, además de la justicia y la verdad que siempre nos han acompañado, tenemos un arma a la que nunca podrán vencer: el tiempo. Ellos acaparan la tierra, quieren ser los dueños del espacio, pero nosotros tenemos el tiempo. Sabemos que no será fácil vencerles, pero también sabemos que solo es cuestión de tiempo que tus asesinos acaben en los tribunales y paguen por su crimen. Y nosotros, como los mapuches con los que te fundiste en ese abrazo eterno, si algo tenemos es tiempo, todo el tiempo del mundo.

Gracias por habernos enseñado, con tu ejemplo, que hay vida más allá de la muerte, que hay amor más allá del odio.

Vuela mi abrazo más fuerte, Santiago, allí donde estés.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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