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Carta a Bruno Manser, el último Quijote de los bosques

Querido Bruno:
Te escribo estas líneas porque sé que, estés donde estés, te llegarán. He de reconocer que mi ignorancia me había hecho vivir sin conocerte, pero la vida es generosa y ha querido ponerte delante de mí. Algún día te contaré cómo. Tengo que decirte que te admiro como he admirado a pocas personas. Son tantas las cosas que nos has enseñado: el amor a la naturaleza; la defensa de los derechos humanos; el sinsentido de una vida sin libertad; tu compromiso y coherencia defendiendo hasta las últimas consecuencias las causas que considerabas justas; tu valor al enfrentarte a multinacionales y gobiernos del mundo entero armado con tus pequeñas gafas y un taparrabos; la inquebrantable voluntad que te llevó a afrontar las aventuras más arriesgadas para obligarnos a mirar a los penan, esos indios aparentemente insignificantes para nuestro desangelado mundo tecnológico a los que tú tanto amabas; esa fe en ti mismo que te llevó a superar todas las barreras para demostrarnos que todavía en el mundo de hoy se puede vivir conforme a nuestros ideales y haciendo realidad nuestros sueños…

Realmente parece increíble que tú, nacido y educado en el país más rico del mundo, renunciaras a las comodidades que estaban a tu alcance para ir a vivir en contacto pleno y directo con la naturaleza, que te despojaras de todo lo superfluo para encontrarte a ti mismo en la insondable espesura verde de Sarawak. Por lo que he leído sobre ti de quienes más te conocían, eras una persona de una profunda espiritualidad que trataba por igual a un niño penan que al secretario general de las Naciones Unidas, un enamorado de este planeta que estamos destruyendo sin remedio, y que, ya desde muy pequeño, amabas hablar con las estrellas. Es fascinante que una persona nacida y educada en el país que tiene fama de ser el más rico y también el más aburrido del mundo, decidiese deshacerse de lujos, seguridades y prejuicios para adentrarse en la selva en busca de lo más desconocido y recóndito.
Quienes te conocieron siempre hablan de la facilidad que tenías de hacer sencillas y comprensibles las realidades más complejas. Eras la esencia de la sencillez y de la coherencia. De hecho ya desde niño orientaste toda tu formación a prepararte para tu gran viaje: realizaste estudios de medicina y carpintería y pasaste más de diez años entre animales como pastor en tu tierra natal. Tu espíritu no violento te llevó a pasar tres meses en la cárcel por negarte a hacer el servicio militar. Tejías tu propia ropa y fabricabas tus zapatos. Cuando cumpliste los treinta decidiste que había llegado el momento de dejarlo todo atrás y partir rumbo a tu aventura. Desde niño soñabas con las selvas de Borneo y nada ni nadie iba a impedirte realizar tu sueño. Poco o nada te importó que casi nadie te comprendiera. Sabías lo que querías, lo necesitabas como el aire para respirar. Y fuiste capaz de vivir en entornos tan opuestos como la selva malaya y los imponentes edificios de oficinas de las principales capitales del mundo occidental, siendo siempre tú mismo. Jamás renunciaste a serlo. Esa fue tu opción de vida y la seguiste hasta el final.

Bundesraetin Ruth Dreifuss und Bruno Manser stricken Pullover fuer den Bundesrat am 16. Maerz 1993 in Bern. Foto Barbara Jaeckli (Quelle A 54)

Eras consciente del riesgo, pero no te importaba apostarlo todo si la causa era justa. Nunca defendiste algo para ti, pero siempre estuviste dispuesto a jugarte la vida por los demás. Lo hiciste tirándote en paracaídas sobre el edificio de Naciones Unidas en Ginebra para protestar contra el genocidio del pueblo penan; descolgándote a 140 kilómetros por hora por el cable del teleférico del Matterhorn colgado de un artilugio que tú mismo habías fabricado para desplegar una pancarta que alertaba de la tala de los bosques malayos; en tu primera acción de protesta frente al Parlamento Europeo en Bruselas subiéndote con una pancarta a una farola de treinta metros de altura de la que la policía tuvo que bajarte con una grúa; lo hiciste sobrevolando en parapente el palacio del primer ministro de Sarawak para protestar contra su política; como también lo hiciste tejiendo jerseys de lana durante los dos meses que mantuviste tu huelga de hambre frente al parlamento suizo. Gracias a tus acciones de protesta personajes como Al Gore denunciaron la tala de árboles en Sarawak y el príncipe Carlos de Inglaterra calificó de genocidio lo que el gobierno malayo hacía con el pueblo penan. Fueron causas que llegaron a ocupar informativos de la BBC y programas de tv del National Geographic.
Quien no te tragaba era el gobierno malayo. Eras un tremendo dolor de cabeza para ellos. El hecho de que hubieras entrado por primera vez en el país con un visado de turista facilitaba tu expulsión. Fueron muchas las veces que te expulsaron, y más las que regresaste furtivamente. Lo hacías cambiando radicalmente tu imagen: unas veces con el pelo largo, otras muy rapado, vestido incluso de ejecutivo en alguna ocasión. Sí, realmente les volviste locos, fuiste su Pimpinela Escarlata. Intentaron todo contigo, desde comprarte a intentar asesinarte, y tú siempre supiste zafarte de ellos. Tenías una gran ventaja: los penan te habían enseñado todos los secretos de la selva.
Pero el progreso, que no es más que el constante avance hacia nuestra autodestrucción aunque para engañarnos lo llamen con un nombre tan rimbombante y prometedor, es imparable. Estuviste cerca, muy cerca, de ganar a los amos del mundo con sus propias armas y en su propio tablero de juego: los tribunales. Lograste probar que las tierras de Sarawak que estaban talando no pertenecían al gobierno ni al estado malayo, sino a quienes las habían habitado durante siglos: los penan. Sin embargo, el nomadeo constante de los penan, nomadeo que precisamente hacen para proteger la tierra dejando que árboles y animales puedan crecer, fue la triquiñuela legal que las multinacionales usaron para negarles la propiedad de sus tierras. Y, como siempre, revistiéndolo de acción caritativa y defensora de los derechos humanos, disfrazaron el genocidio de los penan ofreciéndoles las ventajas del progreso de vivir en viviendas dentro de núcleos urbanos. Que sean los propios penan quienes elijan, tienen derecho a decidir su futuro argumentaban cínicamente aquellos lobos disfrazados con piel de cordero. Fueron muchos los penan que, ante la alternativa de vivir en constante lucha contra los madereros y sus paramilitares asesinos, aceptaron aquella propuesta. Hoy viven intentando inútilmente olvidar lo que perdieron. Pero también fueron muchos quienes se negaron a hacerlo y hoy siguen viviendo en sus bosques aunque día a día ven cómo se reduce dramáticamente su extensión. Saben que llegará el día en que todo acabará, pero hasta entonces siguen defendiendo su derecho a vivir inmersos en la naturaleza de la que forman parte. Y sabes una cosa, Bruno, hoy los penan más mayores les cantan a los niños canciones que hablan de ti, del hombre que desapareció, del hombre que les enseñó a luchar contra los gigantes que cortan árboles, de aquel hombre de pequeños lentes en los ojos que siempre fue y será uno de ellos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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