Cine/Teatro General

“Comprende”, porque a veces conviene echar la vista atrás

Siempre he envidiado a esa parejas ya mayores que siguen queriéndose por encima de todo. Son tantas las cosas que han vivido, tantas las alegrías y los sufrimientos compartidos, que la complicidad entre ellos está más allá de cualquier explicación. Juntos han creado un mundo, su mundo. Se conocen, se admiran, se aman, se respetan, se divierten…solo la muerte, y eso no está demostrado, puede romper el vínculo que les une. Pero son tan pocas esas parejas, tan escandalosamente pocas, que el resto de los mortales nos tenemos que contentar pensando que, al menos, para algunas y algunos, eso ha existido. La última obra de María Inés González y Miguel Ángel Cárcano, “Comprende”, nos habla de otro tipo de parejas, esas que, como la que forman Marga y Alfredo, aunque lo intentaron, no llegaron a crear ese vínculo tan especial que solo alcanzan los elegidos. Por eso podemos sentirnos identificados, terriblemente identificados, con lo que les pasa cuando, tras la mayor parte de la vida juntos, quedan para celebrar su separación. El profundo y siempre inteligente sentido del humor de González y Cárcano hace que las reflexiones, incluso las más punzantes, sean digeribles y acaben dejando en nuestro estómago el poso de lo vivido en el escenario mezclado con ese dulce, quizá por idealizado, néctar de lo que no nos hemos atrevido a vivir en nuestras vidas. En efecto, durante la representación nos identificamos plenamente con lo que le pasa a él, con lo que le pasa a ella, y, sobre todo, con lo que nunca llegará a pasarles porque renunciaron a vivirlo. Puede que al volver la vista atrás nos encontremos con lo que hemos vivido, pero lo que es inevitable es darnos de bruces con todo lo que no nos atrevimos a vivir, con todo lo que renunciamos a ser, aunque quizá nunca fue más que un puñado de sueños a los que no dejamos nacer.

El inicial brindis de Alfredo “Por nosotros” respondido por Marga con un “No, por ti y por mí… pero separados” es toda una declaración de intenciones. Es difícil decir más con menos. Todo está dicho en ese aparentemente inocuo juego de palabras que nos demuestra que las matemáticas no siempre tienen razón, que uno más uno no siempre es igual a dos. Te sigo queriendo, sí, pero no por encima de mi libertad, de lo que, al fin, soy ahora. Deseo que seas feliz, sí, pero también yo tengo derecho a serlo sin ti. Llegados a ese punto de la vida en el que somos conscientes de que la mayor parte del camino ya está recorrida y que, por ley de vida, ningún día futuro será ya mejor que el de hoy, es hora de echar la vista atrás, pero de hacerlo sin rencor ni nostalgia, con la sabiduría que te da la madurez y la experiencia de todo lo que has vivido. Es la hora de aceptar nuestros fracasos con la misma entereza que nuestros éxitos, de no lamentarnos por lo que pudo haber sido y no fue, sino de disfrutar no ya de cada día, sino de cada segundo que nos quede para vivirlo con la mayor intensidad posible. Puede que, llegadas a ese punto, muchas parejas se redescubran al revisar conjuntamente su pasado, que lleguen incluso a entender aquellas pequeñas cosas que nunca entendieron de la persona con la que han compartido la vida, que se den cuenta de que, aunque la pasión hace ya tiempo que fue sustituida por la comprensión, esa vida en común, al fin y al cabo, no estuvo tan mal.

No es fácil conseguir que la vida de cada miembro de la pareja transcurra paralela a la del otro. Lo normal es que una se aleje de la otra movida por la falta de comunicación o la diferente evolución de cada uno, hasta hacer que ya ni se vean aunque estén juntos. Es duro, sí, pero lo es mucho más que esas vidas se crucen una y otra vez en continuos e inevitables encontronazos que nada le aportan a ninguno. Quizá por eso sean tan contadas las parejas que llegan a la vejez amándose de verdad. Si ya es difícil avanzar en una línea recta, cuánto no va a serlo conseguir que sean dos las líneas rectas y, encima, que discurran siempre paralelas.

Ver “COMPRENDE” es una inyección de aire fresco, de vitalidad y de alegría. Imposible no empatizar hasta el tuétano con esos dos monstruos de la escena que son Olvido Pombo y Ricardo Lacámara. Pocas veces he visto tanta “química” en un escenario. Se nota que el texto de González y Cárcano, como a todos, les resulta familiar, enormemente familiar. Y lo juegan desde lo más hondo, desde la más absoluta de las verdades. Nada sobra, nada falta. En escena, como en la vida, todo es juego. A diferencia de lo que hace un libro, contarnos una historia, el teatro nos la hace vivir. Es vida lo que hay en el escenario frente a nosotros los espectadores, como también es vida lo que hay en la platea frente a los actores. Compartimos ese momento, ese silencio, esa carcajada, ese respirar juntos todas esas cosas que nos resultan tan familiares, tan terrible y maravillosamente familiares.

A veces lo más grande surge de lo aparentemente más pequeño. “Comprende” se gestó en una promoción audiovisual de una conocida ginebra que hizo Cárcano. No en vano lleva el cine en la cabeza y en el corazón. Buen conocedor de los arcanos de la comunicación, sabe que nada tiene más fuerza que unas tablas, un texto y dos actores. Por eso, cuando dirige, como en “COMPRENDE”, nos lleva a la esencia misma de la historia para que, desnudos frente al espejo vivo que es el teatro, veamos que no es la vida de Marga y Alfredo la que pasa frente a nosotros, sino la nuestra.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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