Ayer por la mañana, de camino al centro, me detuve en una cafetería de la estación de Atocha a tomar un café. El ajetreo de gentes y voces era impresionante. Aguardé en la barra, frente a la caja, a que llegase mi turno. A mi derecha estaban quienes esperaban ser atendidos para tomar su café allí mismo. A mi izquierda quienes, dominados por la prisa, se lo llevarían para mal tomarlo por el camino. Un sinfín de camareras vestidas de negro corrían frenéticas tras la barra. A mi izquierda, aguardando a pedir su café llevable, se encontraba una mujer. Me resultó más fácil imaginar que posiblemente trabajara en alguna ONG que adivinar su nacionalidad. De repente, el par de metros que nos separaba se llenó con la irrupción de una pareja que nos alejó con su vacía charla. Debía llevar cerca de cinco minutos de espera cuando, de la cocina, salió una joven que inmediatamente llamó mi atención. Bella era bellísima, sin duda, pero no fue eso lo que se apoderó de mí, sino la luz que irradiaba. No es frecuente, por desgracia, pero a veces la vida pone ante ti a personas que son de luz. Su forma de moverse, su tempo, la serenidad que emanaba por todos los poros de su piel, la hacían diferente a todos cuantos estábamos en la estación. Aparentemente no se daba prisa pero atendía a los clientes muchísimo más rápido que sus compañeras. Parecía pertenecer a un mundo totalmente distinto al nuestro. Era fascinante verla moverse tras la barra sirviendo zumos, cafés y cuantas viandas hicieran falta, siempre dispuesta a ofrecer la mejor de sus sonrisas. Cuando le llegó el turno a la solidaria mujer que se hallaba a mi izquierda, la ruidosa pareja que se había interpuesto entre nosotros, no podía ser de otra manera, se le adelantó pidiendo sus cafés. Estuvo a punto de decir algo, pero prefirió callar. Sabia, como sin duda era, bien sabía que no vale la pena intentar razonar, y menos discutir, con personas incapaces de ver más allá de su propio egoísmo. Se dio cuenta de que la estaba observando y se sintió algo azorada. Levanté las cejas y le sonreí para decirle que había visto lo que había ocurrido y que valoraba lo que ella había hecho. Me lo agradeció sonriendo mientas me miraba a los ojos. La joven camarera atendió a la pareja como solo ella era capaz de hacerlo y, en un plisplás, me dirigió su sonrisa para preguntarme qué deseaba tomar. Amablemente le indiqué que la mujer de mi izquierda había llegado antes que yo y que era a ella a quien debía atender. Esta vez la solidaria mujer me lo agradeció dándome las gracias, lo que me permitió comprobar que no era de ningún lejano país como había supuesto en un principio. Cuando la luminosa camarera se aproximaba ya a mí y yo iba a pedirle mi café, una compañera suya se le adelantó. Le pedí a ella el café mientras la joven iluminada atendía a alguien más. ¡Y ahí se produjo el milagro! Había yo barruntado en mi cabeza cuál sería el nombre de aquel ser tan  luminoso. Varias alternativas, a cual más hermosa y dulce, pugnaban por bautizarla en mi mente cuando, de repente, una de sus compañeras la llamó: “¡Lara, por favor…!” ¡No podía creer lo que había escuchado! ¡Lara! ¡Se llamaba Lara! Las imágenes de Zhivago salieron de lo más hondo de mi corazón y la mirada soñadora de Julie Christie, por siempre Lara, me hizo levitar hasta la dacha cubierta de témpanos de hielo de Varykino donde se refugia junto a Yuri Zhivago. Saboreando el café me sentí transportado a la pequeña mesa donde, a la luz de un candil, Yuri escribe sus poemas a Lara. Con un cosquilleo en el corazón aguardé a que Lara, la Lara de aquella estación de Atocha convertida ya en Varykino, se acercara a la caja. “¿Te llamas Lara en honor a Zhivago?” le pregunté. Ella me miró. Guardó unos segundos de silencio y sonrió sacando toda la luz que llevaba dentro. “Sí” me contestó sabiendo que me había hecho feliz. “Pasternak se sentiría orgulloso de saber que llevas el nombre de la mujer que más amó y que nos ha hecho soñar a todos” le dije.

Aquella chica tenía que llamarse Lara. Ningún otro nombre le hubiera hecho justicia. El hecho de que fuera tan joven me hizo suponer que sus padres no habrían cumplido aún los cincuenta. Y eso todavía redobló más mi alegría. Que una novela publicada antes de que ellos hubieran nacido o una película estrenada cuando todavía llevaban pañales les hubiera hecho elegir el nombre de Lara para su hija me confirmó que el paso del tiempo nada puede contra las verdaderas historias de amor. De camino al centro fui a mi librería preferida para ver qué libros tenían de Pasternak. Necesitaba releerle, revisitarle, volver a dejar que me hablara. Encontré las maravillosas cartas que cruzó con Rilke y la también poeta rusa y amiga Marina Tsvietáieva en 1926, un pequeño libro donde están dos relatos suyos (La infancia de Liuvers y El salvoconducto) junto a las poesías de Yuri Zhivago, y la impresionante traducción directa del ruso que hizo de Doctor Zhivago Marta Rebón. Compré dos ejemplares. Uno para mí. El otro para dárselo a Lara la próxima vez que pase por esa cafetería de la estación de Atocha. Sé que a Pasternak le gustará que lo tenga.

Nacido en Moscú en 1890, era hijo de un famoso pintor y de una pianista que hicieron que el joven Boris creciese rodeado de un ambiente culto y conociese a los artistas e intelectuales de la época como Rilke o Tolstoi. Su sensibilidad le llevó a estudiar música, a la que desde muy joven quiso dedicarse, y más tarde filosofía. Fue descubrir la poesía de Rilke lo que le hizo dejarlo todo para dedicarse a escribir. Con apenas quince años vive la primera revolución rusa participando en los desórdenes con los estudiantes.  Es entonces cuando conoce a Gorki y la literatura de su tiempo. En 1913 escribe sus primeros poemas. La primera guerra mundial estalla cuando él vive en los Urales. Conoce a quien será uno de los poetas a los que más admirará: Mayakovski. La revolución de 1917 hace que regrese a Moscú, donde publica su primer libro de poemas. Trabaja en el Comisariado de Instrucción Pública, compaginándolo con su labor de escritor. Su familia se exilia pero él decide quedarse en la Unión Soviética. Vive intensamente el momento revolucionario. La publicación en 1922 de su poemario “Mi hermana la vida” le convierte en uno de los poetas soviéticos más aclamados. Una año después nace Yevgueni, primer hijo de su matrimonio con Yevguenia Vladímirovna Lurié, de la que se divorciará en 1930 para casarse un año más tarde con Zinaida Nikoláyevna Yereméyeva. Participa en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos y se va a vivir a Peredélkino, una pequeña comunidad de escritores auspiciada por Stalin.

El desencanto al ver que cada vez queda menos de la revolución que tanto le ilusionó empieza a apoderarse de él y de muchos de sus compañeros y amigos. En 1935 se suicida Mayakovski. Muchos intelectuales son perseguidos. En 1941 se suicida Marina Tsvietáieva. Su poesía se empieza a mirar con malos ojos. No sigue la línea oficial. En 1945 empieza a escribir la que será su obra más conocida: Doctor Zhivago. Deja de publicar poesía y vive de las excelentes traducciones que hace de Shakespeare o Goethe. En 1946 conoce a Olga Ivínskaya, una de las editoras de la revista Novy Mir. Él tiene 56 años y está casado, ella 23 menos y es madre divorciada. Eso no impide que vivan una apasionada historia de amor y que la convierta en la musa que le inspiró el personaje de Lara. Las críticas contra él arrecian y en 1949, quizá como represalia contra él, Olga es detenida y enviada a un campo de concentración donde estará cuatro años. El sigue trabajando en su novela. En 1955, una vez acabada, la lleva a las revistas Novy Mir y Znamia. Un año después un miembro del partido comunista italiano lleva un manuscrito de Zhivago al editor Feltrinelli, que acepta publicarla. Las autoridades soviéticas presionan para que la obra no se publique. El 15 de noviembre de 1957 la novela aparece publicada en Italia y es inmediatamente traducida a varios idiomas. Un año más tarde, y tras haber sido propuesto en seis ocasiones anteriores, Pasternak es galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

El gobierno de Jrushchov ve esa concesión como una provocación de Occidente contra la Unión Soviética y arremete en sus críticas contra Pasternak expulsándole de la Unión de Escritores Soviéticos. Pasternak escribe a la Academia sueca renunciando al Premio a cambio de no ser expulsado del país. Desde entonces vive bajo vigilancia policial en Peredélkino. Pocos meses después, el 31 de mayo de 1960, muere de cáncer de pulmón.

En 1964, fuera ya del gobierno, Jrushchov declaró: «No deberíamos haberla prohibido. Tendría que haberla leído. No hay nada antisoviético en esa novela»  Desde su muerte, cada año, seguidores de Pasternak visitan su tumba en el aniversario de su muerte. Llevan flores y leen sus poemas. El 31 de mayo de 1984, según recogía el enviado del periódico El país, entre los seguidores que visitaron su tumba estaba Olga Ivinskaia, Lara. En 1988 se autorizó la publicación de Zhivago en la Unión Soviética. La publicó la revista Novy Mir, la misma que la había rechazado treinta años antes. Un año después, Yevgueni Pasternak fue autorizado a recibir el Premio Nobel con el que había sido galardonado su padre. Hoy Zhivago se estudia en bachillerato en todas las escuelas de Rusia.

Pasternak fue un hombre sensible y sencillo que intentó vivir su vida en un tiempo de exaltación de los héroes y sus ideologías. Zhivago, su alter ego, es un hombre que intenta adaptarse a la vorágine de los cambios del tiempo que le ha tocado vivir, y hacerlo sin renunciar a lo que es y a lo que cree. No en vano en eslavo Zhivago significa “vida” Fue un hombre que amó la belleza y el amor por encima de todo: “No amar es casi un homicidio y no tendría fuerzas para inferir tal golpe a nadie.” La vida fue dura, tremendamente dura con él. En más de una ocasión estuvo a punto de dejarlo todo, pero, como bien le escribió en una de sus cartas su amiga Marina Tsvietáieva, eso es imposible: “De verdad que no te entiendo: abandonar la poesía ¿Y después qué? ¿De un puente al río Moscú? Con la poesía, amigo mío, es como con el amor: mientras él no te abandone… Tú eres siervo de la Lira”

Entre los poemas que Pasternak le hace escribir en su novela a Zhivago, uno refleja como pocos lo que Lara significa para él… o quizá para todas las personas que aún creemos que lo importante es amar:

ENCUENTRO

“La nieve cubre las veredas

y se acumula en los tejados.

Para estirar las piernas, salgo.

Te miro allí, desde la puerta.

Con abrigo de otoño, sola,

sin el sombrero ni los zocos,

combates la congoja

y mascas desleídos copos.

Se esfuman árboles y vallas

en la distancia y la neblina.

Mientras azota la nevada,

estás tú sola en una esquina.

Desde tu pañoleta escurre

agua que baja por las mangas,

y sobre tu cabello fulge,

como el rocío en la mañana.

Un mechón rubio te ilumina

y pone luz en los colores

del dulce rostro, la mantilla,

y el pequeño abrigo que te pones.

En tus pestañas se derrite

la nieve. Tienes ojos tristes.

Pareces esculpida y hecha

en una sola pieza, entera.

Con una gubia bien templada

en antimonio, se ha grabado

en lo más hondo de mi alma,

de un solo trazo, tu retrato.

Ahí han quedado para siempre

tus rasgos llenos de humildad.

Por eso digo: no me duele

que el mundo actúe con crueldad.

Y se duplica, por lo mismo,

la espesa noche hecha de nieve.

Y entre los dos ya no se puede

trazar un límite preciso.

Mas ¿quiénes, y de dónde, somos

si de aquel tiempo sólo hay humo

de habladurías y nosotros

no estamos más en este mundo?”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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